«Ay, no tengo claro a quién votar»
Jorge Sanz Casillas.- En el periodismo político, cada vez más parecido al periodismo deportivo, hemos visto en los últimos meses dos comportamientos que antaño eran casi un coto exclusivo de las tertulias del fútbol.
El primero ha sido la carrera por acertar dónde, cuándo y de qué manera terminaría Sánchez este mandato, es decir, si se comería el turrón o las torrijas, dependiendo de la estación del año. El segundo es la presunta equidistancia que, con poco éxito, han mostrado algunos columnistas-equilibristas que han hecho apología de la abstención y el voto en blanco, como si el sanchismo fuera un fenómeno ante el que se pueda mostrar una estudiada indiferencia.
Vamos con un ejemplo de ayer mismo. No me lo han contado, me ocurrió a mí, que se supone que soy todo aquello que le gusta a Yolanda Díaz: no tengo coche, me lavo mi propia ropa y en casa separo el vidrio de los plásticos, amén de tener un contenedor para residuos orgánicos, otro para el cartón y una quinta bolsa para las cápsulas del café.
En el día después del accidente de Toledo, subo a un tren de alta velocidad con salida en Madrid y destino Segovia. Llega en tiempo y forma, pero el viaje de vuelta me lo cancelan por una «incidencia técnica». Tengo que regresar a Madrid para trabajar y, por fortuna, tengo quien me lleve, pues el coche del que dispongo para emergencias no tiene etiqueta y, en consecuencia, no puede entrar en Madrid so pena de multa. Qué país tan raro este en el que puedes entrar por mar con una bicicleta echada al hombro (como en Ceuta) pero no puedes ir a tu lugar de trabajo y residencia con un coche que está al corriente de pago de sus respectivas tasas y ha superado la Inspección Técnica de Vehículos.
¿A dónde quiero llegar? Pues a que seguro que las culpas de aquello que no nos gusta están repartidas. Que unos se pusieron ecológicos hasta el ridículo y que otros no sabemos qué han hecho con el récord de recaudación vía impuestos. Pero nuestro día a día está demasiado condicionado como para quedarse en casa predicando descreimiento.
Si después de que hayan enchufado a amigos, conocidos y prostitutas en empresas públicas; si después de haber contactado con clanes de la droga para eliminar a una juez incómoda; si después de nacionalizar a barullo a cientos de miles de extranjeros de dudosa procedencia con la excusa del franquismo; si después de haber colocado a peones carentes de mérito y capacidad en la Fiscalía, el Consejo de Estado, el CIS o el Constitucional; si después de haber contribuido al deterioro de numerosas infraestructuras públicas con resultado de muerte, defiendes como razonable quedarte en casa… Allá tú y tu indiferencia, porque no hablamos de un voto de castigo. Hablamos ya de defensa personal.










