El gran fraude del toreo: cuando cien faenas parecen la misma
José Antonio Vara.- Durante décadas se nos ha repetido que cada faena es irrepetible, que cada muletazo encierra un universo de matices y que el verdadero aficionado es capaz de distinguir donde el profano solo ve movimientos semejantes. Esa idea se ha convertido en un dogma. Sin embargo, basta observar con cierta distancia decenas de corridas para que aparezca una pregunta incómoda: ¿y si el emperador estuviera desnudo?
La liturgia taurina ha construido un relato según el cual cada pase es una creación artística comparable a una pintura de El Greco, un fresco de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina o una sinfonía irrepetible. Se habla de inspiración, de temple, de hondura, de verdad y de duende con un vocabulario casi religioso. Pero la realidad visual ofrece otra impresión mucho menos grandiosa.
Las faenas son extraordinariamente uniformes. Cambian el toro, la plaza, el traje de luces y el nombre del matador, pero la secuencia permanece casi inalterable. Los mismos lances, los mismos muletazos, las mismas pausas estudiadas, los mismos remates. Incluso las supuestas innovaciones rara vez alteran la estructura básica del espectáculo. Si se mostraran diez faenas sin identificar al torero, ¿cuántos espectadores serían realmente capaces de atribuir cada una a su autor por la singularidad de su estilo y no por detalles externos?
En cualquier disciplina artística la personalidad del creador resulta reconocible. Nadie confunde a Velázquez con El Greco, a Picasso con Sorolla o a Bach con Stravinski. En cambio, el mundo taurino sostiene que diferencias minúsculas —la altura de una mano, unos centímetros de separación, una leve variación en el ritmo— constituyen revoluciones estéticas de enorme profundidad. La distancia entre lo que se cuenta y lo que realmente se ve es gigantesca.
Eso no significa que no existan diferencias técnicas. Las hay, como las hay entre dos violinistas interpretando la misma partitura o entre dos pilotos recorriendo el mismo circuito. Lo discutible es la inflación retórica que convierte variaciones casi imperceptibles para la inmensa mayoría del público en acontecimientos artísticos de una trascendencia extraordinaria.
El toreo vive en buena medida de esa narrativa. Necesita persuadir al espectador de que está asistiendo a un milagro estético único e irrepetible, cuando la repetición constituye precisamente uno de sus rasgos esenciales. Se elevan los pases a una categoría casi mística mediante un lenguaje que parece diseñado para impedir cualquier objeción: quien no aprecia esas diferencias, se dice, simplemente “no sabe de toros”. Es un argumento circular que inmuniza al espectáculo frente a la crítica.
Ningún otro arte exige un acto de fe semejante. La grandeza de una novela, una película o una escultura no depende de que un reducido círculo de iniciados explique durante horas por qué una obra es sublime. La fuerza estética se impone por sí misma. En el toreo, en cambio, la explicación parece adquirir tanta importancia como la propia ejecución. La crítica especializada, las retransmisiones y el comentario posterior llegan a desempeñar un papel casi tan relevante como lo ocurrido en el ruedo.
Quizá ahí resida el verdadero fraude intelectual del toreo contemporáneo: no tanto en lo que sucede en la plaza, sino en el relato que se construye alrededor de ello. Un relato que magnifica diferencias diminutas hasta convertirlas en abismos, que reviste de excepcionalidad lo repetitivo y que transforma una secuencia altamente codificada de movimientos en una supuesta explosión permanente de creatividad irrepetible.
El aficionado tiene todo el derecho a emocionarse. Como también alguien puede emocionarse viendo una partida de ajedrez o escuchando una ópera. Pero una emoción sincera no convierte automáticamente aquello que la provoca en una obra maestra única. Confundir la intensidad de la experiencia personal con la originalidad objetiva del espectáculo es un salto argumental que merece ser discutido.
El toreo podrá seguir despertando pasión, tradición o interés histórico. Lo que resulta mucho más difícil de sostener es la idea de que cada tarde constituye una revolución estética distinta. Cuando se aparta el velo de la retórica, queda una evidencia incómoda: muchas faenas son tan parecidas entre sí que solo un discurso cuidadosamente elaborado consigue presentarlas como si fueran universos radicalmente diferentes.
Tal vez haya llegado el momento de admitir que el mayor arte del mundo taurino no está en la muleta, sino en la capacidad de convertir la repetición en una ilusión de originalidad.











