Muro de Juanma Moreno contra discursos y perfiles del PP que se acerquen a Vox
La campaña andaluza ha empezado a moverse sobre una paradoja: Vox cree que la «prioridad nacional» le permite liderar el debate y ensanchar su base de votantes, incluso entre un electorado que no conecta con su discurso ideológico en aborto y derechos sociales, pero sí con el mensaje más lepenista que se centra en la inmigración y la seguridad. Es ese votante que no se posiciona ideológicamente en la derecha, pero que busca refugio a la frustración social y no lo encuentra en la respuesta de la izquierda más asentada en el plano jurídico o moral del «no se puede discriminar». Ese votante que no se identifica en ese marco y sí en el de «no me llega» o «veo que otros acceden antes que yo a las ayudas».
Sin embargo, ese endurecimiento del discurso de Vox, bajo el lema lepenista de «españoles primero», puede acabar reforzando a Juanma Moreno entre el electorado de centro y moderado, e incluso en una parte del antiguo votante socialista que ya no vota por identidad, sino por utilidad. El cálculo han empezado ya a hacerlo en el cuartel general del presidente andaluz, donde se mantiene un seguimiento al milímetro de por dónde se mueve el clima de opinión. Y con sus datos en la mano, el PP andaluz confía en que el desenlace electoral no lo decida quien grita más, sino quien aparece como mayor garantía de estabilidad.
El debate no es menor porque Vox cree haber encontrado en la «prioridad nacional» una fórmula de alto rendimiento político, que es sencilla, emocional y conectada con una sensación real de competencia por recursos públicos. En barrios donde hay listas de espera para vivienda, dificultades para acceder a ayudas, saturación sanitaria o salarios bajos, el mensaje de «primero los de casa» funciona como un atajo, con independencia de su viabilidad legal. «No se necesita una arquitectura jurídica perfecta, basta con una percepción. Y esa percepción existe: la de un Estado del bienestar tensionado y en el que muchos ciudadanos sienten que cumplen las reglas, pagan impuestos y aun así llegan tarde a las prestaciones», explican desde una casa de encuestas.
Pero en el ámbito andaluz la jugada puede no estar bien calculada: una cosa es marcar conversación y otra, convertirla en poder. La clave para Moreno está, precisamente, en utilizar el envalentonamiento de Vox como contraste: «frente a la estridencia, nuestra gestión; frente al choque, la estabilidad; y frente al pacto condicionado, una mayoría propia».
Los sondeos sitúan al PP con opciones serias de revalidar la mayoría absoluta, aunque manejen la prevención de que «un conjunto de carambolas» puede dejarles sin ella. Y la estrategia del equipo de Moreno se sostiene en un mensaje muy simple: cada voto que no vaya al PP puede abrir la puerta a depender de Vox con el coste en inestabilidad política y económica que ello supone.
Tan es así que Juanma Moreno ha levantado un muro en este campaña contra todo lo que venga de su partido y pueda oler más a Vox en formas o en contenido. Si en otras autonomías Génova ha optado por cruzar perfiles para rascar en todos los graneros, aquí todo lo que choque medianamente con el perfil del candidato se queda fuera. No hay margen para el más mínimo error porque «es lo que puede decidir la mayoría absoluta». La urnas aclararán si han apuntado bien esos cálculos del equipo de Moreno que plantean que la «prioridad nacional» opera en dos direcciones. Moviliza al votante más duro de Vox, pero también puede activar el voto útil moderado hacia ellos, y no solo desde la derecha.
En Andalucía hay un tipo de elector socialista histórico, especialmente en municipios medianos y zonas donde el PSOE fue durante años estructura de poder, que ha dejado de votar por fidelidad sentimental. Ese elector puede no compartir el discurso de Vox, pero tampoco se siente representado por el actual PSOE. Así, ante un clima de polarización nacional, «este votante puede acabar viendo de nuevo a Juanma como la opción menos arriesgada», apuntan en su equipo.
El presidente andaluz ya ha intentado marcar distancia con los excesos verbales de Vox, criticando su «hipérbole» y el «exceso de literatura». Sabe que no puede aparecer como ingenuo ante la preocupación por los recursos públicos, pero tampoco como rehén de una fórmula jurídicamente conflictiva.
Evidentemente, el PSOE tratará de explotar esa contradicción. Sánchez ya ha situado la «prioridad nacional» como una amenaza a la igualdad, hablando de ciudadanos de primera y segunda clase. El expresidente Rodríguez Zapatero también ha calificado la fórmula de inconstitucional y discriminatoria. Pero el riesgo para los socialistas es que ese discurso funcione mejor para movilizar a los que siguen siendo suyos que para recuperar a quienes ya se fueron al PP. «En un electorado que compite por ayudas, la apelación moral puede quedarse corta si no va acompañada de una respuesta material creíble, y nosotros ya hemos demostrado que no la tenemos», sentencian en el PSOE andaluz. Además, esta discusión estratégica coincide con la reapertura del pecado original del sanchismo.
Las publicaciones en The Objetive de los vídeos sobre el tumultuoso Comité Ejecutivo de 2016, que acabó con la dimisión de Sánchez como líder del partido, azuzan la idea de que el presidente no es un líder natural, sino un dirigente que sobrevive a base de conflicto interno y de ruptura de las reglas. El coste para Sánchez es que también refuerzan el marco de liderazgo agotado que ya manejan en la derecha y sus críticos, alimentan la idea de que su poder depende más de la supervivencia que de la cohesión, y, además, abundan en la sensación de que su entorno no es ideológico, sino oportunista. Asimismo, enlazan con las tensiones que se viven en el seno del PSOE andaluz, donde persisten fricciones en provincias claves porque las estructuras locales no se sienten plenamente representadas, hay cuadros intermedios que se ven desplazados y hay diferencias entre el aparato regional y las agrupaciones. No hay guerra abierta, pero sí un desgaste silencioso.
La dependencia de María Jesús Montero del liderazgo de Sánchez es un obstáculo, visto desde la tierra, mientras que en Madrid se conforman con que Montero «aguante», es decir, perder dos o tres escaños lo encajarían en este análisis, para vender luego a Sánchez como el único líder de la resistencia en condiciones adversas, siempre, por supuesto, por factores ajenos a él. Con independencia de estos movimientos dirigidos desde Madrid, la realidad es que el PSOE andaluz no vive una crisis explosiva, pero el problema es más grave precisamente porque no es coyuntural. Es ya una crisis de fondo, estructural, y que tiene su principal razón de ser en sus dificultades para reconstruir un proyecto propio.
En este escenario, en Moncloa siguen confiando en la ayuda que les preste Vox dentro de su estrategia de arrinconar al PP por la vía de la batalla ideológica populista. El objetivo compartido de PSOE y Vox es muy visual: conseguir que el PP quede atrapado en el dilema de que si se acerca a Vox pierde el centro, y, si se aleja, pierde parte de su electorado.
Mientras que el PSOE, en este análisis teórico, no tiene más objetivo que simplificar la campaña para reducirla al mantra de frenar a la derecha. El patrón de ahora es el mismo que utilizaron en 2022: una presencia fuerte de Vox, un discurso duro y una expectativa de gobierno PP-Vox. Pero en estas elecciones el PSOE ni siquiera puede aspirar a competir por crecimiento.
La Razón












