El Rey, la Monarquía y la Constitución
José Benítez.- De un tiempo a esta parte los discursos del Rey ponen en entredicho la exquisita neutralidad ideológica a la que está obligada la monarquía precisamente por deberse a TODOS sus ciudadanos.
Algunos periódicos, que se proclaman monárquicos, los atribuyen a presiones del gobierno de turno y proponen, para evitarlas, una Ley de la Corona, o lo fían a las siguientes elecciones que traerán políticos de mejor familia. Con una de catorce de arreglará. Censuran comentarios disidentes de cualquier correligionario que rebata sus argumentos, aunque sean constructivos.
Concluía Manuel Azaña el 13 de octubre de 1931, ante las Cortes Constituyentes de la Segunda República, que ‘en todo sistema democrático se hace necesario la existencia de un cargo que no esté sometido a las veleidades de la elección’. Ese cargo es nuestra monarquía y la tenemos ahí.
Flaco favor le hacen a la monarquía elevándola a la categoría de institución divina; separándola, cada vez más, del pueblo al que está vinculada y del que emana la soberanía.
No se percatan de que si ese vínculo se rompe la ciudadanía quedará abocada a un dilema para el que ya tendrá su respuesta: ¿Monarquía o República?.
Este vínculo no es otro que la Constitución de 1978 con la que los españoles sellamos un pacto de convivencia, un suelo firme, inamovible y pretendidamente definitivo sobre el que construir nuestra convivencia; que cerrara definitivamente las heridas que arrastrábamos desde el siglo XIX.
A la vista de los hechos, palabras, obras y omisiones acaecidas en la vida política nacional durante estos los últimos años, hoy por hoy no podemos negar que nuestra Constitución yace abandonada por el Rey, pisoteada por nuestros gobernantes libremente elegidos y pervertida hasta el extremo por los jueces que dicen aplicarla.
La Constitución ya no es el suelo fijo e inamovible sobre el que construir nuestra sociedad porque cada uno la interpreta a su conveniencia, ¿no es eso lo que se ha hecho con la Ley del Aborto, el matrimonio homosexual, la violencia de género o la Ley de Amnistía?.
Como un papel arrugado será difícil, si no imposible, devolverle su aspecto original.
La Monarquía, más aún que los apellidos, hay que construirla día a día de manera que, al finalizar su reinado, permanezca no solo incólume sino más ejemplar y engrandecida; esta labor le corresponde al Rey: El Rey ha muerto, ¡Viva el Rey!
Para ello el Rey, como tal, disfruta de una serie de privilegios únicos pero también queda sometido a unos deberes muy por encima a los del resto de españoles.
El Rey reina pero no gobierna, afirman quienes interpretan de forma simplista el papel que la Constitución otorga al monarca para justificarle.
Pero ni reinar ni gobernar significan consentir.
El Rey es el único cargo con autoridad por encima del Presidente del Gobierno. Pero su autoridad no es política, sino regia. Se ejerce a través de palabras firmes, gestos elocuentes y protocolos específicos de manera que si, para hacer valer los preceptos constitucionales, tenga que despachar con el Presidente del Gobierno acompañado de los Jefes de Estado Mayor que así sea. El Rey, como JEFE DEL ESTADO ha de actuar con sentido de Estado y como hombre de Estado.
En su primera decisión de ESTADO hizo lo que interesó a su Real Persona, no lo que a España convenía. Ningún político ni periodista utilizó entonces ni ahora la palabra exacta con que nuestra rica lengua la califica: morganático.
Los discursos los elabora su Casa Real pero Él les da el visto bueno. Las opiniones vertidas son suyas. Los políticos a los que favorecen las aplauden y muchos monárquicos las excusan. Según unos y otros han de respetarse como opiniones personales del monarca. Y aquí está la trampa: consciente o inconscientemente se separa su vida pública de su vida privada, como el resto de ciudadanos.
Esto es desvirtuar la esencia misma de la Monarquía: los reyes no tienen vida privada, son reyes hasta en sus necesidades fisiológicas más íntimas.
Tampoco debió confiar la formación de Gobierno al actual presidente en tanto no hubiese presentado pública y personalmente en Zarzuela a aquellos representantes políticos que decían apoyarle pero que reniegan públicamente tanto de la Corona como de la Constitución y hasta de su propia historia.
Esto no es nuevo. Todos ellos caminan como un paseo militar por tierra conquistada desde que se les permite jurar la Constitución “por imperativo legal”, divagar en lenguas extrañas sobre sus mezquinos intereses regionalistas, en perjuicio del común de españoles, en la mismísima sede de la soberanía nacional o entender los asesinatos como actos políticos dignos de amnistía.
El 30 de enero de 1930, en los convulsos años previos al levantamiento, Alfonso XIII encarga la formación de Gobierno al General Dámaso Berenguer con el objetivo de restaurar la ‘normalidad constitucional’. Esta decisión movió a Ortega a publicar “El error Berenguer” del que entresaco el siguiente párrafo:
La Dictadura (SANCHISMO) ha sido un poder omnímodo y sin límites, que no sólo ha operado sin ley ni responsabilidad, sin norma no ya establecida, pero ni aun conocida, sino que no se ha circunscrito a la órbita de lo público, antes bien ha penetrado en el orden privadísimo brutal y soezmente. Colmo de todo ello es que no se ha contentado con mandar a pleno y frenético arbitrio, «sino que aún le ha sobrado holgura de Poder para insultar líricamente a personas y cosas colectivas e individuales. No hay punto de la vida española en que la Dictadura (SANCHISMO) no haya puesto su innoble mano de sayón.
Y no vale oponer a lo dicho que el advenimiento de la Dictadura (SANCHISMO) fue inevitable y, en consecuencia, irresponsable. No discutamos ahora las causas de la Dictadura (SANCHISMO)….. Supongamos un instante que el advenimiento de la dictadura (SANCHISMO) fue inevitable. Pero esto, ni que decir tiene, no vela lo más mínimo el hecho de que sus actos después de advenir fueron una creciente y monumental injuria, un crimen de lesa patria, de lesa historia, de lesa dignidad pública y privada….. La normalidad que constituía la unión civil de los españoles se ha roto. La continuidad de la historia legal se ha quebrado. No existe el Estado español. ¡Españoles: reconstruid vuestro Estado!
No quiero reproducir el final premonitorio del artículo.
Del mismo modo abrió las puertas de palacio a sus enemigos cuando dejó la Comunicación de su Casa en manos de quien no debía.
Discursos institucionales claramente escorados a babor, hacia determinadas ideologías, elaborados por su propia Casa; la desoladora imagen del Rey acompañado, en pública sintonía, de políticos interesados frente a la soledad de las víctimas de un ferrocarril siniestrado, impúdicamente mostrada en la propia web de la Casa Real.
Sublevados por estos hechos, los anteriores Jefes de su Casa y de su Guardia se lo han recriminado públicamente para no tardar en ser tachados de irrespetuosos y desleales por esos medios pretendidamente monárquicos.
A estas alturas los españoles se sienten, nos sentimos, desamparados, abandonados, carentes de liderazgo y sin norte.
Cuando a Balduino de Bélgica le pusieron a firmar la Ley del Aborto exigió articular un mecanismo legal que permitiese implantar la voluntad de su pueblo sin comprometer su dignidad como REY.
Juan Carlos I tuvo que cerrar un período de la historia de España siendo Rey de TODOS los españoles. Sofìa Reina, que hubo de abandonar su palacio y su querida Grecia a punta de bayoneta, también fue consciente de cual era su misión como Reina cumpliéndola con encomio.
Quizás porque la Corona le ha llegado regalada, con sus silencios, sus prudencias, sus a veces timideces, sus sosiegos y sus quizás exagerados respetos hacia su imagen, la Casa Real solo demuestra su falta de rumbo.
No podemos caer en la adulación y alentar las debilidades de nuestro Rey, que serán aprovechadas por sus enemigos y reprochémosle sus errores para que, aprendiendo de ellos, ejerza como lo que es.
Nuestro Rey tiene al enemigo en casa. Me sumo a quienes fueron los jefes de su Casa y de su Guardia que, por el GRAN RESPETO Y LEALTAD que le tienen, así se lo señalan.
Ya a título anecdótico, mi cuñado (q.e.p.d.) era ferviente republicano que cada 14 de Abril lucía con orgullo su pin en la chaqueta. A partir de la última legislatura felipista emprendió un tránsito hacia la monarquía.
Yo, que soy ferviente monárquico, habré de transitar hacia la acracia.











