Mimí L’ amour (relatos de amoríos y quereres) III (La chuflandeira)
Pelayo del Riego Artigas.- El doctor Macrino Hornachuelos Mediavilla fieramente indignado tiró la placa contra la pared y luego, sentado a la mesa de su consulta, acodado, metió la cabeza entre las manos y lloraba pataleando con desesperación, a descargas. Después, vuelto de lado, vomitó una y otra vez con cierta desenvoltura. La única luz en toda la planta del consultorio era la suya. El silencio era aterrador. Fuera, sonaba el viento de manera violenta, haciendo entrechocar con los cristales las ramas de un serbal muy próximo.
Su mirada se había extraviado, bizqueaba y trataba de enfocar un retrato al óleo de Marcelino Camacho Abad de tamaño natural, frente a él. Desnudo el torso, el desprendido sindicalista con ajorcas de pedrería fucsia y antimonio y con una montera negra metida hasta las cejas, se veía muy sexy y atractivo con la rizada melena suelta. El retrato, de buena factura, tipo Warhol, colgaba sobre el fichero de enfrente y le parecía sonreír con descaro.
-No es posible, decía sollozando. Son dos titis y un BMW todo cuanto tiene en la cabeza este idiota y se limpiaba la nariz, la boca y los ojos con la faldilla de su bata impoluta dejándola perdida. En efecto, la placa permitía ver el contenido del cráneo del infeliz, las muelas, los implantes y parte de las cervicales –por cierto, que calcificadas y con visibles deterioros, resquebrajaduras y manchas raras- y aparecían con prístina claridad los contornos inconfundibles de dos titis macizas de abundante espetera, y el radiador y buena parte del capot de un BMW de alta cilindrada. Todo ello flotando en una salsa espesa de resentimiento e inepcia de diferentes tonalidades, así… Como aguas.
Esa era la verdad tan desnuda como las titis que se guipaban y las partes antracita del sindicalista de la Rasa, que se mostraban a la vista con desenfado y cierta donosura.
-Te lo había advertido cuando la campaña, Macrino, que te equivocabas, que este hombre está huero del todo, que no vale para nada, que está perdido. Que es un tonto l’haba, que te lo digo yo que sé de lo que me hablo.
Quién así decía con tan meridiana certeza, aparecida en el quicio de la puerta a contraluz y de un repén -y que había acudido preocupada por su tardanza en comparecer a la cena- era su vieja aya Mauricia, de Cojóbar la mujer, la que le recibiera con mantilla cuando sobrevino aquel parto distócico que se llevaba a su madre en la noche negra de Modúbar de la Emparedada y que le había alimentado con sopas, requesón de burra y vino de pitarra, hurtándoselo a la muerte a la que estaba abocado por su escualidez de natural y la falta del calor materno.
Luego, volviéndose hacia el cuadro comentaba bajito, mientras pasaba el mocho sobre los devueltos dispersos:
-¡Qué cuerpo tenía este hombre! Ay, Señor, Señor, qué gracejo y qué carnes tan prietas. ¡Qué dureza! ¡Qué hechuras! ¡Ay, ay, ay, ay! Y este soriano, ahora, va a tener una calle en Madrid y vete a saber si en Bezana, Albericia, Bárcena de Pie de Concha o en Liérganes, que nunca se sabe. En Carabanchel, seguro.
Tomando a Macrino por un brazo le hizo levantarse venciendo su resistencia, le caló un chambergo hasta los ojos, a la vez que le hacía desprenderse de la bata moqueada y vestir una casaca azul vergara y la ropilla de paseo. Luego, le abrazó y le hizo salir de allí, apagando la luz tras de sí y cerrando ruidosamente la puerta. Sus pasos resonaban por el largo y obscuro pasillo; bajaron un tramo de escalera y salieron a la calle. Llovía.
Macrino, hombre de buena fe donde los hubiere, había confiado en su candidato Etelmiro Landaluce Larrasquitu, porque le placía su actitud morigerada tendente a quietista y le había postulado para el decanato ante la junta de Saltillo y ahora se daba cuenta de que no era un máquina, no, sino un vulgar microcéfalo adicto a los placeres de la carne prieta, de los caireles, del oropel y de la vana ostentación.
Ahí estaban las pruebas. La placa no engañaba y sabía leerla. Desde muy joven había sido hábil con las erinas y el escalpelo, con tardes esplendorosas y ahora se sentía engañado y poco menos que insolvente y con mal sabor de boca, como a sulfitos.
Su buena reputación se vería mancillada y el escarnio amenazaba su horizonte vital de forma lacerante. ¿Dónde está el límite de las cosas? Mientras caminaba con dificultad por las obscuras calles de la población, cogido al brazo de la vieja Mauricia, rezongaba, lanzaba salivazos a uno y otro lado buscando el ojo de un gato y sentía un tirón en el costado que le traía mártir.
Al doblar una esquina se dieron de pechos a boca con unos contratistas que salían alborozados de una marisquería. Iba con ellos una señora metida en carnes, atildadita y enjoyada, que sollozaba llevándose las manos a la cara. Olían a vinazo.
-Ay de mí, ay de mí, qué guarros son estos hombres. ¡Me van a pervertir! ¡Qué cosas dicen de mis tallas!
Se perdieron por un callejón nebuloso y estrecho, que serpeaba hacia las atarazanas de poniente, donde asesinaran a su hermano Adolfito hacía tres meses por una nadería. Se les escuchaba hablar y al pronto se oyó un azote, un grito de mujer y una bofetada singular. Un ciego provisto de sombrero, con un botecito colgado del cuello, arrancaba en la esquina inmediata unos pichicatos estertóreos y largos, de un violín mugriento.
Mauricia apresuró el paso y pronto estuvieron en casa. Vivían en un viejo chalet victoriano de la Avenida de los Naranjos, a escasos metros del puente de san Florito. Un jardín espeso de acrecida arboleda y matojos y una verja alta y gruesa lo rodeaban. De la cancela a las escaleras de la puerta había un caminito de losas desajustadas que les hacían mojarse las pantorrillas de barro negruzco.
-Desnúdateme, Macrino, cámbiateme. Voy a calentar la cena. Hoy son coles de Bruselas y huevos a la parmentier con hormigos murcianos para el olvido de tu mal. Dieta mediterránea, cojosaludable, neurotónica y cardiorespiratoria, como te gusta.
Macrino, abandonado ante el espejo de su dormitorio, se despojó de las ropas y aditamentos, hasta quedar totalmente desnudo cual viniera al mundo en Modúbar de la Emparedada. Luego bajó presto y se sentó a la mesa del amplio comedor con un batín de terciopelo verde musgo que le sobraba por todas partes. Nadaba en él.
Continuaba con el chambergo porque de siempre le daba seguridad y cierto confort. No tardó Mauricia en sacar un par de fuentes humeantes, de las que le sirvió en un gran plato de la Cartuja. Una botella de garnacha chambré presidía el condumio bajo la gran araña central que lo iluminaba todo y se escanció un buen vaso. Bebió un trago largo y luego, tras santiguarse y echar un aire, comenzó a cenar.
Mauricia brujuleaba por la cocina y se oían ruidos de vajilla y de cacharros al fondo del luengo pasillo. Macrino al oírlos, sin dejar de engullir, hacía gestos de desagrado y movía la cabeza según masticaba.
-Esta mujer, esta mujer… decía. Mañana tendré flatulencia y dolores de parto en el mediastino y en el colon transverso, pensó en voz alta, mira que se lo tengo dicho. ¿Qué les encontrará a las coles de Bruselas? Es que son todos los días…
Pero no por ello dejó de cenar como un soldado y a los postres bien de pastelería industrial que se metió, y un par de torreznos para matar el poro a manera de imprimación, se atizó una copita de ojén cuya frasca reposaba en un ventrudo aparador provenzal muy a mano, junto a otras botellas de absenta, de resolí y de pirriaque encabezado. Era todo muy vanguardista y colonial. Se miraba al espejo y se veía con cara de pichirriqui y bolsas bajo los ojos. No lo podía evitar.
Con cierta dificultad se levantó de la mesa y agarrándose al gotelé de las paredes, al enlucido crudo y al pasamanos de la escalera, dando bandazos muy acusados porque sentía mareos, se fue a la cama tras lavarse los dientes y hacer unas abluciones muy violentas, aprendidas cuando allá en la Cuba de Machado y del Batista, su padre viudo de toda la vida, le hacía dormir en el ingenio azucarero con los negros y mulatos que lo atendían.
Fue en aquel entonces cuando aprendió malicias y marranerías criollas y cuando se soltó con las habaneras, el candombé, el danzón y el promiscuo achuche de cuarteronas a parejas en el pajar. Luego se dormía con uno de sus pulgares en la boca a manera de chupete o con el obscuro pezón de una mulata que le atragantaba y le hacía garrear entre gañidos de ansiedad.
Arrodillado ante su cama y despojado al fin del chambergo, vocalizó unas moniciones de manual que le había programado Mauricia, se metió entre las sábanas –que desprendían un inconfundible aroma a sublimado corrosivo y a betún de Judea- apagó la lamparita de la mesilla, soltó unas imprecaciones apocalípticas al acordarse del Landaluce y le vino un sueño pesado, un torpor hipotónico que le dejó cuajado, boca arriba y tieso como un bacalao.
A las tres de la mañana se despertó sobresaltado. Llamaban al timbre de la cancela y se escuchaban voces de Mauricia por una ventana amenazando con llamar a la pasma. Macrino encendió la luz de su mesilla, se echó la bata verde sobre los hombros y bajó apresuradamente al vestíbulo, ya iluminado por Mauricia, que estaba en bata junto a la puerta y una palmatoria en una mano, preguntando quién llamaba. Llevaba en la otra el rodillo de amasar y una bujarda de tamañas dimensiones asomaba por un bolsillo de la bata que llegaba a sus pies.
-Somos de la cofradía de Villartoso, hermana y venimos a traer un paquete al forense don Macrino Hornachuelos. Nos conoce de cuando hacía los escrutinios de la pasión. Nos venía de camino partiendo de Foncilla del Caudillo que arde en fiestas y seguimos viaje a la Sierra. Ya saben. Perdonen la hora. Lo remite don Nicolás Bardají y Rocamora.
-Dales paso franco, Mauricia. Se quiénes son estos mangantes. Son buena gente, si bien inoportunos, insolentes y un tanto mentecatos. Malditos sean de Dios por la hora. Esto lo decía vocalizando y a grandes voces para que le oyesen.
Mauricia descorrió los cerrojos sin soltar el rodillo y al poco entraron dos paisanos con cara de parásitos patibularios, cabellos desordenados y patillas en hacha, que parecían en la condicional y que portaban un paquete voluminoso entrambos y lo depositaron sobre una mesa que había en medio de la estancia. Venían en mangas de camisa y se tocaban hábilmente con boina blanquecina, ajustadica y calada hasta las cejas.
Hacían reverencias para hacerse perdonar y solicitaron la firma del destinatario, exhibiendo un recibo arrugado y mostoso. Macrino firmó largamente, recreándose en la suerte del rubricado como era habitual en él. Luego se largaron sin más. Uno de ellos, el bajito, a la que se volvía se llevó una patada de Macrino en el trasero que le hizo trastrabillar y blasfemar dulcemente.
-Andad a cascarla, cabrones, les increpó colérico.
Cuando se quedaron solos, se miraron a los ojos y sin más, se pusieron a desembalar el objeto aquel. El olorcico que desprendía aquello era como a unto rancio mezclado con etanol boricado y un puntito de formaldeido de garrafa. No tardaron en aparecer una mano huesuda y enteca, una compresa usada allá por la baja edad media y unas prendas sucias, resecas y polvorientas. Era una momia plegada en dos.
-Es la momia de la Chuflandeira de Cimadevilla, también conocida como la ragazza do Morente, exclamó Macrino al apartar los últimos papeles de estraza y cordajos que la envolvían y tirarlos al suelo. La reconocía. El estarcido del envase rezaba Ahumados y salazones del norte de España. Sucesores de Francisco Ballenilla e hijos. La Penilla. Santander.
Sobre la amplia mesa del vestíbulo quedaba una cosa huesuda, pellejosa y obscura, con las piernas recogidas a lo feto, los brazos cruzados sobre el pecho y una calavera unida al tórax sólidamente, con expresión de súbito asombro –los maxilares abiertos a no poder más- y envejecida por los siglos de los siglos. Unos dientes amarillos y roídos asomaban bajo el agujero de la nariz y el occipital y los temporales cubiertos de pellenca acartonada, mantenían unas guedejas largas, blancuzcas y enmarañadas.
Lucía unos ojos de cristal azul, malmetidos en las fosas orbitarias y adheridos con superglue a las cuencas, confiriéndole una expresión burlesca, como de asombro sorpresivo. Las vestiduras, muy deterioradas y entre las que se veía como cecina de potro, se notaban de un terciopelo ajado en extremo, rojizo y muy polvoriento.
-Es la Chuflandeira, sin duda. Ay, este Nicolás, que gracioso es el canalla. Me la mete en casa como si nada. Yo creía que era un jamón de bodega y mira tú lo que me manda en plena madrugada. La apoyó en la pared y se iba a la cama.
-No majo, no. No me la dejes ahí como si nada. A mí estas cosas me impresionan y no dormiría esperando que entrase en mi dormitorio. Llévatela al garaje. Me da cosa.
Y el bueno de Macrino tomó las llaves del cajetín y salió arrastrando la momia desplegada y cogida de un brazo a depositarla en el garaje que ocupaba una esquina de la finca. Allí se quedó la Chuflandeira sobre un banco de carpintero entre algunas herramientas. A la mañana siguiente vería lo que hacía con el encarguito. Ahora se le caían los párpados al suelo y no tardó en hundirse en la cama y resoplar.
Mauricia tuvo pesadillas muy angustiosas, que consistían en que asomaba la Chuflandeira por la puerta de su dormitorio, tal cual venía, le hacía pedorretas con las manos en bocina -cucándole uno de los ojitos azules- y músicas infernales muy anticuadas. Se quejaba del frio del garaje y le decía cosas de otros tiempos, con segundas intenciones y con una voz muy rara, como aguda y engolada, que resultaba desagradable.
Cuando amaneció y tras un desayuno con huevos fritos y panceta, régimen cardiosaturante y biodegradurcio, a base de pan de hogaza y un tazón de café y leche con migotes hasta el borde y algo de ginebra, repasaron lo de la noche. Mauricia sentada en una silla tocinera pelaba guisantes.
-La Chuflandeira, querida Mauricia, no es otra que la momia de doña Flor Marina de Cimadevilla y de Rodicio, amante que fue de tantos caballeros, como de mitrados, palafreneros, trajineros, alicatadores, arrieros, romeros, seguratas, jornaleros, ministros de día, caminantes, quincalleros, concejales, ferrallistas, aparejadores, afiladores, paseantes, trujimanes, correturnos, tertulianos, turibuleiros, ayudantes de montes, alguaciles, soladores, mancebos de botica, fontaneros, pelafustanes, picapedreiros, mozos de estoque, barnizadores, fiscales, estucadores, mojabanas y manijeros de cuadra, durante el reinado de Alfonso II el Casto, allá por el VIII, el siglo de los Sarracenos. Esposa que fue de don Fruela Siliceo y Manso de Mantilla, natural de Quijorna del Duque.
Mauricia escuchaba con la boca de par en par y lo ojos redondos. Sus largos cabellos blancos le caían hasta los hombros, desordenados. Se daba un aire a la madrastra de Blanca Nieves, en día feriado.
-Se cuentan querida, proseguía Macrino en plan docto, muy despeinado el hombre, aunque atusándose de vez en vez, proezas de ella a cientos, recogidas en becerros de behetrías, cartas pueblas, testamentos, cantorales y documentos rodados, astures, leoneses y castellanos del siglo y sucesivos, en los que se aseguran unas performances, prestaciones y furores inauditos y sorprendentes, que no han sido superados por ninguna hembra de placer, ramera, cortesana, meretriz de combate, profesional del puterío, hurgamandeira, ni barragana de plaza.
Parece ser, según se cuenta, que cuando algún pretendiente de coyunda, desde lejos –según la ofrecía ternasco del día- y antes de ir al grano o entrar en razones y ajustes, le preguntaba respetuosamente:
-¿Quiés que te joda o algo, bonita?
-Ella, haciendo un gesto -muy explícito, por cierto- con una mano cerrada a modo de higa, invariablemente le preguntaba:
-¿Cómo te chufla la chuflandeira, marranazo? Ven, que te vea con las gafas de ver. ¿Eres de letras o de izquierdas? Le inquiría con un gesto displicente y poco tranquilizador, pasándole una pluma por la nariz.
-No se andaba con chiquitas, verdáhijo.
-De lo que le vino al poco y de seguido el apodo o mote con el que se la conocía en el siglo y que pervivía tras su muerte como una adherencia heredada. Venía bien tuneada al efecto por lo que cuentan las crónicas y el boca a boca y eran tales sus prendas, se decía, sus encantos, turgencias, volúmenes y capacidades, como para dar y tomar, que las dueñas de entonces no tenían referencias, ni parangones en crónicas abaciales ni de juglaría, de tanto arrojo y magnitud, para explicar aquello.
-Era un tiro de mujer, cucanera como ella sola donde las hubiera, cuan de contino se ve, proseguía Macrino -pelando una mandarina y mirando al suelo- al decir de la plebe y de las autoridades administrativas del movimiento. Una devoradora de hombres donde les pillara y la pluguiese aliñárseles. No ocultaba nada y era de las de gritar y retrasmitir, dando órdenes muy precisas en sus requerimientos, ya hubiese invitados, extranjeros de otras cortes, o gentes de orden y respeto en el palacio, bien desde su lecho -tan frecuentado a ciertas horas- como desde las caballerizas, cuando cumplida la faena doméstica bajaba a ellas medio desnuda y obsequiosa, a buscar el mandado de los mozos, a quienes exigía atención y entrega a latigazos y golpes de fusta que generaban verdugones de avío.
-Sus berridos, sus torpes sabrosuras desordenadas, sus desgarrados gritos de urgencia y apremio se podían escuchar en todo el entorno. Esto sucedía con un rey en ejercicio llamado el Casto, que no daba tregua al moro invasor y sí a su señora que le esperaba inútilmente y haciendo calceta para consumar la coyunda del connubio, ya ad calendas grecas.
Tal se maliciaba la pobre doña Berta mirando por una aspillera cómo su hombre comenzaba a reconquistar territorio a los sarracenos de las sarracinas, sin acordarse de sus turgencias y esplendideces tan llamativas y perfumadas con agua de olor, y suponía un contraste que revelaba perfiles de muy acusados claroscuros.
– ¿Y el marido?
-El marido era un consentidor a su solaz y albedrío, era un cornudo vocacional –le venía de familia parece ser, era Manso de Mantilla- y sentía una funesta atracción por ella y su conducta licenciosa, que eran sabidos en la comarca. Fascinado por su atractivo y actitud, se cruzaba con los visitantes nocturnos en los corredores y esperaba turno cachazudamente para tenerla si era menester, porque la pluguiese, y hallaba gran placer y contento en sentirla crujir de retorcimiento. Tal era el morbo que le procuraba la gran zorra, tanto con su actitud, digo, como por sus desmanes y desvaríos.
-Jo, Macrino, qué fuerte. Era excesiva. ¿Era bella?
-Mucho, dicen los códices miniados. Era muy bella, muy sugestiva y muy seria en su proceder, y sabía cómo amejorarse con afeites, peinados, perfumes y desvestiduras muy estudiadas y avanzadas para su tiempo que, junto a sus bellos ojos, su boca afamada, sus rubios cabellos, sus suavidades ebúrneas, la perfección de sus rasgos, nalgamen a juego y curvaturas mórbidas, hacían caer en sus redes a eclesiásticos de número, cardenales y abades mitrados, que buscaban al demonio aquel para saber lo que era bueno, lo que estaba en boga y lo que se llevaba entonces al respective.
-Ella trataba a trallazos a unos y a otros, proseguía con entusiasmo, sin distinción ni acepción alguna de persona o jerarquía, salvo a su marido, al que distinguía con zalamerías, roncerías y arrumacos especiales, que le regalaba desde los brazos de otros hombres, mientras disfrutaban sus favores y ella se refocilaba con sacudimientos, haciendo gala de escorzos más que voluptuosos, para excitarle y prepararle para siguientes castings, tomas y rodajes. Es lo que se cuenta.
– ¿Y no la preñaban?
-Sabía perfectamente cuando estaba el asunto en cuestión y era muy eugenésica, así que elegía muy mucho a sus sementales en esas fechas y rechazaba de plano a cuyos eran considerados poco dotados para procrear. Se quedaba en el serrallo los que sabía de buena raza y que le darían la descendencia que buscaba.
Tuvo más de diez criaturas de diferentes hombres. Todas bellas, perfectas, sanas y de suave pelaje que daba a criar a cinzayas cántabras o tremiñanas burgalesas. En esas fechas no soltaba un escardillo de la mano, con el que se hacía respetar. Más de uno perdió el instrumental o quedósele muy disminuido, averiado y disfuncional, de la represión a cuenta de insistir más allá de lo razonable.
Cuando sentía la prendedura, no se recataba de exclamar,
– ¡Uuuy! ¡¡Uuuy! ¡Me has preñado, gañán! Ven que te doy, gritaba amorosa. Y no fallaba.
– ¿Y de qué murió?
-Fluxión del colon sigmoide parece ser, pendix o apoplejía del mediastino, por compresión. No hay que descartar un tumor hipotálamico con implicaciones endometriales de amenorrea, o menarquía constitucional de tanto movimiento pendular inconfesado, ni tan siquiera una sífilis cerebral, porque no era normal el lubricio que se traía la jabata.
– ¡Cuanta impudicia!
-Es una ocasión para hacer una hilazón contextual post mortem. Voy a investigar y para eso me la llevaré a la consulta. Allí tengo instrumental para ello. Podré aventurar alguna teoría que aportar al doctorado in rádice. Ya la conocí en tiempos de la gloriosa, cuando éramos probos estudiantes y entonces la traíamos y la llevábamos de un sitio a otro. La tuna la sacaba de ronda en una silla de ruedas con una pañoleta de flores y una mantita escocesa sobre las piernas tiesas. Toda la facultad sabía de sus aventuras y ha estado en todas partes, como debe ser en una chica mala. Everywhere.
-Algún idiota se acostó con ella y lo contaba, porque se decía que conseguías lo inefable si sabías despertar su furor halagándola el oído medio con las palabritas adecuadas, y era lo máximo en mujeres cuando se soltaba el pelo y qué si la andabas ahí con acierto se ponía en marcha. Fíjate qué cosas tan célebres. Se decía también, que era hermana nefaria de la momia de Maderuelo. Aquella había sido una santa y murió virgen. Doña Flor Marina parece que era muy dejada en cosas de economía.
-¡Serán habladurías! La gente es muy mala y ya se sabe…
-Seguro. Se dice cada estupidez con la voz engolada que no te haces idea. En cuanto engolas la voz, estiras el gañote y aseveras debidamente con cara de doctrino, no hay que probar nada de nada. Se lo tragan como pavos y si lo dices en latín alternativo, más aún. Es como citar jurisprudencia al dorso.
-¿Cómo es el latín alternativo?
-No existe. O sabes latín o ya me contarás.
-Pues qué bien, hijo. Me dejas tocada.
-Lo digo por decir. Porque no hay razón para otra cosa y ya va siendo hora de que me vaya a la consulta. Me estarán esperando mis pacientes y pacientas, impacientes e impacientas.
-No te compliques tanto. No te escuchan.
Macrino se pasó por el garaje, metió la momia en una maleta de ruedas y se largó al consultorio. Por el camino se cruzó con un par de pordioseros energéticos. Indigentes que clamaban por gasolina sin plomo antidetonante.
A los quince días Macrino había desmontado a doña Flor. La había diseccionado siguiendo el manual de san Quirce, (tejidos duros, con duros, y menos duros, con menos duros, porque lo que se dice blando, no había ni para un remedio) y por la sala de despiece tenía todo cuanto de ella había aguantado hasta hoy en bandejitas de cartón, tipo huevera, con numeraciones y etiquetas.
Estimaba en unos 1.200 años los que habían pasado por ella –que es mucho y no hay mujer que los resista- aplicando los principios de cálculo descritos en el códice de san Frutos, que si bien desechados por Neponciano en el siglo XII por machistas y centrarse demasiado en el negro de las uñas –formado por rascaduras estratificadas- en cuestiones de género y en el entreverado de la grasa para datar las piezas, que no por ello habían dejado menos huella sobre sus encantos y aquellas verduras de las eras. A Macrino le parecían aprovechables para casos extremos como el que le ocupaba y había llegado a una serie de conclusiones un tanto sorprendentes tipo Laplace, amén de que había descubierto una nefritis crónica como posible origen de sus desmanes.
También había estudiado cuidadosamente la compresa extraplana hallada felizmente, así como la pequeña bezoar -de bello color turquí con aguas verdinegras- aparecida en uno de los oviductos o trompas de Falopio y de origen desconocido. Aquí es donde más se estrujaba la sesera y más notaba Mauricia la lividez de su rostro a su regreso en las madrugadas y al servirle la sopa de coles de Bruselas en manteca, porque le notaba desorientado e inapetente.
-Me comes mal, le decía.
-¡El código, el código! Exclamaba Macrino cogiéndose la cabeza entrambas manos sobre la sopa y sintiéndose morir a gases. A veces se dejaba en el plato más de la cuenta y eso a Mauricia no le gustaba un pelo y se iba por el largo corredor arrastrando las pantuflas aquellas que hacían un ruido insoportable para Macrino y emitiendo comentarios soeces por su conducta.
-O me come, o le casco.
El doctor, metódico y pertinaz, metía diariamente en su ordenador cuantos datos iba aportando a su investigación, sin precipitarse en conclusiones tentadoras y fáciles, y lo hacía por el sistema McMurray&Norton, de muy reciente aplicación para huir del caos. Se desmarcaba de las prisas y de la inmediatez, y se sumergía en la física cuántica hasta las costuras, esperando un salto súbito e ingrávido hacia certezas imperceptibles y extravisuales.
Fiaba en la información cursiva que iba apareciendo en una tabla de interrelaciones colaterales muy reveladora y comenzaba a esperar mucho de esa compresa, porque sabía o comenzaba a sospechar que doña Flor Marina podría ser la última de una casta, de una raza superior en cosa de concupiscencia y otras habilidades frenopáticas.
Le dificultaban mucho la investigación aquellas manchas de café con leche de recuelo difusas que aparecían, como la grasa de chorizo. Residuos de sus largas estancias en colegios mayores y sórdidas pensiones estudiantiles, testimonios incontrovertibles del gaudeamus igitur, sobre todo a partir del XVIII y principios del XIX. Las conclusiones previas –y de ahí no pasaba por ahora- eran que no había padecido celulitis en la muslada, que no había sabido lo que eran el código de barras, las varices, ni las patas de gallo y que fumaba poca cosa y eso lo hacía en pipa de agua o narguilé, por lo de la suavización hidráulica.
Macrino se tomó unos días de asueto, asistió a varias corridas, se bajó a la feria de Sevilla y se le veía por la plaza de doña Elvira, mamado como un piojo, dando tumbos y patadas al aire. Se hizo famoso por Sierpes con el chambergo calado hasta las cejas y no era raro verle tanto en la Campana como en las casetas de feria bailando sevillanas haciendo gala de una cojera muy desagradable. Quería olvidar la tensión que le habían producido esos días de disecciones, esa obsesión que le abarquillaba el alma y le daba flatos. Había olvidado completamente su pleito con el imbécil del Landaluce Larrasquitu y pretendía distraerse como fuese, lejos de las coles de Mauricia, que le traían a mal y quería olvidar en aquel maremagnum.
A su vuelta se metió en sus aposentos, se cerró por dentro y con las gafas de ver, se dedicó a releer todo lo referente a los reyes Godos, la invasión islámica a manos del sionismo reivindicativo y a la llamada Reconquista resiliente, tan cuestionada por los perdedores republicanos, que además eran sarracenóideos, como siempre suele suceder. Era como ir en busca del Arca de la alianza con sus misterios electrónicos y el maná, el santo Grial, la Leyenda Negra con ilustraciones de Antonio Pérez y otras leyendas y tradiciones de baja intensidad, tanto en rústica como en cartoné.
Buscaba segundas intenciones, posibles relecturas, contextualizados de época y sucedidos esclarecedores que arrojaran luces sobre aquellos tiempos, tanto lúgubres como lóbregos per se, y que tan bien transcriben Higinio Viladecans y Paco Cepero, los de las Crónicas boecianas oxomenses y que terminaron en la droga dura y la paidofilia a base de subvenciones. ¿Sería culpa de Franco, se comentaba en la Academia de Farmacia?
Pasó muchos días agotadores en internados cutres, en monasterios misteriosos, en refectorios infectos, bibliotecas ignotas y letrinas malolientes, escuchando, comentando e intercambiando cromos, pins, y opiniones con otros internos y consultando becerros, cantorales y beatos muy poco esclarecedores. No daba con el código, el buen Macrino.
A punto estaba de mandar todo al carajo aquella misma mañana de domingo, en el sobrado de la biblioteca de san Tirso, frente al palacio arzobispal, entre telarañas y olor a rancio de siglos y apelmazado polvo espeso, tras haber pasado el día anterior trasegando gigantescos cantorales de los enormes plúteos al facistol en el que los abría, respirando miasmas de otros tiempos y sacudiendo polillas resecas que volaban muertas al pasar las hojas –lo que no dejaba de sorprenderle e incitarle porque parecían vivas y brillaban al resol- cuando tropezó con algo que estaba en el suelo y que sin duda había caído del plúteo, enganchado per caso por una contera del cantoral de turno. En el lomo ponía bien clarito, con caracteres góticos, Ockham William/Singing corpus/Lex parsimoniae.
A Macrino le sonaba el nombre y le venía a la mente algo de una navaja cabrera. Se pasó la mañana especulando sobre el particular antes de echar mano al saquito con el que había tropezado. Todo a su tiempo, como los nabos adventicios, y le vino a la memoria algo aprendido de su padre Melecio, lo de que la explicación más simple y suficiente es la más probable, mas no necesariamente la verdadera. Ya no comió bien ni fue al baño en condiciones durante los siguientes días.
Esta frase lapidaria, pura herramienta lógica del franciscano inglés del Renacimiento, fue denominada la navaja de Ockham en el XVI, porque con la aplicación de este principio tan mollar y de economía filosófica Ockham afeitaba como una navaja las barbas de Platón y entraba en una simplicidad ontológica opuesta a la del griego que llenaba todo de entes, como pitilines profusos, al fin para nada. La navajita de referencia se ha venido aplicando, como si fuese una de esas suizas de mil aplicaciones, desde la física a la medicina, pasando por la estadística, la compostura, la música, la teodicea, la lingüística y la gastronomía.
¿Cómo no se le había ocurrido antes a Macrino?
Lo primero era lo primero y ahora venía lo segundo que no por ello dejaba de serlo, pero que bien podía haber sido lo tercero según las prácticas bancarias. Mirar en el saquito, que era de sarga de Batavia tocaba ahora, mira tú por donde, y se encontraba con que estaba cerrado por un atadijo de doble nudo con liza de cáñamo.
Se aproximó a una ventana que daba al patio de cuadrillas buscando la luz de la mañana. Allí un malnacido encorría a las mozas que jugaban al teto dentro de la corraliza, intentando que se agachasen y como no lo conseguía en razón a su torpeza, las atizaba con una tralla y ellas gritaban medio desnudas. Algunos ancianos, sentados en los bancos de piedra reían con alborozo y hacían burla de las pobres haciendo comentarios tirando a sucios, sobre las vergüenzas exhibidas.
A su vista, a Macrino le parecía escuchar la voz grave del abuelo Narciso desde la cocina, donde desayunaba sobre la mesa junto al fuego, en aquellos tiempos remotos cuando su padre salía hacia el mercado cargado con sacos de legumbres a fin de hacer numerario.
-Llévate la albarda julandrón, le decía, qué si no te dan mucho por el saco, ya te darán algo por la albarda y luego se reía a carcajadas el jodío, inmerso en una escandalera desproporcionada.
Veía a su padre Melecio, el de las luengas narices y el del pelico rizado con ojitos de rata, cómo cogía la albarda que colgaba en el perchero del zaguán, la llenaba de betarragas y se la cargaba sobre los hombros obediente, mientras el abuelo golpeaba la mesa con la cuchara de madera marcando el paso y riendo cual los ancianos de ahora en el patio.
Cada poco, paraba a dar un trago de aguardiente mañanero, que le hacía mucho bien según decía, que le probaba, aportándole viento de cola, decía ringado en la sucia poltrona de baqueta y Macrino podía escuchar el borboteo escandaloso del licor en su gañote.
Al fin, a la luz de la mañana, comenzó a desanudar aquello, que no era fácil. Se había sentado en una sillita tocinera de enea trenzada y ayudándose de un pequeño buril, con paciencia y mordiéndose los labios, pudo deshacer los nudos y volcar el contenido sobre una mesa auxiliar.
Había varias finas tablillas de 2,5×7 numeradas del uno al siete y llenas de grabados y un atado de documentos. También monedas de vellón –aleación de plata y cobre- muy bien conservadas y que se veían del rico, porque predominaba la plata y parecían de a real. En la cara figuraba un rostro de mujer con largos cabellos y Macrino reconocía algo en ella que le era familiar. Le traía el recuerdo de la Chuflandeira más hermosa. En el dorso de algunas aparecía una mano abierta con todos los dedos recogidos salvo el corazón, que se mostraba ostentosamente tieso como una vela, algo muy común en escudos nobiliarios de la época de cara al moro (con perdón anotaba en su cuadernillo de espiral), pero que era la primera vez que lo encontraba en una moneda acuñada hacia el 795.
Algunos tratadistas confunden al Alfonso II el Casto de Asturias con el Alfonso II el Casto de Aragón y Barcelona (1164-1196) caído con 39 años de edad, de Huesca el hombre y nacido 400 años después, que no son pocos y a quién su padre llamaba Ramón y su madre Alfonso, de lo que deducimos y está documentado, que era Ramón Alfonso o Alfonso Ramón como le llamaban en casa y según lo hiciesen su padre Ramón Berenguer o su madre Petronila I de Aragón. Lo que no tenemos claro es por qué le apodaban igualmente el Casto, parodiando al de Asturias, del que consta que sí lo era por falta de tiempo. Los malditos horarios, se cree y muy bien que pudieran ser, pero cabían la misoginia y los asuntos de género.
La presencia del acetato de retinilo y la del ácido pteroilmonoglutámico, así como del acetato de DL-alfa-tocoferilo en los restos de las braguillas –que eran una tanga de última generación en su diseño de geometría variable, si bien de percalina sulfurada con lo que podía soportar altísimas temperaturas- tal que en la dichosa compresa y en una pluma de ave –muy posiblemente de faisán- aparecida en un bolsillo de la mortaja, le llevaba directamente a un escenario que se resistía a admitir por el bien de la humanidad.
Lo que le vino a deslumbrar de un modo cruel fue el descubrir, una de aquellas tranquilas tardes de trabajo incesante y agotador a la solana de su aposento, que el arco isquiopubiano de aquella mujer era un diafragma adaptable en función de la carga de trabajo relacionado con la voluminosidad de diferentes materiales que entrasen –eso sí- en un juego simbiótico penetrativo y con ciertas articulaciones perfectamente ajustadas, que se correspondían a una aportación deferente muscular, que se ajustaba a voluntad del usuario.
No tuvo, sino que aceitarlo un poco y comprobó que funcionaba a la perfección y pillaba hasta un bolígrafo común, sin misericordia. Cuando lo engrasó con litio al grafito, era impresionante cómo se ajustaba a cualquier calibre en un clic. Desde un 9mm Parabellum, a un 20 y hasta un 40 antiaéreo e incluso un 155 de artillería terrestre.
¿Qué significaba todo esto sino pura aerodinámica aplicada? ¿Era un arma letal? Pues sí, pensaba Macrino. Era algo multidisciplinar solamente aplicable a la mecánica de gases y a la guerra psicológica y subversiva. Macrino comenzaba a sospechar que doña Flor Marina era algo extraterrestre, un experimento interestelar y que podía esperarse de ella cualquier cosa menos moderación y mojigatería. Estaba a lo que estaba.
Sólo restaba desvelar el misterio de la piedra bezoar, sí, la turquí con aguas verdinegras. No se atrevía a acometer esta última etapa, se encontraba flojo de remos y pesaroso de haberse metido en esto porque ignoraba hacia donde derivaba o podía hacerlo. Se había hecho la luz.
Acodado ante la ventana por la que entraban alegres rayos de sol de la tarde y adonde le llagaban las alegres notas de una charanga que interpretaba música de Liszt, se preguntaba obsesivamente: ¿Hubo una CIA en el siglo VIII? ¿Quién la manejaba si no había americanos y menos en condiciones de hacerlo en aquella longitud de onda? ¿Ya emitía la KGB en pruebas? Era mucho aventurar. ¿Iba a por Alfonso II el Casto la izquierda radical? ¿Quién pretendía acabar con los reinos cristianos? ¿Los moros laicistas o un tipo de moro que no era de aquí, sino de allá y por eso le invocaban, sin saber y decían Alá, cuando era allá, en el cosmos, lo que barruntaban y lo que sugerían? ¿Sería incitar al odio o a la manipulación y alteración del precio de las cosas por simple religión? ¿Por asuntos de género, número, o caso?
Habría que someterlo, concluyó en el informe definitivo, a comisiones de base para la postverdad y a la masa de afiliados, porque la participación de los concejales y diputados y la mayoría que resultase de todos esos cerebros harían la certeza y la verdad histórica por la vía democrática. En las cunetas y en otros sitios yace la historia, la de las cunetas sobre todo y es deber nuestro extraerla antes de que se enmohezca o coja vicio. El mundo nos lo agradecerá.
No hay otra, pensó y extendió su firma estilográfica, en la que se recreaba largamente al rubricar como le gustaba hacer. Y apagó la luz de la mesilla.
Cuando su cabeza reposaba en la almohada le vino un molesto limaquillo que le revolvía el bandullo. De la cocina le llegaba el aroma espeso a coles de Bruselas y torcía el morro, porque sabía lo que le esperaba para desayunar a la mañana siguiente.











