Felpudo VI: un rey que no está cuando España necesita verlo
Ignacio Andrade.- Empieza a ser frecuente en el rey de España que la neutralidad deja de parecer prudencia y empieza a parecer ausencia. Tratándose además del jefe del Estado, hay ausencias que adquieren un significado político y simbólico imposible de ignorar.
La decisión de Felipe VI de no visitar Ceuta en un momento crítico abre una pregunta tan incómoda como legítima: ¿dónde está el rey de España cuando una parte de España necesita sentir que su jefe de Estado está con ella?
Ceuta no es una abstracción administrativa. Es España. Sus ciudadanos son españoles y viven en una ciudad cuya condición española no debería necesitar de constantes gestos de reafirmación. Precisamente por eso, la presencia del rey tendría un valor que va mucho más allá de una visita protocolaria: sería una declaración inequívoca de pertenencia, respaldo y compromiso.
Por eso resulta difícil entender que, mientras los ciudadanos afrontan situaciones de especial tensión e incertidumbre, el jefe del Estado permanezca lejos. Si la ausencia del presidente del Gobierno y de los ministros ya resulta criticable desde el punto de vista político, la ausencia del rey plantea un problema diferente y, para muchos españoles, todavía más profundo.
Al rey de España no se le exige que gobierne ni que dicte políticas ni que entre en la disputa partidista. Se le exige que represente a España y representar a España también significa estar presente cuando sus ciudadanos necesitan comprobar que las instituciones no los han dejado solos.
Una visita a Ceuta habría sido un gesto sencillo y contundente. No habría requerido un discurso partidista ni una declaración incendiaria. Bastaba con estar allí. Con mirar a los ceutíes a los ojos, con pisar territorio español y transmitir, con la fuerza de la presencia, algo elemental: España está aquí y sus instituciones no olvidan a los españoles de Ceuta.
Si el motivo de la ausencia responde a instrucciones o conveniencias del Gobierno, el problema sería aún mayor, porque entonces aparecería la imagen de una Corona subordinada a la comodidad política del Ejecutivo precisamente cuando debería exhibir su función constitucional de representación de todos los españoles. El rey no puede convertirse en un espectador que aparece únicamente cuando todas las circunstancias han sido previamente domesticadas por el poder político.
Es aquí donde aparece la cuestión que muchos empiezan a plantearse en voz alta: ¿para qué queremos una institución que pretende simbolizar la unidad de España si, cuando una parte del territorio nacional reclama respaldo y visibilidad, el rey no está?
No se trata de pedirle al monarca que sustituya al Gobierno. Se trata de reclamarle que ejerza aquello que precisamente justifica su existencia institucional: representar la continuidad y la unidad del Estado.
La españolidad de Ceuta no debería estar en discusión. pero precisamente por eso cada gesto cuenta. Y es por ello que la ausencia también es un gesto.
Un rey puede pronunciar todos los discursos constitucionales que quiera, pero hay ocasiones en las que un discurso desde Madrid vale infinitamente menos que una presencia en Ceuta, donde estar presente es la forma más poderosa de hablar.
Felipe VI tenía ante sí la oportunidad de hacerlo. Podía haber convertido su presencia en Ceuta en un mensaje inequívoco de respaldo a sus compatriotas y de reafirmación de la españolidad de la ciudad. No hacerlo nos lleva inevitablemente a formular numerosas preguntas que ya no afectan únicamente a esta visita concreta, sino a la propia utilidad de la Corona: ¿qué sentido tiene un rey que no está junto a sus compatriotas cuando más necesitan verlo?
La Corona no puede pedir respeto únicamente por lo que simboliza. Tiene que demostrar, en los momentos difíciles, que ese símbolo sirve para algo.
Un rey ausente puede conservar el título, el protocolo y la agenda institucional, pero cuando España necesita una presencia, lo que los ciudadanos esperan a su rey. Y en Ceuta, esta vez, no estuvo.











