Casarrubios y el mástil milagroso: el alcalde sanchista logra que hasta la oposición aplauda mientras iza una bandera que los socios de Sánchez desprecian
Alberto Caneda.- Hay imágenes que valen más que mil discursos. La de Casarrubios del Monte reunido alrededor de un mástil coronado por la bandera de España es una de ellas. No por lo que representa el símbolo nacional, sino por la paradoja política que encierra.
Allí estaba el alcalde socialista inaugurando con solemnidad una enseña nacional que, en demasiadas ocasiones, los socios parlamentarios de Pedro Sánchez han tratado con abierta hostilidad. Allí estaba también la oposición, sonriente y complaciente, blanqueando al alcalde sanchista y participando en el acto como si se tratara de una gran gesta municipal. Nadie parecía advertir la contradicción: celebrar una bandera que los aliados políticos del Gobierno consideran poco menos que un estorbo y que el propio PSOE ha evitado convertir en protagonista de muchos de sus actos y mítines.
La escena recuerda inevitablemente a aquellas narraciones históricas en las que los conquistadores deslumbraban a los indígenas con cuentas de vidrio y baratijas. Bastó un mástil, una ceremonia y unas cuantas fotografías para que desaparecieran las diferencias políticas, los debates pendientes y las críticas de la oposición. Todos unidos alrededor de un símbolo que, fuera de ese escenario, genera incomodidad en buena parte de quienes sostienen al Gobierno de Sánchez.
Lo más sorprendente no es que el alcalde organizara el acto. La política vive de gestos y de imágenes. Lo verdaderamente llamativo es la facilidad con la que quienes deberían ejercer una labor crítica aceptaron el papel de figurantes en una operación de marketing político tan elemental.
Mientras unos venden patriotismo ceremonial por unas horas, otros olvidan preguntar por la coherencia entre los símbolos que se exhiben y las alianzas que se mantienen. Y así, entre discursos, aplausos y fotografías oficiales, el mástil termina siendo mucho más que un mástil: se convierte en el monumento perfecto a la ingenuidad política.
Quizá por eso la ceremonia deja una reflexión incómoda. Cuando un pueblo se deja seducir por la apariencia y una oposición renuncia a cuestionar la contradicción evidente, la responsabilidad ya no es sólo de quienes gobiernan. Al final, como dice el viejo aforismo, cada pueblo acaba teniendo lo que está dispuesto a aceptar..











