El país en manos de psicópatas: permiten que una menor aborte sin consentimiento paterno mientras se le prohíbe el acceso a redes sociales
Hay decisiones políticas que revelan errores. Y hay otras que revelan desprecio. Permitir que una menor aborte sin consentimiento paterno mientras se le prohíbe el acceso a redes sociales no es una contradicción ingenua: es una burla intelectual y moral.
El Estado le dice a una chica de 16 años: eres lo suficientemente madura para decidir sobre tu cuerpo, tu maternidad y una intervención médica irreversible, pero acto seguido le susurra: no eres lo bastante inteligente para usar Instagram. Si esto no suena a delirio normativo, es porque nos hemos acostumbrado a tragarnos cualquier incoherencia envuelta en la palabra “protección”.
Abortar es una decisión extrema. No es un trámite administrativo ni una elección banal. Implica riesgos físicos, impacto psicológico y consecuencias vitales profundas. Y aun así, el sistema asegura que una menor puede afrontarlo sola, sin padres, sin tutela, sin acompañamiento obligatorio. Pero cuando esa misma menor quiere hablar, informarse, expresarse o formar parte del espacio público digital, el Estado entra en pánico y levanta el muro: prohibido, censurado, vetado.
¿De verdad alguien cree que TikTok es más peligroso que un quirófano?
La respuesta oficial es la de siempre: “proteger a los menores”. Mentira. Esto no es protección, es ingeniería ideológica. Se confía en el menor cuando su decisión encaja con un dogma político; se le infantiliza cuando puede pensar, opinar o exponerse a ideas que no controlan. Autonomía para el cuerpo. Mordaza para la voz.
El mensaje implícito es nauseabundo: callada eres madura, hablando eres un problema.
Si una menor no tiene criterio para navegar en redes sociales, entonces tampoco lo tiene para decidir sobre su fertilidad. Y si lo tiene para decidir sobre su fertilidad, entonces lo tiene —o puede adquirirlo— para moverse en el mundo digital con educación, límites y responsabilidad. No existe una tercera vía honesta. Lo demás es hipocresía revestida de paternalismo.
Lo que realmente molesta de las redes no es el riesgo psicológico. Es el riesgo político: jóvenes informadas, críticas, visibles, opinando sin permiso. Eso sí da miedo. Mucho más que una adolescente sola frente a una decisión devastadora, siempre que lo haga en silencio.
Esta legislación no protege a las menores. Las administra. Decide cuándo son adultas y cuándo niñas según convenga. Las declara autónomas para cargar con las consecuencias, pero incapaces para participar en la sociedad. Es el sueño húmedo de cualquier poder: individuos responsables de sus actos, pero sin voz pública.
Una sociedad que acepta esto sin rebelarse ha renunciado a la coherencia y a la honestidad. Porque no hay nada progresista en tratar a las jóvenes como adultas útiles y niñas obedientes al mismo tiempo. Eso no es cuidado. Es control.









