¿Os envidia el mundo, boludos? El ridículo convencimiento argentino de ser mejores que todos
VR.- Una idea aparece con una frecuencia sorprendente en el discurso argentino: están convencidos que el resto del mundo, en el fondo, los envidia. ¿Y por qué los envidia el mundo? Pues porque según ellos, Argentina es un país excepcional, de una naturaleza incomparable, de una cultura superior, de un talento extraordinario y de una grandeza que los extranjeros —pobres ellos— contemplan con una mezcla de admiración y resentimiento.
Es una teoría reconfortante. Tiene, además, una ventaja formidable: no necesita demasiadas pruebas.
Aunque es metafísicamente imposible convencer a un argentino de algo que desafíe la lógica, este razonamiento debería servirles para refutar su ridícula egolatría. Así, si el mundo estuviera desesperado por disfrutar de las maravillas argentinas, cabría esperar un fenómeno bastante sencillo de comprobar: colas en los consulados, solicitudes masivas de residencia, familias europeas haciendo las maletas, norteamericanos vendiendo sus casas para instalarse en Buenos Aires y hordas de ciudadanos de países ricos preguntándose cómo demonios han podido vivir hasta ahora sin experimentar la superioridad argentina. Pero no consta que esté ocurriendo. Más bien sucede lo contrario.
No parece que cientos de miles de europeos o norteamericanos estén trasladando su residencia a Argentina para disfrutar de su manifiesta superioridad. Tampoco se observa una estampida migratoria hacia el país de personas procedentes de economías desarrolladas dispuestas a renunciar a sus niveles de renta, estabilidad institucional y seguridad jurídica para participar del milagro argentino.
Hay otro pequeño inconveniente para la teoría de la envidia universal: el turismo.
En ese sentido, si Argentina fuera realmente ese paraíso irresistible que tantos argentinos describen con la seguridad de quien acaba de recibir personalmente el informe de admiración del resto del planeta, cabría esperar que millones de extranjeros estuvieran haciendo cola para conocerlo.
Argentina posee paisajes extraordinarios, desde la Patagonia hasta las cataratas del Iguazú, pasando por glaciares, montañas, desiertos, selvas y una de las geografías más espectaculares de la región. Sin embargo, su posición en el turismo internacional está muy lejos de corresponderse con esa supuesta fascinación planetaria. El país se mueve aproximadamente alrededor del puesto 49 mundial en llegadas internacionales, con unos 5 ó 6 millones de visitantes anuales en los últimos años, y una parte muy importante procede de los propios países sudamericanos.
Brasil y Chile reciben más visitantes. España juega, sencillamente, en otra liga, con cifras del orden de los 100 millones de llegadas internacionales anuales. Si Argentina fuera realmente ese paraíso irresistible que tantos argentinos describen con la seguridad de quien acaba de recibir personalmente el informe de admiración del resto del planeta, cabría esperar que millones de extranjeros estuvieran haciendo cola para conocerlo. Y no precisamente solo chilenos, uruguayos, brasileños o paraguayos.
Es decir, parece que la humanidad tiene otros planes.
Lo curioso es que la distancia entre la autopercepción y los hechos no parece generar demasiadas dudas. Argentina puede atravesar crisis económicas, inflación desbocada, pobreza, pérdida de poder adquisitivo, inseguridad, problemas institucionales y una larguísima sucesión de experimentos políticos fallidos, pero siempre queda intacta la convicción de que, en alguna dimensión misteriosa, los argentinos siguen siendo superiores.
Es una forma particularmente resistente de orgullo nacional: cuanto peor funcionan las cosas, más necesario parece proclamar que el país sigue siendo excepcional.
Y aquí aparece una paradoja todavía más incómoda.
Ese orgullo no parece tener ningún problema con la emigración. Cuando un argentino consigue marcharse a España, Italia, Estados Unidos o cualquier otro país desarrollado, el relato de la superioridad nacional no suele exigirle que renuncie a la oportunidad. Al contrario: la emigración puede convertirse en una aspiración perfectamente legítima.
El caso de España resulta especialmente revelador. Cientos de miles de argentinos han solicitado o adquirido la nacionalidad española en los últimos años. Es decir, mientras una parte del discurso argentino insiste en que el mundo envidia a Argentina, muchos argentinos consideran suficientemente atractiva la posibilidad de convertirse en ciudadanos españoles como para emprender el proceso administrativo correspondiente.
No deja de ser una escena curiosa que el país supuestamente envidiado exporta ciudadanos hacia el país supuestamente inferior.
Y no es necesario insultar a Argentina para señalar la contradicción. Basta con plantear una pregunta elemental: ¿dónde están las multitudes de españoles, franceses, alemanes, estadounidenses o canadienses intentando hacer exactamente lo contrario?
Tampoco existe una avalancha turística que confirme la supuesta obsesión del mundo por Argentina. Tampoco existe una carrera internacional por instalar empresas allí. Tampoco existe una huida masiva desde los países desarrollados hacia el sistema financiero argentino. Y probablemente no veremos próximamente a millones de europeos abandonando sus pensiones, sus bancos, sus salarios y sus sistemas sanitarios para descubrir las bondades de la economía argentina.
Argentina puede tener algunos buenos futbolistas, paisajes espectaculares y una potente identidad nacional, pero nada de eso obliga a convertir cualquier virtud en una prueba de superioridad sobre los demás.
“Tenemos cosas magníficas”, diría el orgullo razonable; “Tenemos cosas magníficas y, por tanto, todos los demás nos envidian”, sostiene el orgullo ridículo y patológico de los argentinos. La diferencia parece pequeña, pero intelectualmente es enorme.
Quizá convendría aplicar la misma lógica a la economía. Resulta difícil sostener que existe una conspiración universal de envidia hacia un país que durante décadas ha sufrido crisis recurrentes, inflación extraordinariamente elevada, pérdida de poder adquisitivo, pobreza y una enorme inestabilidad económica.
Un país no se convierte en modelo mundial porque sus habitantes repitan que lo es y tampoco se convierte en objeto de envidia porque sus habitantes estén convencidos de que los demás los envidian.
La gente se marcha hacia donde encuentra mejores oportunidades. Los turistas viajan hacia donde quieren pasar sus vacaciones. Los capitales buscan seguridad y rentabilidad. Los inmigrantes eligen países en función de sus expectativas de futuro. Y todos esos movimientos dibujan un mapa bastante menos halagador para el nacionalismo argentino más inflamado.
Por eso quizá haya llegado el momento de formular la pregunta que tanto molesta: pero, boludos, ¿qué podemos envidiar de Argentina? ¿Su inflación de tres dígitos cuando la economía entra en crisis? ¿La pobreza que todavía padecen millones de argentinos? ¿La fragilidad de su sistema financiero? ¿Las décadas de inestabilidad económica? ¿La inseguridad jurídica? ¿La emigración de sus propios ciudadanos? ¿La necesidad de que tantos argentinos busquen en España una segunda nacionalidad y una puerta de salida? ¿La cultura de la trampa, el atajo y el “si puedo sacar ventaja, la saco”, que algunos convierten incluso en motivo de orgullo? ¿Eso es lo que envidia el mundo?
Quizá el verdadero problema no sea que los argentinos tengan demasiado orgullo sino que esta pobre gente necesita creer que el mundo los envidia precisamente porque los hechos no parecen demostrarlo.
Y si algún día aparecen las colas de europeos, norteamericanos y asiáticos ante los consulados argentinos, con sus maletas hechas y sus permisos de residencia en la mano, podremos revisar la tesis. Hasta entonces, quizá convenga bajar un poco el volumen, porque una cosa es decir que Argentina tiene cosas extraordinarias y otra, bastante distinta, es pretender que el planeta entero está deseando ser argentino. Si eso fuera verdad, ¿por qué casi nadie se quiere ir allí y tantos argentinos quieren venir aquí?
Al final no es envidia sino pena y risa lo que provocan los argentinos.











