Cuando el “piquito” de Luis Rubiales mereció una cruzada y la violación de 13 mujeres en Ceuta apenas merece un titular
Ignacio Andrade.- El discurso feminista es un cúmulo de falsedades y mentiras cada día más difícil de defender. El silencio de las feministas ante las violaciones registradas en Ceuta tras la avalancha invasora podría resumirse en la idea de que el feminismo de partido ha demostrado que no cree en las víctimas, solo cree en las víctimas de los otros. Al feminismo entendido como negocio no le preocupa lo más mínimo los problemas reales de las mujeres; y así vemos cómo mantiene argumentos contrapuestos dependiendo de la cultura o la adscripción política del hombre que lleva a cabo una acción punible. Si un grupo de inmigrantes viola en grupo a una mujer española, la querencia de las feministas, encabezadas por Irene Montero, será siempre la de mirar hacia otro lado.
Hay una pregunta que el feminismo español debería contestar sin consignas, sin eslóganes y sin esconderse detrás de la palabra «contexto»: ¿todas las víctimas de violencia sexual merecen la misma indignación o algunas resultan políticamente más rentables que otras?
La pregunta incomoda porque el caso Rubiales demostró hasta qué punto un simple beso puede convertirse en un acontecimiento político, mediático y cultural de dimensiones extraordinarias. Luis Rubiales besó en los labios y sin consentimiento a Jenni Hermoso durante la celebración del Mundial de 2023, una conducta sin duda reprobable. La Justicia acabó condenándolo por agresión sexual y la condena fue posteriormente confirmada.
Si el principio es que cada agresión sexual importa, entonces cada agresión sexual debería provocar indignación. No solamente las que permiten construir un relato sencillo de buenos y malos. No solamente aquellas protagonizadas por un hombre español, poderoso, mediático y convertido en símbolo de un sistema que determinados sectores políticos llevan años combatiendo.
Y aquí aparece el problema.
Tras la avalancha migratoria se han registrado en Ceuta 13 agresiones sexuales contra mujeres, además de otros delitos contra la libertad sexual. ¿Dónde está la misma maquinaria feminista de indignación?
La diferencia de escala entre determinados episodios nacionales y otros casos de violencia sexual plantea una pregunta legítima: ¿qué determina que una agresión se convierta en una causa nacional y otra quede reducida a una estadística local?
El caso Rubiales no fue solamente una denuncia contra un comportamiento sexual no consentido. Se convirtió en una gigantesca batalla cultural. Hubo portadas, debates televisivos, pronunciamientos institucionales, campañas internacionales y una discusión permanente sobre el machismo estructural.
La cuestión es preguntarse por qué por qué no todas las víctimas reciben la misma atención
El feminismo tiene todo el derecho del mundo a convertir un caso concreto en símbolo. Lo que no debería hacer es fingir que esa elección es neutral. Los mismos que miraron para otro lado con los comportamientos de Íñigo Errejón, que legislaron a lo loco sobre el consentimiento para acabar ayudando a recortar sus penas a violadores y pederastas, que no dijeron ni mú sobre la detención de un colaborador de Yolanda Díaz por abusos a una menor o que no tuvieron a bien denunciar las agresiones a mujeres de futbolistas del Mallorca en un torneo infame en Arabia Saudí consideraron, paradójicamente, que el bochornoso comportamiento del expresidente de la Federación era digno de algo más que un merecido oprobio público y había que lograr una condena ejemplarizante.
La cuestión sin embargo no son los hechos, sino la interpretación ideológica de estos hechos a cargo de las hiperventiladas feministas a tiempo parcial, que ven casi una violación en lo de Rubiales, pero llaman multiculturalismo a las manadas magrebíes en estampida.











