Barbie, cerebro en modo avión: la dirigente que nunca aterriza ideas
GM.- En la política municipal siempre hay figuras que despiertan entusiasmo, otras que generan rechazo… y luego está Barbie. Sí, Barbie: portavoz municipal, aspirante a alcaldesa y, según parece, firme defensora de que la estética puede suplir —o al menos disimular— cualquier otra carencia.
Porque, siendo honestos, la gran pregunta no es si Barbie quiere ser alcaldesa. Eso lo puede querer cualquiera. La cuestión es: ¿en qué destaca exactamente para pretenderlo? ¿Cuál es ese rasgo diferencial que la eleva por encima del resto de mortales? ¿Su cercanía con los ciudadanos? Difícil de sostener cuando su contacto con la realidad parece limitarse a actos protocolarios cuidadosamente coreografiados. ¿Su capacidad oratoria? Si entendemos por ello la habilidad de encadenar frases vacías con estudiada solemnidad, entonces sí, quizá estemos ante un talento singular. ¿Su bagaje intelectual? Bueno… digamos que no es lo primero que viene a la mente.
Eso sí, sería injusto no reconocerle méritos. Su colección de trajes es, sin duda, impecable. Cada aparición pública es un desfile perfectamente ejecutado, como si el pleno municipal fuese una pasarela y los problemas de la ciudad, simples accesorios prescindibles. En ese terreno, Barbie no tiene rival: siempre adecuada, siempre perfecta, siempre… superficial.
Pero gobernar una ciudad suele requerir algo más que una buena percha. Ideas, por ejemplo. O criterio. O, en un alarde de ambición, cierta capacidad para conectar con las preocupaciones reales de la gente. Y aquí es donde el personaje empieza a desdibujarse, como un decorado bonito que se tambalea en cuanto alguien se acerca demasiado.
Lo verdaderamente desconcertante, sin embargo, no es Barbie. Es su partido. Porque cabe preguntarse: ¿de verdad no hay nadie mejor? ¿Es esta la apuesta más sólida que pueden ofrecer? Si la respuesta es sí —y todo parece indicar que lo es—, entonces quizá el problema no sea la candidata, sino la organización que la sostiene. Mantener a alguien que, incluso entre los suyos, no despierta entusiasmo ni expectativas de victoria, sugiere algo más profundo que una simple mala elección: apunta a una preocupante escasez de talento.
Y aquí surge la pregunta incómoda: si un partido político es incapaz de generar liderazgos mínimamente competitivos, ¿no debería plantearse seriamente su propia razón de ser? Porque aspirar a gobernar sin ideas, sin carisma y sin un proyecto claro no es solo una estrategia fallida; es, en el fondo, una confesión de incompetencia colectiva.
Mientras tanto, Barbie seguirá ahí, aparente, sonriente, insustancial, invisible. Como una figura perfectamente pulida que nadie sabe muy bien para qué sirve, pero que, por alguna razón, sigue ocupando el escaparate.











