Que Pedro Sánchez se quede en casa: la final del Mundial no está para gafes
Camisetas que no se lavan, bufandas que no se cambian, aficionados que ven el partido desde el mismo sofá porque «la última vez funcionó»… Hay supersticiones que forman parte del folclore del deporte. Nadie se ríe de ellas cuando un título está en juego.
Por eso, conviene formular una petición sencilla al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez: no vaya a la final del Mundial. No es una cuestión política, se trata solo de estadística emocional.
En España se ha instalado una percepción difícil de ignorar. El rasgo dominante de Pedro Sánchez no es la corrupción, ni su alma tiránica, ni su abuso de poder, sino que es un perfecto gafe, que todo lo que toca o ama queda destruido. Es una bomba ambulante, un veneno que hiere o mata a todo el que se acerca.
Ser gobernado por un corrupto desequilibrado es malo y peligroso, pero es todavía peor tener a un gafe como gobernante porque su mala suerte es una desgracia para la nación y para todos sus ciudadanos.
Pierde todas las elecciones; es el presidente de gobierno más despreciado por el pueblo desde Godoy; tiene investigados por corrupción a todo su entorno; media España le abuchea cuando lo ve en la calle; millones de electores creen que gobierna porque ha hecho fraude electoral; cada día son más los que le consideran un tirano y una mala persona… ¿Se puede ser más desgraciado y fracasado? El sujeto que padece ese calvario sólo puede ser un gafe empedernido e incurable.
Bajo el gafe Sánchez, España fue el país del mundo que más sufrió la pandemia del COVID y el que ocupa puestos de liderazgo en casi todas las desgracias: decadencia, avance hacia la pobreza, inflación, despilfarro, deuda, trata de blancas, fracaso escolar, drogas, dinero negro, impuestos abusivos, precios altos de los combustibles y un largo etcétera.
Cada vez que el presidente aparece dispuesto a capitalizar un éxito deportivo, cultural o social, el desenlace acostumbra a torcerse con una puntualidad que haría las delicias de un reloj suizo. Es el llamado «efecto Sánchez», una teoría no reconocida por la ciencia, pero extraordinariamente popular en las redes sociales y en los grupos de WhatsApp.
¿Es racional? Probablemente no. ¿Es prudente desafiarla a noventa minutos de conquistar un Mundial? Tampoco.
La Selección ha llegado hasta aquí por méritos propios: talento, trabajo, sacrificio y un grupo de futbolistas que ha demostrado personalidad y ambición. Lo último que necesita es incorporar un factor de incertidumbre institucional en el palco.
El presidente ya tendrá ocasión de felicitar a los campeones en La Moncloa, en el aeropuerto, en una recepción oficial o donde considere oportuno. Nadie le negará la fotografía si España levanta la copa. Pero precisamente por eso, quizá el mayor acto de patriotismo sea resistir la tentación de aparecer antes de tiempo.
No faltará quien considere esta petición exagerada. Es posible. También parecía exagerado tocar madera, evitar pronunciar la palabra «victoria» antes de tiempo o cambiar de canal porque «desde que lo puse nos han empatado». Y, sin embargo, millones de personas siguen haciéndolo.
El deporte vive de rituales y los rituales no se discuten; se respetan.
De modo que, señor presidente, si realmente desea lo mejor para España, haga un último sacrificio por el equipo nacional: vea la final desde el sofá. Y, por favor, no anuncie en redes sociales que está convencido de la victoria hasta que el árbitro haya señalado el final.
La nación entera se lo agradecerá, porque si España acaba siendo campeona, nadie recordará dónde estaba Pedro Sánchez; pero si aparece en el palco y las cosas salen mal… No habrá superstición capaz de absolverle en la opinión pública.










