Contra el sectarismo en el cine español
El cine español vive desde hace décadas atrapado en una contradicción: presume de ser motor cultural, pero a menudo se convierte en un círculo cerrado, impermeable a la diversidad de voces, géneros y públicos. Esa endogamia es lo que muchos espectadores perciben como un sectarismo, un cine hecho más para convencer a los de dentro que para emocionar o interesar a la sociedad en general.
El problema no radica únicamente en la financiación pública —que, como en casi todos los países, es necesaria para sostener proyectos culturales—, sino en la manera en que ciertos sectores de la industria se blindan en torno a una visión homogénea. Festivales, academias y medios especializados a menudo celebran siempre a los mismos autores, los mismos discursos y las mismas miradas, como si el cine español solo pudiera expresarse bajo determinados códigos ideológicos o estéticos.
Esto genera una fractura: por un lado, un cine que acumula premios y subvenciones; por otro, un público que se siente excluido, que no se reconoce en esas historias y que percibe que el cine nacional no le habla a él. Estas son las consecuencias:
Desconexión con el público: las taquillas lo reflejan año tras año, con escasas excepciones que logran romper la barrera.
Estigmatización de géneros populares: comedia, acción o terror se miran con recelo, como si fueran “menores”, cuando son precisamente los que más acercan a la gente a las salas.
Reproducción de élites culturales: los mismos nombres se repiten en premios, entrevistas y financiación, lo que limita la renovación de voces jóvenes y diversas.
Un cine nacional sano debería ser plural, abierto a múltiples sensibilidades, donde convivan tanto películas autorales como apuestas comerciales. No se trata de suprimir ayudas o negar el cine como arte, sino de democratizar el acceso a los recursos, diversificar las narrativas y dejar de confundir el interés del gremio con el interés cultural de toda una sociedad.
La cultura no puede convertirse en una tribu cerrada que habla para sí misma. Si el cine español quiere recuperar el afecto de su público, debe abandonar la comodidad del sectarismo y atreverse a mirar de frente la complejidad, el humor y la riqueza de la vida real.











