Juan de Pura y el milagro de las orejas en Marbella
José Antonio Vara.- Hay toreros que pasan a la historia por las orejas que cortaron. Otros, por las que les cortaron. Y luego está Juan de Pura, que parece haber encontrado una tercera vía mucho más rentable: repartirlas.
Y es que si aquella vocación de torero que alguna vez pudo albergar se quedó en proyecto, no cabe duda de que ha encontrado una segunda carrera en la presidencia de la plaza de toros de Marbella. Una carrera, digámoslo con toda la solemnidad que exige la tauromaquia, basada en una prodigalidad de pañuelos que amenaza con convertir el palco en una suerte de ventanilla de gratificaciones.
Y es que hay tardes en las que uno sale de una plaza pensando que ha asistido a una corrida de toros. Y hay tardes en Marbella en las que uno tiene la impresión de haber asistido a una barra libre de premios.
La cuestión no es que se concedan orejas. Para eso están. La cuestión es qué significa una oreja cuando se entrega con tanta facilidad que deja de ser un premio excepcional y empieza a parecer el cambio de la compra. La tauromaquia vive, al menos en su discurso solemne, de la exigencia, del rigor, de la emoción verdadera, del riesgo, de la bravura y de unos códigos que supuestamente distinguen el toreo de cualquier espectáculo de masas.
Pero luego aparece el público fácil, el pañuelo fácil y, según esta visión crítica, el presidente fácil. Y entonces todo aquello que los taurinos proclaman con voz engolada empieza a parecer una decoración retórica. El ejemplo resulta difícilmente superable.
El 14 de junio de 2025, durante la Feria de San Bernabé, tres toros de El Freixo fueron indultados en una misma corrida. «Comprendido», «Pajarito» y «Cortesano» pasaron de la muerte anunciada a la vida ganadera gracias a tres indultos concedidos durante el festejo. La propia ganadería calificó la tarde de histórica y destacó que el presidente terminó sacando tres veces el pañuelo naranja.
Nada menos que tres indultos en una corrida. Hay quien lo llamó una tarde histórica. Otros pueden verla como la demostración de una bravura extraordinaria y es perfectamente legítimo defenderlo. Pero también resulta legítimo formular la pregunta incómoda: ¿qué tiene que ocurrir para que un indulto vuelva a ser algo verdaderamente excepcional?
Porque si tres toros merecen simultáneamente el perdón de la vida, quizá hemos encontrado una nueva versión del milagro de los panes y los peces: donde antes se multiplicaban los panes, ahora se multiplican los indultos. Y donde antes se hablaba de milagro, ahora quizá habría que hablar de generosidad presidencial.
El problema de la liberalidad excesiva es conceptual, no solamente estadístico.
Si una oreja debe distinguir una faena extraordinaria de una simplemente buena, regalarla desvirtúa la extraordinaria. Si el indulto debe reservarse para un toro excepcional, convertirlo en el colofón habitual de una tarde triunfal termina rebajando el valor de la propia excepción.
Y entonces ocurre lo verdaderamente paradójico: para llenar la plaza de entusiasmo terminamos vaciando de contenido los premios.
Todo el mundo sale feliz. Los toreros, con orejas. Los ganaderos, con toros indultados. El público, con la sensación de haber asistido a una apoteosis. El empresario, naturalmente, puede presumir de espectáculo. Y el presidente… bueno, el presidente puede quedarse sin pañuelos antes que sin motivos para utilizarlos.
Pero la tauromaquia no debería consistir en que todos salgan contentos a cualquier precio. Al menos no si pretende seguir reivindicándose como un arte sometido a la exigencia, a la jerarquía y a la severidad de un público entendido, porque cuando todo es excepcional, nada lo es. Y cuando las orejas llueven, dejan de ser trofeos para convertirse en confeti.
Juan de Pura quizá no llegó a ser el torero que soñó. Pero, a juzgar por esta manera de entender la presidencia, podría haber encontrado una especialidad mucho más acorde con los nuevos tiempos: no ponerse delante del toro, sino detrás del pañuelo.
Al fin y al cabo, para repartir orejas no hace falta ponerse el traje de luces, solo hace falta tener mano. Y, sobre todo, tener muy poco miedo a usarla.












