Los perritos falderos de Sánchez
Manuel Marhuenda.- No me extraña que un gran número de españoles desconfíe de la política. El sanchismo tiene un efecto devastador, como no había sucedido desde la Transición. Es cierto que su desmoronamiento es coherente con la trayectoria de su líder y la forma que utilizó para alcanzar el poder. Es lo que ha hecho toda su vida. Todo ha estado al servicio de la ambición de llegar a la presidencia del Gobierno y hay que reconocer que hubo mucha gente que le ayudó. En general, todos han sido recompensados e incluso ha perdonado a los que le traicionaron. En el fondo le debe producir una gran satisfacción que aquellos que le llamaban «Pedrito el guapo» puedan llegar a final de mes gracias a una generosidad que pagamos todos. A otros les dejó forrarse actuando de lobistas y conseguidores, en algunos casos a pesar de no tener ninguna o escasa formación. Es cierto que tenía lo más importante, haberse humillado ante el líder y contar con una agenda con teléfonos de personas influyentes. Es fascinante que haya conseguido el poder y, sobre todo, que lo haya mantenido sin importarle otra cosa que su continuidad. La vida nos muestra que aquellos que alcanzan un cargo y muchos creen que su duración será breve descubren que no se cumple esa profecía.
En cambio, la maldición se cumple, dicho con ironía porque no soy supersticioso, y todos los presidentes del Gobierno, desde la muerte del dictador, han acabado mal políticamente. Casi todos han sido derrotados en las urnas y los que no lo han sido es porque no se presentaron. En cualquier caso, no consiguieron una sucesión regular. El atentado del 11-M impidió que Rajoy fuera presidente. Las malas artes que se utilizaron en contra del Gobierno de Aznar y la brutal ofensiva de la izquierda mediática cambió la Historia de España. No sé si hubiera tenido o no mayoría absoluta, pero hubiera presidido el Gobierno. Zapatero se hizo con el poder, pero la desastrosa gestión de la crisis económica le impidió presentarse y su sucesor, Alfredo Pérez Rubalcaba, sufrió una enorme derrota. Hay que reconocer que no supo elegir un equipo económico, algo que caracteriza también a Sánchez, y el desastre estaba asegurado. No es suficiente aprobar una oposición para ser un buen economista. El actual optimismo gubernamental cabalga a lomos de un disparatado endeudamiento y un gasto público irresponsable. No voy a criticar que Sánchez no sepa economía, no es una exigencia para ocupar el cargo, pero se tendría que haber rodeado de personas que conocieran la economía real. Cuerpo sería un buen director general o, incluso, secretario de Estado de Comercio, pero el ministerio le viene muy grande. Y en lo que hace referencia a Hacienda es tan disparatado nombrar a la histriónica María Jesús Montero como a su sucesor, Arcadi España, que no puede ser más gris e irrelevante.
Lo mejor de Sánchez no es su gobierno, lleno de personajes que serán rápidamente olvidados porque nadie los conoce, salvo alguna excepción, sino su capacidad de comprar a sus socios y aliados. Es un buen político en el sentido clásico basado en la carencia de escrúpulos, la determinación y la capacidad de maniobra. He de reconocer que me produce hilaridad leer a los dirigentes de esas formaciones haciendo ver que marcan distancias cuando parecen, dicho irónicamente, una colección de perritos falderos del inquilino de La Moncloa. El patetismo de Yolanda Díaz y el resto de los palmeros de Sumar y sus confluencias no tiene parangón. Esa carencia de cualquier atisbo de dignidad es, también, un indudable mérito para sobrevivir en política. Por una parte, están los palmeros del PSOE encabezados por Óscar Puente, un pretencioso leguleyo de provincias que se siente feliz actuando como el dóberman del sanchismo. Nuestro pintoresco ministro de Desinformación y Propaganda Cutre es impagable y, desde luego, apoyo su continuidad. A pesar de la simpleza de sus argumentos, su fatuidad como abogado sindicalista y sus escasas luces como polemista hace un gran servicio a su señor y es un buen lacayo. He de reconocer que le entiendo, porque no quiere pasarse el resto de su vida ejerciendo de picapleitos compartiendo los gastos en un pequeño despacho de Valladolid. Sánchez maneja muy bien a sus marionetas para controlar su partido hasta haber conseguido acabar con cualquier voz discrepante.
Con los perritos falderos lo tiene muy bien con la excepción de Junts. El resto es mero teatro y del malo. A los de Sumar los tiene en nómina y tras el fracaso en Andalucía, andan tan desorientados que son capaces de pedirle a Yolanda Díaz que los conduzca al siguiente desastre. En este caso, tiene a Unai Sordo y Comisiones Obreras para que la coloquen. Son sus queridos palmeros y no olvida sus raíces como abogada sindicalista, que es un gran chollo. Por tanto, no hay que tomarse en serio ninguna declaración de los dirigentes de Sumar o de los sindicatos. Lo mismo se puede decir del PNV, al que le deja que saque pecho por una cuestión meramente propagandística, o ERC. Me recuerda una frase que le dijo Suárez a Íñigo Cavero sobre el jefe de filas de los democristianos de UCD al que manejaba como a los osos amaestrados en los circos que caminaban sobre dos patas y simulaban bailar al ritmo de las panderetas o las trompetas. En cambio, Bildu y su líder, el repugnante Otegi, son de una fidelidad que eclipsa al resto. En cualquier caso, se ha rodeado de la mayor colección de perros falderos políticos que parecen los cortesanos del Antiguo Régimen. Lo dijo muy bien uno de ellos cuando se remitió a que solo le dejarían caer si había una sentencia firme que condenara al PSOE. No les importa otra cosa que seguir con el saqueo masivo de España, que es algo en lo que coinciden con los sanchistas, y apoyar a un presidente que es cada vez más débil.











