La teoría de la final del Mundial entregada a España por los argentinos y la enfermedad moral que revela
La supuesta «entrega» por parte de Argentina de la final del Mundial constituye una de esas teorías conspirativas que dicen más de quienes las creen que de aquello que pretenden explicar. Millones de argentinos pueden discutir durante años sobre el abrumador dominio de España en la final mundialista fruto, según ellos, de decisiones arbitrales, intereses económicos o supuestos pactos secretos de la masonería (sic). Pero hay una pregunta mucho más incómoda: ¿qué imagen de sus propios compatriotas están aceptando quienes consideran verosímil que unos futbolistas vendieran deliberadamente una final?
Una teoría de esa naturaleza no se sostiene únicamente sobre la sospecha de que existió una conspiración. Necesita algo bastante más profundo: la convicción de que los jugadores implicados eran susceptibles de corromperse, de traicionar el sentido de una competición que representa la cumbre de sus carreras y de hacerlo por una recompensa que, para cualquier observador razonable, debería parecer disparatada frente al coste de ser descubiertos.
El problema de esta explicación no es que sea escandalosa, simplemente revela una concepción profundamente cínica del argentino como pueblo.
Resulta especialmente llamativo que semejante relato pueda instalarse con tanta facilidad entre aficionados de aquel país. Tal vez la respuesta a la popularidad de la citada teoría no sea otra que la normalización de una determinada cultura de la corrupción en Argentina: si algo parece demasiado humillante para ser verdad, siempre habrá un argentino que prefiera imaginar una trama oculta antes que aceptar el hecho de que España fue infinitamente superior y le dio un baño de fútbol a su rival.
Imaginemos por un momento el mismo razonamiento aplicado a otros países. ¿Cuántos aficionados neerlandeses aceptarían como explicación razonable que sus futbolistas hubieran decidido entregar una final porque alguien los había comprado? ¿Cuántos noruegos asumirían sin pruebas que su selección había traicionado deliberadamente el partido más importante de su historia? La sola acusación provocaría rechazo acaso por algo tan simple como la superioridad moral de esas naciones con respecto a un país que lleva la picaresca y el engaño en su ADN. Aquí nos valdría el popular aserto: “cree el ladrón que todos son de su condición”.
Una sociedad que convierte la corrupción en explicación universal termina destruyendo la posibilidad misma de confiar en alguien. Si un futbolista puede vender una final, una institución como la AFA puede vender un partido, un periodista puede vender una noticia y un funcionario puede vender una decisión, entonces ya no queda espacio para la buena fe. Todo tiene un precio. Todo tiene un dueño. Todo resultado es sospechoso. Es una visión devastadora del mundo.
Por eso la teoría de la final entregada por Argentina debería ser discutida no solo como una cuestión deportiva, sino también como un síntoma cultural. Lo preocupante no es que algunos aficionados argentinos crean en una conspiración: las conspiraciones existen en todas partes y ninguna nacionalidad tiene el monopolio de la credulidad. Lo preocupante es que una parte de la sociedad pueda llegar a considerar natural que sus propios jugadores sean capaces de vender aquello que para ellos debería tener un valor simbólico extraordinario.
Eso sí habla de una enfermedad moral, pero sobre todo, de algo aún peor: el cinismo que hace que la corrupción parezca más creíble que la dignidad. Lamentablemente, ese cinismo nace de una sociedad que, después de convivir demasiado tiempo con la desconfianza y el engaño, acaba sospechando incluso de aquello que debería ser más sencillo.
Tal vez por eso la pregunta más incómoda no sea si aquella final estuvo entregada. La pregunta es por qué tantos argentinos necesitan creer que lo estuvo.
La respuesta, probablemente, dice mucho menos sobre los futbolistas de la albiceleste que de los propios argentinos.











