Cuando TVE viste el uniforme nazi (Videocomentario de Joaquín Abad)
Hay escenas pequeñas que dicen mucho más de una sociedad que algunos grandes discursos. Durante una retransmisión de los Campeonatos de Europa de Atletismo en Birmingham, Televisión Española fue presentando uno por uno a los corredores de una serie de 400 metros vallas. Nombre, nacionalidad, calle. Hasta llegar a la calle cinco. Allí estaba Omri Shiff, atleta israelí.
La cámara lo mostró, pero su nombre no fue pronunciado. Se le ignoró. Se pasó al siguiente corredor y las presentaciones continuaron con absoluta normalidad. El único que quedó sin nombrar fue el israelí.
RTVE ha explicado posteriormente que se trató de un error, pero el episodio resulta preocupante por el clima en el que se produce, ya que estamos empezando a aceptar algo que nunca debería parecernos normal: que un ciudadano israelí pueda ser tratado como responsable de las decisiones del Gobierno de Benjamin Netanyahu.
Omri Shiff no gobierna Israel ni dirige el Ejército ni tampoco decide qué ocurre en Gaza. Es un atleta que estaba allí para correr.
Se puede criticar duramente al Gobierno israelí, pero una cosa es Netanyahu y otra muy distinta un deportista israelí.
El momento en que comenzamos a trasladar la culpa de un Gobierno a todo un pueblo entramos en un terreno extraordinariamente peligroso. Europa debería saberlo mejor que nadie. Y es que los nazis no llevaron a los judíos directamente a las cámaras de gas.
Primero fueron señalados como un colectivo diferente y culpable de los males de Alemania, después llegaron los boicots a sus negocios.
A continuación la propaganda, las leyes que les quitaron derechos, la exclusión de profesiones y de numerosos ámbitos de la vida pública, la identificación y la segregación.
Después llegaron los guetos, las deportaciones, los campos de concentración y, finalmente, el exterminio sistemático.
Unos segundos de una retransmisión deportiva no son comparables con el Holocausto.
Pero las grandes persecuciones no comienzan por el final. Comienzan cuando una sociedad acepta que determinadas personas pueden recibir un trato diferente simplemente por pertenecer a un determinado pueblo.
Por eso resulta tan peligroso acostumbrarse a la idea de que un israelí debe ser castigado simbólicamente por lo que haga Netanyahu.
Hoy es un deportista al que se ignora.
Mañana será un artista al que no se invita, un científico al que se boicotea, un estudiante al que se señala, como está sucediendo en universidades de EEUU. Y poco a poco dejamos de juzgar a las personas por lo que hacen para comenzar a juzgarlas por lo que son.
Eso tiene un nombre muy antiguo: Nazismo. Y Europa conoce perfectamente sus consecuencias.
Por eso el episodio resulta todavía más delicado cuando sucede en una televisión pública que está para informar. Y en una competición deportiva existe una regla muy sencilla: todos los atletas merecen exactamente el mismo trato. Sin excepciones.
Un deportista español no es responsable de Pedro Sánchez. Un ruso no es Vladimir Putin. Un estadounidense no responde por las decisiones de su presidente. Y Omri Shiff no es Benjamin Netanyahu.
Ese episodio debería servirnos como advertencia, porque el problema más grave aparece cuando determinados gestos dejan siquiera de sorprendernos.
Cuando excluir a alguien por su nacionalidad empieza a parecernos comprensible.
Y es imperdonable que alguien, en TVE, empiece a vestir el uniforme nazi.











