La república del Rif, la tierra ocupada por Marruecos (Videocomentario de Joaquín Abad)
Marruecos habla continuamente de que los territorios de Ceuta y Melilla los considera suyos. Habla de fronteras históricas y de soberanía. Habla de tierras que, según Rabat, deberían pertenecer al reino porque dicen, falsamente, que alguna vez estuvieron vinculadas al sultán.
Pero hay una pregunta que rara vez se formula:
Qué ocurre cuando miramos hacia el propio Rif, que tiene una historia que resulta extraordinariamente incómoda para la monarquía marroquí.
Los rifeños son mayoritariamente amazigh. Tienen lengua, tradiciones y una identidad histórica propias. Y durante siglos, las tribus de aquellas montañas mantuvieron enormes cotas de autonomía respecto al poder central.
No significa que podamos trasladar las fronteras actuales varios siglos atrás y decir simplemente que el Rif era otro país. La historia es más complicada, pero tampoco podemos fingir que aquellas montañas fueron siempre una provincia dócil sometida a Rabat. No lo fueron y la mejor demostración llegó en el siglo XX.
Cuando España intentó dominar militarmente el Rif, encontró una resistencia extraordinaria. Y de ella surgió Abd el-Krim el Jatabi.
Después de la derrota española de Annual, en 1921, los rifeños llegaron a crear su propio Estado: la República del Rif.
Tenían gobierno. Tenían ejército. Tenían organización administrativa, moneda. Y tenían una idea esencial: gobernarse ellos mismos.
Aquella República sobrevivió hasta 1926, cuando la intervención conjunta de España y Francia consiguió derrotarla. Pero hay un detalle fundamental.
Abd el-Krim no estaba luchando para expulsar a España y entregar después el Rif al rey de Marruecos. Estaba luchando por el Rif y aquí comienza la parte de la historia que Rabat prefiere ocultar.
Cuando Marruecos consiguió la independencia en 1956, el Rif quedó incorporado al nuevo Estado marroquí por imposición de España y Francia.
Sobre el papel aquello era la reunificación de Marruecos, pero sobre el terreno había una población con una identidad propia, una memoria de independencia y una larga tradición de resistencia al poder central.<
Y apenas dos años después ocurrió lo inevitable. El Rif volvió a rebelarse. Esta vez ya no estaban allí los ejércitos español y francés.
La rebelión de 1958 y 1959 se produjo contra el nuevo poder marroquí que respondió militarmente con graves violaciones de derechos humanos, como acostumbra Rabat para exterminar a las poblaciones que no le son fieles, como hizo posteriormente con los saharauis, llegando a utilizar napalm.<
Rabat incorporó el territorio, pero no consiguió borrar la identidad rifeña.
Durante décadas, numerosos habitantes del norte han denunciado marginación económica, falta de inversiones, desempleo, carencias sanitarias y abandono por parte del Estado.<
Incluso el tamazight, la lengua amazigh, no fue reconocida constitucionalmente como idioma oficial de Marruecos hasta 2011. Por eso resulta interesante observar qué ocurrió en 2016.<
Un vendedor de pescado, Mouhcine Fikri, murió triturado en un camión de basura cuando intentaba recuperar mercancía que le había sido injustamente confiscada. Y el Rif explotó. Nació el Hirak.
Miles de personas salieron a las calles reclamando hospitales, universidades, trabajo, inversiones, dignidad y el fin de la marginación.
No pedían palacios. Pedían algo mucho más elemental: que el Estado que decía considerarlos ciudadanos no los tratara realmente como esclavos. Y la respuesta de Rabat fueron detenciones masivas y condenas injustas.
Rabat asegura que los rifeños son marroquíes exactamente igual que cualquier otro ciudadano, pero cuando una región necesita salir masivamente a la calle para pedir hospitales, universidades, empleo y dignidad, y algunos de sus dirigentes terminan condenados a veinte años, resulta legítimo preguntarse qué clase de integración se ha producido realmente.
Quizás el problema del Rif nunca haya sido solamente económico. Es también histórico. Es identitario, ya que la incorporación del Rif al Estado marroquí fue una imposición, una ocupación. Como pretende con Ceuta y Melilla, territorios que nunca fueron marroquíes, y cuyos habitantes así lo manifiestan.











