La endogamia del toreo: un lujo que la Fiesta ya no puede permitirse
José Antonio Vara.- La tauromaquia sigue gozando de una excelente salud en determinadas zonas de España, donde mantiene un notable arraigo social y una elevada capacidad de convocatoria. Ferias y festejos en plazas como las de Madrid, Sevilla o Pamplona continúan congregando a miles de aficionados y generando un importante impacto económico y turístico. No obstante, también es preciso reconocer que esta realidad no es extrapolable al conjunto del país. En buena parte de las ferias taurinas de menor dimensión, la viabilidad económica depende en gran medida de las subvenciones y del apoyo de las administraciones públicas, hasta el punto de que muchas de ellas difícilmente podrían celebrarse sin esa financiación.
El futuro de la tauromaquia no es tan boyante como se sostiene desde el sector. Negarlo es engañarse. Se celebran muchos menos festejos que hace apenas dos décadas, plazas históricas han desaparecido del calendario, varios países y territorios de Sudamérica donde el toro era parte de la identidad cultural han prohibido las corridas o las han reducido hasta hacerlas residuales, unos pocos nombres acaparan todos los carteles, se mantiene en el ostracismo a toreros de enorme valía, y buena parte de las ferias que hoy siguen en pie solo lo consiguen gracias al respaldo económico de los ayuntamientos. Ese es el escenario real.
Y, sin embargo, el mundo del toro sigue comportándose como si viviera en una época de esplendor.
La endogamia que se ha instalado entre figuras, apoderados, empresarios y parte del entramado taurino resulta tan preocupante como incomprensible. Todo parece girar alrededor de un círculo cerrado donde siempre aparecen los mismos nombres, las mismas relaciones y las mismas dinámicas. El aficionado, el verdadero sostén de la Fiesta, queda relegado a un papel secundario: comprar la entrada, llenar la plaza y aplaudir. Poco más.
Es cierto que el toreo siempre ha tenido un componente de reserva y discreción. Forma parte de su tradición. Pero una cosa es preservar el misterio y otra muy distinta levantar un muro entre quienes viven del toro y quienes mantienen vivo el espectáculo. Esa distancia no engrandece a nadie; solo alimenta la percepción de que el mundo taurino vive de espaldas a la realidad.
Resulta paradójico que, precisamente cuando la tauromaquia necesita más aliados, algunos de sus principales protagonistas se muestren más inaccesibles que nunca. Escasas comparecencias públicas, entrevistas contadas, contacto mínimo con los aficionados y una comunicación reducida a mensajes promocionales o publicaciones cuidadosamente calculadas en redes sociales. Parece que el aficionado solo interesa cuando llega el momento de pasar por taquilla.
Mientras otros espectáculos han comprendido que la cercanía genera adhesión, el toreo continúa instalado en una cultura donde la distancia se confunde con el prestigio. Grave error. Hoy el prestigio también se construye dando la cara, escuchando, compartiendo y mostrando gratitud hacia quienes siguen defendiendo la Fiesta cuando hacerlo ya no resulta cómodo.
Conviene recordar una evidencia que algunos parecen olvidar: sin aficionados no hay tauromaquia. No serán los despachos, ni las instituciones, ni las subvenciones públicas quienes salven el futuro del toro. Las ayudas municipales pueden sostener una feria durante unos años, pero jamás crearán una afición donde esta desaparezca. La auténtica fortaleza de la Fiesta siempre ha estado en quienes llenan los tendidos y transmiten la pasión por el toro de generación en generación.
Lo más preocupante es que esta actitud endogámica llega en el peor momento posible. La tauromaquia afronta una batalla cultural, política y social de enorme magnitud. Cada plaza que cierra, cada feria que reduce su número de festejos y cada prohibición que se aprueba debería servir de llamada de atención. Sin embargo, demasiados siguen actuando como si el problema fuera exclusivamente externo, como si toda la responsabilidad recayera sobre los antitaurinos o las administraciones. No es así.
El enemigo también puede estar en la autocomplacencia. En creer que todo seguirá igual mientras el mundo cambia. En pensar que la afición es inagotable y que siempre habrá alguien dispuesto a ocupar el asiento vacío. La historia demuestra exactamente lo contrario.
La Fiesta necesita figuras que ejerzan como embajadores, no solo como artistas. Necesita profesionales capaces de entender que hoy defender la tauromaquia también implica acercarse a la sociedad, atender a los medios, cuidar a los aficionados y abrir las puertas de un mundo que durante demasiado tiempo ha vivido encerrado en sí mismo.
El toreo no puede permitirse seguir siendo un club privado mientras reclama comprensión al resto de la sociedad. Si quiere tener futuro, debe abandonar la comodidad de la endogamia y recuperar el contacto con quienes todavía creen en él, porque los aficionados no son un complemento del espectáculo: son su razón de ser.
La historia del toreo siempre estuvo ligada a un público exigente, incluso duro, que marcaba el pulso de las figuras. Hoy, en cambio, cualquier crítica es interpretada como traición. Se confunde la defensa del espectáculo con la adhesión incondicional, y se desprecia al aficionado que se atreve a discrepar, como si no formara parte esencial de la fiesta.
A esto se suma otro fenómeno igual de preocupante: cierta actitud en muchos toreros —no todos, pero sí una mayoría significativa— que oscila entre lo cursi y lo impostado. En sus intervenciones públicas adoptan un tono grandilocuente, plagado de lugares comunes, donde cada frase parece dictada desde un pedestal. Hablan como si custodiaran una verdad superior, pontificando sobre valores eternos, pero sin lograr transmitir cercanía ni autenticidad.
Resulta especialmente llamativo en quienes apenas están empezando. Lejos de mostrarse naturales, accesibles o incluso vulnerables —como correspondería a quien aún está construyendo su camino—, replican ese mismo molde acartonado. No hay frescura, no hay espontaneidad, no hay diálogo. Solo una repetición mecánica de discursos que suenan vacíos.
Esa falta de conexión humana pesa más de lo que se cree. Vivimos en una sociedad donde la comunicación directa, la transparencia y la cercanía son fundamentales, de ahí que ese tono distante y autosuficiente genere rechazo o, en el mejor de los casos, indiferencia. No basta con defender la tradición si quienes la encarnan parecen ajenos al mundo que les rodea.
Paradójicamente, mientras se señala al exterior como amenaza, se descuida el vínculo con quienes todavía sostienen la tauromaquia desde dentro. Se construye un relato épico, pero se olvida cuidar la relación con el aficionado real, el que siente, piensa y, sobre todo, decide si vuelve o no a la plaza.
Quizá el futuro de la tauromaquia no dependa tanto de convencer a sus detractores como de reconectar con su propia base. De abrirse, de escuchar, de aceptar que la crítica no es un ataque, sino una forma de compromiso. Y, sobre todo, de abandonar esa pose altiva que tanto aleja y tan poco aporta.
Al final, si la fiesta termina perdiendo su pulso popular, si deja de ser un diálogo vivo para convertirse en un monólogo cerrado, no harán falta enemigos externos para explicar su declive. Bastará con mirarse al espejo.












