El pacto de Casablanca: Pegasus versus final del Mundial 2030 (Texto imaginario… o no)
BC.- (Cualquier parecido con la realidad puede no ser pura coincidencia) La noticia llegó a La Moncloa a las 2:17 de la madrugada, en un mensaje de tres líneas que no llevaba firma.
«La final del Mundial 2030 será en Casablanca. A cambio, Rabat garantiza discreción absoluta en torno a Pegasus. Las conversaciones deberán permanecer clasificadas durante diez años».
A las 8:00, el presidente ya había leído el informe completo.
No era un acuerdo escrito. No había fotografías. No existía, al menos oficialmente, ningún documento que pudiera sobrevivir a una comisión parlamentaria. El entendimiento había nacido de una cadena de conversaciones discretas entre diplomáticos, asesores y emisarios deportivos. El fútbol era la parte visible del trato. Pegasus, la invisible.
El problema era que ambas cuestiones tenían una carga política explosiva.
El Mundial de 2030 debía celebrarse conjuntamente en España, Portugal y Marruecos. La FIFA aún no había decidido oficialmente dónde se jugaría la final, y la pugna había adquirido una dimensión casi nacional: Madrid quería el Bernabéu; Barcelona defendía el Camp Nou; Casablanca presentaba el gigantesco estadio Hassan II como símbolo de una nueva Marruecos.
En público, el Gobierno español repetía que la final debía disputarse en España.
En privado, la conversación era otra.
—¿Qué obtenemos nosotros? —preguntó la vicepresidenta.
El negociador levantó la vista.
—Que nadie vuelva a hablar de aquello.
No hizo falta pronunciar el nombre del programa.
Pegasus seguía siendo una palabra incómoda en los despachos de Madrid. Una palabra capaz de convertir una relación diplomática complicada en una crisis de Estado. Los teléfonos de miembros del Gobierno habían sido objeto de intrusiones, y las sospechas sobre el origen y el alcance de aquellas operaciones habían acompañado durante años la relación entre Madrid y Rabat.
Ahora aparecía una posibilidad inquietante: cerrar el capítulo a cambio de entregar el último partido del Mundial.
No era, técnicamente, «vender la final».
Era, según la fórmula que habían escogido los negociadores, facilitar un consenso entre los tres países anfitriones.
Las palabras importaban muchísimo y el acuerdo tenía una lógica sencilla, según la prensa oficial.
Marruecos obtenía la final y el Gobierno de España obtenía silencio en torno a las conversaciones del Pegasus.
Rabat podía presentar el Hassan II como el escenario del acontecimiento deportivo más importante celebrado jamás en territorio africano. España podía mantener el resto del torneo, conservar la mayor parte de los partidos y, sobre todo, evitar que el conflicto de Pegasus volviera a abrirse en el peor momento posible.
Portugal aceptaría porque recibiría garantías comerciales y una mayor presencia en la ceremonia inaugural.
La FIFA aceptaría porque una final en Casablanca convertiría el Mundial 2030 en algo más que el primer campeonato organizado entre Europa y África: sería también una operación de enorme valor político y simbólico, sobre todo para su corrupto presidente, Gianni Infantino, que se garantiza el apoyo de la Confederación Africana de Fútbol (CAF) de cara a su reelección.
Todo había sido una cortina de humo. Y detrás de ella seguía estando Pegasus.











