Aplaudir los incendios de España: la cara más miserable de los argentinos
VR.- Mientras centenares de bomberos se juegan la vida, familias ven cómo las llamas devoran sus hogares y miles de personas sufren las consecuencias de una tragedia devastadora, muchos argentinos, escondidos tras una pantalla, han decidido celebrar el desastre. No es humor ni ironía. Se trata de pura miseria moral de una sociedad enferma y despreciada a nivel planetario.
Reírse de un incendio forestal, alegrarse de que un país arda o desear que el fuego cause más destrucción solo retrata a quien escribe esos mensajes. Una vez más, los argentinos demuestran una alarmante ausencia de empatía y un nivel de degradación ética difícil de justificar.
Las redes sociales han vuelto a mostrar el peor rostro de una masa ruidosa que convierte cualquier tragedia en un espectáculo de insultos y provocaciones. Esa conducta merece una condena rotunda y sin matices, porque normalizarla significa aceptar que el odio de los argentinos puede imponerse a la humanidad.
Lamentablemente, hace tiempo que conocemos esa parte oscura de los argentinos que ahora ha descubierto el mundo entero. La argentina es una sociedad moralmente enferma, incapaz de levantar la vista más allá del rectángulo de césped donde deposita toda esperanza, toda rabia y toda identidad. Ha sustituido el pensamiento por el cántico, la cultura por el marcador y la dignidad por los colores de una camiseta. Mientras la corrupción, la injusticia y la mediocridad devoran sus cimientos, millones de argentinos celebran o lloran el resultado de un partido como si de ello dependiera el sentido de sus vidas.
El fútbol dejó de ser un deporte para convertirse en una religión anestesiante, un refugio donde esconder la cobardía colectiva frente a los problemas reales. Millones de argentinos no viven para construir un futuro mejor, sino para sobrevivir de jornada en jornada, alimentándose de victorias ajenas y derrotas irrelevantes, hasta el punto de que su única razón de existir se reduce a noventa minutos de ilusión prefabricada.
Aquella sociedad ha alcanzado el grado más avanzado de decadencia y degradación: ya no necesita cadenas porque adora su propia esclavitud. Ha renunciado al pensamiento crítico, al conocimiento y a cualquier aspiración que trascienda un campeonato futbolístico. El fútbol es su único idioma, su única fe y su única excusa para sentirse vivo. Mientras el poder los saquea, los empobrece y los convierte en un rebaño dócil, ellos responden con cánticos, bufandas y discusiones estériles sobre goles y árbitros. La miseria moral la han disfrazado de pasión deportiva y la ignorancia, de identidad colectiva. Argentina es un pueblo capaz de movilizarse por el fútbol, pero incapaz de indignarse ante la corrupción, la desigualdad o la pérdida de su propia libertad. Ha cambiado el destino por el calendario de la competición y el sentido de la existencia por el resultado del Mundial.
Argentina ya no es una comunidad de ciudadanos, sino una inmensa grada embrutecida, orgullosa de su propia sumisión, cuya única función consistía en consumir, gritar y volver obedientemente a la irrelevancia hasta el siguiente partido, convencida de que noventa minutos de espectáculo bastan para justificar una vida vacía.











