Tenemos que invadir Marruecos
Marisol Oviaño.- En 2012, el Instituto Cervantes de Casablanca me invitó a dar una conferencia sobre mi experiencia como fundadora y directora de Proscritosblog, que en aquella época tenía muchas visitas, no como ahora. No conseguí monetizarlo y ya apenas escribimos en él, aunque lo mantengo con respiración asistida por lealtad a mis antiguos colaboradores y por si algún día tengo tiempo y dinero para reactivarlo. Entonces ya conocía la ciudad de la niebla por un viaje que había hecho veintitantos años antes con mis padres y mis hermanos. En aquella ocasión, habíamos llegado a Marruecos en ferry, donde habíamos compartido travesía con gente que no sólo era más pobre que nosotros, sino que parecía provenir del medioevo. Por eso, en mi segunda visita no me sorprendió demasiado que en el vuelo a Casablanca hubiera marroquíes que, en lugar de maletas de cabina, llevaran sus pertenencias en bolsas de supermercado. Y mientras metía mi equipaje de mano en el compartimento que había sobre mi asiento, pensé que quizá Marruecos no cambiaría nunca.
En el aeropuerto de Casablanca, un hombre nos esperaba con un cartel a mí y a la otra conferenciante —una poetisa con un nombre antónimo del mío—, que venía de Barcelona. Ella era joven y guapa, pertenecía a la cosmopolita generación erasmus que cree que todo el mundo es como Europa e iba vestida como si estuviéramos en Berlín y no en un país musulmán. Aquella noche cenamos con la responsable de la ponencia y con unas mujeres marroquíes y, después, nuestra anfitriona nos llevó en taxi al hotel, donde la poetisa y yo nos tomamos unas copas sin que nadie nos molestara.
Acosos callejeros
Pero cuando a la mañana siguiente caminamos hasta la imponente mezquita de Hassan II construida junto al mar, sufrimos el constante acoso de hombres que, atraídos por la minifalda poética de mi compañera de fatigas, se le acercaban como animales. Lógico que sus mujeres se cubran. Más tarde, la gente del Cervantes nos llevó a un restaurante de campanillas en el que sólo había gente civilizada, y eso —en realidad, estar con gente de dinero— me hizo creer que quizá el cambio fuese posible.
Después de una larga sobremesa, nuestra anfitriona nos acompañó al Instituto Cervantes para que cumpliéramos nuestra misión. No sabía qué podíamos esperar de aquel evento, y me alegró mucho ver que la sala estaba prácticamente llena de alumnos del centro —hijos de familias pudientes— que hablaban español perfectamente. Creo recordar que apenas había chicas; incluso puede que no hubiera ninguna.
Cuando se abrió el turno para que el público tomara la palabra, los asistentes apenas hicieron dos o tres preguntas a mi compañera: no les interesaba su blog de poesía, sino la disidencia que habían encontrado en el mío, y me brearon a preguntas. Incluso quisieron saber cuánto pagaba a mis colaboradores y cuáles eran mis fuentes de financiación.
Disidentes en varios idiomas
Entonces pensé que aquella élite juvenil —ellos sí que eran ingenieros, médicos y arquitectos— que hablaba, leía y escribía en varios idiomas y se sentía asfixiada por el régimen, transformaría su país. Y el otro día, cuando veía a la turba entrando en Ceuta con la alegría de quién llega al paraíso, me pregunté si seguirán siendo disidentes o habrán entrado a formar parte del majzén. Incluso puede que también ellos hayan emigrado.
También me pregunto cuántos marroquíes viven en España. ¿Y en Países Bajos? ¿Y en Molenbeek y alrededores? ¿Y en Francia? ¿Y en el resto de Europa? Una parte no desdeñable de los súbditos de Mohamed VI vive en el extranjero, y los demás parecen dispuestos a huir de allí cada vez que su rey abre valla. “¡Marruecos no! ¡Marruecos no!”, gritan estos días en Ceuta cada vez que un periodista les pregunta si volverán a casa. Sin embargo, ningún eurodiputado pide explicaciones a Marruecos ni ningún país miembro, empezando por España, ha llamado a consultas a sus embajadores. Tampoco se les ha amenazado con frenar las importaciones de lo que allí se cultiva sin ningún control fitosanitario. Además, ¿por qué la UE, tan tiquismiquis con los derechos humanos de los marroquíes que viven en Europa, nunca habla de los derechos humanos de los que viven en Marruecos?
Amenaza islamista
El otro día la cadena Ser informaba de que el asalto a Ceuta ya ha dejado 141 fallecidos. Si eso es cierto, ¿por qué el CNI no filtra fotografías de esos cadáveres que saturan las morgues y las suben a las redes sociales para que los marroquíes comprendan lo mucho que le importan a su rey? Sí, ya sé que ante la amenaza islamista no conviene provocar otra primavera árabe; es preferible mantener la monarquía aluita. Probablemente por eso no vean la luz fotografías de la verdadera vida del degenerado Comendador de los Creyentes.
Hay quien dice que el problema de la inmigración se solucionaría dándole Ceuta y Melilla, pero quienes saltan la valla no quieren vivir en Marruecos, sino en España, y seguirían jugándose la vida en el estrecho para venir aquí. Quizá lo más humanitario no sea devolver unas ciudades autónomas que nunca han sido suyas, sino invadir Marruecos para que los marroquíes puedan vivir en España sin moverse de su país.











