La contradicción y la izquierda
Juan Pablo Del Greco.- Creo que, más allá de los colores políticos, hay algo en lo que podemos coincidir: estamos atravesando una etapa de la historia marcada por una incertidumbre poco común. No sabemos con claridad qué estará haciendo la humanidad en cinco años.
En algunos aspectos, el clima global recuerda a momentos de fuerte tensión del siglo XX. No necesariamente una repetición exacta de la Guerra Fría, pero sí una creciente polarización entre modelos políticos, económicos y culturales que compiten por influencia. A eso se le suma un contexto tecnológico sin precedentes, donde los avances aceleran los cambios a una velocidad difícil de asimilar.
En ese escenario, surge una pregunta inevitable: ¿da lo mismo qué modelo prevalezca? ¿Podemos analizar esta disputa como si fuera un partido de fútbol neutral, donde lo importante es el espectáculo?
Claramente no. lo que se decida hoy va a moldear las próximas décadas de la humanidad.
Hoy vemos modelos distintos conviviendo —y compitiendo— a escala global.
Hoy conviven distintos sistemas. Algunos países, con matices, operan bajo economías de mercado con mayor apertura, integración global y protección de libertades individuales. Estados Unidos, Japón, Australia o Uruguay, por ejemplo, no son idénticos, pero comparten un mismo eje: el mercado como motor y el individuo como unidad central, predominio del sector privado, integración al comercio internacional y protección de libertades individuales.
Luego aparecen modelos intermedios, particularmente en Europa occidental: Alemania, Francia, España o los países nórdicos. En estos casos, el mercado sigue siendo el motor económico, pero con un Estado más presente en la redistribución, la regulación y el sistema de bienestar. Son sistemas que intentan equilibrar crecimiento con protección social, con resultados que, hasta ahora, han sido relativamente estables.
Y luego, existen modelos donde el Estado tiene un rol mucho más dominante tanto en lo económico como en lo político y las democracias como las conocemos comienzan a escasear. Aunque incluso dentro de este grupo hay algunas diferencias.
China, por ejemplo, combina un sistema político de partido único con una economía que, lejos de ser completamente planificada, incorpora amplios espacios de mercado bajo supervisión estatal. Es un modelo que ha demostrado una capacidad notable de crecimiento combinando todas las características del comunismo, pero con la apertura comercial del capitalismo, eso sí, de puertas para afuera, porque en su interior, la población es fuertemente censurada y reprimida.
Rusia, en cambio, funciona más como un capitalismo de Estado con fuerte concentración política, donde el mercado existe pero está totalmente condicionado por el poder central. A su vez, las elecciones no son precisamente lo que podríamos llamar “libres”. Analistas y organismos internacionales coinciden en que a la hora de celebrar los comicios podemos encontrar restricciones a candidatos opositores , control o presión sobre medios de comunicación, uso del aparato estatal a favor del oficialismo, limitaciones a la protesta y a la organización política.
Y luego están casos como Cuba o Corea del Norte, donde el control estatal sobre la economía y la vida es total, con niveles de apertura casi nulos.
Agrupar todos estos modelos bajo una misma etiqueta puede simplificar el análisis, pero también lo empobrece. Sin embargo, hay un eje común que atraviesa a todos: el grado de libertad individual frente al nivel de intervención estatal, la falta de una democracia pura y limpia y la garantía de los derechos individuales de las personas. Parecería como que sin ese control, imposición y autoritarismo, estos modelos no pudiesen funcionar.
En términos generales, los sistemas más abiertos tienden a fomentar la innovación, la competencia y el crecimiento, aunque existan algunas desigualdades. Los sistemas más controlados buscan mayor igualdad y estabilidad, pero muchas veces a costa de limitar libertades, derechos y bienestar económico.
Ahora bien, más allá de los modelos en sí, aparece otro fenómeno interesante: la forma en que estos sistemas son percibidos y defendidos fuera de sus propios contextos.
Resulta, al menos, llamativo que en sociedades con altos niveles de libertad existan sectores que idealizan modelos donde esas mismas libertades están restringidas. No se trata de negar críticas válidas a los sistemas abiertos —que las tienen—, sino de observar cierta disonancia entre los valores que se reivindican y los sistemas que se defienden.
Encontramos fuertes contradicciones como el colectivo LGBTQ+ defendiendo países cuyas normas o leyes los condenan hasta a penas de muerte, o a movimientos feministas defendiendo estados que consideran a la mujer como un objeto reproductor y diferencian castigos judiciales por sexo biológico, marcando una desigualdad directamente ante la ley.
Porque una cosa es que un Estado reconozca la igualdad, pero en la práctica, la sociedad machista o patriarcal la diferencie. Pero en este caso, la desigualdad directamente está escrita en una ley, normativa o constitución.
En cualquier caso, la discusión de fondo no es simplemente “izquierda contra derecha”, ni “capitalismo contra socialismo”. Es algo más básico —y más difícil de resolver—:
¿Cuánta libertad estamos dispuestos a resignar y cuánta intervención estamos dispuestos a soportar?
Hay personas que están dispuestas a tener una ideología principal, y otra por si acaso.
Es por eso que los invito a seguir los aforismos del general José de San Martín: “Seamos libres y lo demás no importa nada».











