Paquita Cerdán o Paquita la del barrio
Pedro Narváez.- Doña Francisca. Había alguna con ese nombre y ese doña en mi pueblo, pero todas deseaban que la llamaran por su diminutivo, Paquita, incluso Frasquita. Acaba de estrenarse la nueva versión de «Mi querida señorita», nada que ver con el López Vázquez original, esa señora de provincias que tenía todo el derecho al doña, si bien no sabía si tenía testículos. Un día haremos un gran tachán con las señoras de provincias. Ya está bien. Madrid es lo que es por las modernas de pueblo. No hay nada que guste más en la capital que se haya triunfado en el pueblo, ya sea por el dinero o por el talento o porque se ha sido puta a la que la vida trató bien.
La mujer de Santos Cerdán, sin embargo, se ha querido dar lustre al pedir que la llamen Doña Francisca, ¡será cateta! si bien lo que ha conseguido es que lleguemos a la conclusión de que nunca será una doña porque ese título lo consigue quien se lo gana, tenga o no dinero. Mi abuela materna ha puesto nombre a una calle y nunca cotizó en bolsa.
Jamás una señora que deja huella en las vendedoras de El Corte Inglés puede tildarse de doña, a no ser que sea en un culebrón de telenovela. Hago este preámbulo absurdo porque La Paqui tildó de clasista a quienes se dirigían a ella de esa manera sublime en su comparecencia en el Senado. Quería que la llamaran Doña Francisca. Nos ha jodido. La señora arrasaba en El Corte Ingles, pero lo que le molesta es que la llamen Paqui.
La señora de Cerdán es una muestra del cateteo en el que nos movemos. En los años de la modernidad, sin embargo, sumaban puntos los que habían nacido de la nada y aportaban un argumento con el que firmar un panfleto intelectual. A los pijos urbanos les encanta un hombre hecho a sí mismo si le queda la suficiente testosterona que a ellos les falta.
La Paqui, pues, se hubiera convertido en nuestra heroína de haber tomado el camino de baldosas amarillas, pero se puso digna como si hubiera nacido marquesa, no sé, como Tamara Falcó, a la espera del nuevo encuentro con su macho man; empezó a hacer scroll delante de todo el mundo y eso hizo de ella lo que no quería, La Paqui. Nadie que haga scroll compulsivamente en público puede ser doña: es como pedir a Celia Villalobos que sea gran dama de la política tras jugar al «Candy Crush». Concluyo, que me espera el vermú: La Paqui se equivocó en su estrategia. Hoy podría ser una heroína a la que su marido le retiró la tarjeta y no una mujer no ya sin glamur sino sin vergüenza.











