Casa del Rubio: un pueblo orwelliano, un pueblo sin alma (Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia… o no)
LV.- Un pueblo mediocre que vegeta con una calma demasiado impostada, como si alguien hubiese limado todas las aristas de la vida de sus vecinos hasta dejarla en una superficie lisa y sin fricción. Dicen que se trata de uno de los pueblos experimentales por el sanchismo para la implementación del control orwelliano de la población, siguiendo el modelo chino.
Las calles registran un acelerado cambio demográfico, ante el mutismo de los acobardados vecinos. Aquí la trascendentalidad es cosa del período antediluviano. A esta gente estéril, sujeta a innumerables cadenas mentales, solo le asoma el ánimo para hablar de comida y de lugares comunes. Nadie discute nada, nadie cuestiona la autoridad, nadie alza la voz. Todo es materia. Todo es nadería espiritual. Todo es insustancial e insulso, tanto que para recobrar un puntito del alma humana, se tienen que embutir, una vez al año, en vestidos coloridos de manga larga y campana. La desgracia para estos desalmados es que el sur les pilla demasiado lejos. Las conversaciones existen, pero son intercambios previsibles, frases hechas que flotan en el aire sin intención ni consecuencia.
A simple vista, todo marcha bien. No hay discusiones, ni risas envolventes, ni llantos. Solo una neutralidad constante, casi quirúrgica. Los rostros de los habitantes comparten una misma expresión: una leve mueca de conformidad, como si cada emoción hubiera sido reducida a un término medio aceptable. Nadie parece cansado, pero tampoco descansado; nadie parece triste, pero tampoco feliz.
En la plaza central, un agente del pensamiento único, con muy malas formas, reconviene a un automovilista sobre una fruslería vial. Con gesto airado, el agente quiere dejar claro los peligros de la disrupción. Nadie protesta, nadie se rebela, nadie cuestiona la execrable autoridad.
En este lodazal humano, las decisiones ya no se toman; se asumen. Cada habitante sabe qué hacer en cada momento sin necesidad de preguntarse por qué. Las rutinas no son hábitos adquiridos, sino reflejos implantados. La oposición municipal hornea siempre la misma cantidad de fatuidades, las mismas soflamas inocuas, las mismas mentiras, sin atreverse a cuestionar nada. Acaso porque tienen mucho por lo que tragar.
Lo más inquietante no es la ausencia de libertad, sino la ausencia de conciencia de esa ausencia. Nadie echa de menos nada. Las palabras “antes” o “diferente” han perdido significado, como si pertenecieran a un idioma olvidado.
Por la noche, las luces se apagan al unísono. No hay insomnio en el pueblo. No hay sueños tampoco, o al menos nadie habla de ellos. El silencio es absoluto, pero no pesa: es un silencio diseñado, eficiente, libre de cualquier rastro de inquietud.
Y, sin embargo, a veces ocurre algo casi imperceptible. Una mirada que se sostiene un segundo más de lo necesario. Un gesto que no encaja del todo. Un pensamiento fugaz que no encuentra palabras. Dura tan poco que podía confundirse con un error, una interferencia. Pero en un lugar donde todo está perfectamente controlado, incluso el más mínimo error resulta inquietante, fantasmal, siniestro.











