A Cristo lo mató la Democracia

«Ecce Homo», pintura de Antonio Ciseri datada en 1871 y que representa a Poncio Pilato dirigiéndose hacia el pueblo
Víctor Lenore.- Empezamos citando la sagrada escritura: «Yo no encuentro en él ningún motivo para condenarlo» (Juan 18, 38), dijo Poncio Pilatos sobre Jesús. Era una situación incómoda para el prefecto romano de Judea, dependiente del gobernador imperial de Siria y del César. «Tómenlo y júzguenlo ustedes mismos, según la ley que tienen» (Juan 18, 30). Sus palabras agitaron a Caifás, sumo sacerdote y máxima autoridad del Sanedrín. Estaba deseoso de lograr la eliminación de Cristo, pero los judíos no podían condenar a muerte. Pilatos mandó azotar a Jesús, volvió a presentarlo a la multitud cubierto de sangre y estos le pidieron la crucifixión. La solución de Pilatos fue confiar en la democracia directa. «Vosotros acostumbráis a que suelte un preso por la Pascua; “¿queréis que os suelte al rey de los judíos?” Entonces gritaron: “¡A ese no! ¡A Barrabás!”. Barrabás era un bandido» (Juan 18, 39-40). El político se lavó las manos, gesto simbólico que todavía se evoca en nuestras conversaciones.
Más allá de los detalles judiciales, todos sabemos que el cristianismo tiene amplios espacios de incompatibilidad con la democracia. Por ejemplo, no puede aceptar el aborto y la eutanasia, por mucho que se aprueben por mayoría, ya que la vida es sagrada y solamente puede darla y quitarla el Creador. Para cualquier católico, la verdad está siempre por encima del consenso. «¿Qué es la verdad», pregunta Pilatos al redentor, ya que solo le mueve el poder.
La pasividad de Jesús durante todas las fases del juicio indica que él tampoco confiaba mucho en el Estado. Su actitud fue de silencio y mansedumbre. La vida cotidiana con los apóstoles no tenía votaciones ni deliberaciones: cinco días antes había entrado de manera triunfal en Jerusalén a lomos de un borrico, sin más legitimidad que el pueblo aclamándolo como su rey. Poco después se atrevió, látigo en mano, a expulsar a los mercaderes del templo. Nunca pidió a los suyos que votasen nada, ya que eran sus discípulos y no sus camaradas. Su trabajo era acercarles a verdades eternas innegociables.
Jesucristo no fue el primero en desconfiar de la democracia. Antes hubo otros, por ejemplo Platón, que defendía la aristocracia como un método superior de gobierno. El filósofo griego sospechaba de una plebe a la que había visto decidir demasiadas veces basándose en el aspecto físico de los candidatos. «Los expertos que Platón quería al timón del buque del Estado eran filósofos especialmente entrenados, escogidos por su incorruptibilidad y por tener un conocimiento de la realidad más profundo que el común de la gente», explica el filósofo Nigel Warburton en la serie «Historia de las ideas», producida por la BBC. De hecho, antes que la democracia prefería la oligarquía, ya que para él dejar los asuntos serios en manos del pueblo era solamente «una forma alegre de anarquía». Los actuales niveles de desconfianza en la democracia indican que el enfoque de Platón no era tan elitista como puede sonar a algunos.
Líderes y pensadores
Cada vez está más de moda en ciertos círculos académicos Donoso Cortés, pensador y diputado católico español del siglo XIX, conocido por sus afiladas críticas al régimen parlamentario liberal. Renegaba de la democracia porque suele terminar desembocando en una especie de «dictadura de la discusión», que impide actuar con rapidez en situaciones de emergencia nacional. Pensaba que los plúmbeos debates parlamentarios paralizaban al país.
Cortés era un firme creyente del principio de derecho romano que reza «Salus populi suprema lex est», algo que defendió en público, por ejemplo, en su vehemente discurso parlamentario para el proyecto de ley sobre los estados de excepción. «El pueblo no se queja, no puede quejarse, de una dictadura que lo salva». Su visión encaja como un guante con carismáticos líderes actuales como Nayib Bukele, presidente de El Salvador, o con los jóvenes que hoy miran con ojos nuevos el legado del franquismo, otro movimiento católico. En la misma línea, en círculos trumpistas lleva un lustro de moda una corriente de pensadores conocida como la Ilustración Oscura o Neorreacción (conocida con las siglas NRx). Defienden una especie de oligarquía corporativa, con un director de operaciones (CEO) con plenos poderes para dirigir Estados Unidos (un Elon Musk o un Peter Thiel). Denuncian también que nuestro actual sistema tampoco es democrático, sino que está dominado por La Catedral, una estructura de poder académico y mediático que dirige el debate público, aplicando criterios de consenso progresista.
La Ilustración Oscura, que no tiene nada de católica, está impulsada por dos figuras de influencia creciente: el bloguero Curtis Yarvin (Mencius Moldbug) y el filósofo Nick Land, que destaca por su aceleracionismo nihilista, la búsqueda de avances a través del caos. Una de las referencias de este campo de pensamiento es Julius Evola, filósofo criptofascista italiano que defiende que «los dos últimos siglos de democracia occidental» son un experimento fallido.
Otro referente filosófico esencial de la antidemocracia es el ruso Alexandr Dugin, conocido como el Rasputín de Vladimir Putin. Dugin formuló la Cuarta Teoría Política, superación de liberalismo, socialismo y fascismo. Alérgico a cualquier buenismo intelectual, se hace fotos de promoción sujetando lanzamisiles y no ve problemas éticos en utilizar armas nucleares en la guerra. Su pensamiento se puede definir como populista, patriótico, tradicionalista y –por supuesto– antidemocrático.
Dugin opina que «el liberalismo libera a las personas de cualquier tipo de identidad colectiva. Eso ha dado lugar a las personas transgénero, a la comunidad LGBTIQ+ y a nuevas formas de individualismo sexual. No una desviación, sino un elemento necesario para la implementación y la victoria de esta ideología liberal», denuncia. El capitalismo tardío nos disuelve en una espiral de narcisismo consumista, donde no vemos más allá de nuestros deseos, separándonos de nuestras tradiciones de siglos o milenios. La democracia no funciona para frenar ese declive, sino que lo acelera.
El año pasado se publicaron decenas de reportajes y estadísticas señalando que los jóvenes occidentales cada vez están más interesados en la religión y en los gobiernos autoritarios. Dentro de la cultura popular, podemos destacar una fuerte tendencia de TikTok conocida como «My little dark age», vídeos cortos en los que se combinan imágenes gloriosas del pasado nacional con otras de un presente en decadencia. Una de las estrellas de esta estética es Balduino IV, el rey leproso que venció a Saladino en las cruzadas. Su popularidad de disparó gracias a la película «El reino de los cielos» (2005), de Ridley Scott. Cada vez más caminos llevan a la tradición y a la sospecha de que la democracia no es un sistema tan perfecto como nos han vendido.
La Razón











