Objetivo de Marruecos: una nueva marcha verde para tomar Ceuta antes de que cambie el Gobierno de España (Videocomentario de Joaquín Abad)
¿Y si Marruecos hubiera comenzado ya los preparativos para apoderarse definitivamente de Ceuta? No de Melilla. Al menos, no todavía.
Ceuta es el objetivo más simbólico, más cercano al corazón del Estrecho, más fácil de rodear desde Castillejos y más útil para reproducir el procedimiento que Hasán II utilizó contra España en 1975: concentrar una masa humana gigantesca ante una frontera, presentarla ante el mundo como una movilización civil y obligar al Gobierno español a elegir entre emplear la fuerza o retirarse.
La Marcha Verde reunió a unos 350.000 marroquíes. Las tropas españolas recibieron la orden de evitar el enfrentamiento y, pocos días después España comenzó a abandonar el Sáhara. La operación inicial se desarrolló sin que el Ejército español abriera fuego.
La lección que Rabat pudo extraer fue sencilla: cuando España está dividida, su Gobierno es débil y las grandes potencias miran hacia otro lado, no hace falta vencer militarmente al Ejército español. Basta con paralizar políticamente a quienes deberían darle las órdenes, ya que eso es lo que obliga a observar de otra manera lo sucedido a finales de julio.
El Gobierno llegó a manejar una cifra de 72.000 entradas, de las que alrededor de 70.000 habrían regresado a Marruecos. En cualquier caso, fue una movilización humana gigantesca, concentrada en un territorio diminuto y ejecutada en un plazo extraordinariamente breve.
La explicación oficial pretende que decenas de miles de personas salieron casi simultáneamente de sus casas, llegaron por sus propios medios a Castillejos y se lanzaron hacia Ceuta movidas por mensajes de redes sociales, rumores sobre una sentencia del Tribunal Supremo y la actuación de las mafias.
Es preciso aclarar que una convocatoria digital no explica por sí sola toda la dimensión logística de una movilización de esa magnitud.
En redes circularon vídeos de camiones cargados de personas en carreteras del norte de Marruecos. Las imágenes fueron geolocalizadas en la provincia de Tetuán, a poco más de una hora de Ceuta, y en ellas aparece incluso un agente de la Gendarmería Real.
Para trasladar a 100.000 jóvenes utilizando camiones y autocares con una capacidad media de cien personas serían necesarios alrededor de mil vehículos o mil desplazamientos completos. Hacen falta puntos de concentración, conductores, combustible, carreteras despejadas, coordinación de horarios y una extraordinaria pasividad policial. Una operación semejante no se organiza enviando tres mensajes por WhatsApp la noche anterior.
Por eso cabe preguntarse si lo de finales de julio fue únicamente una prueba para conocer cuánto tiempo tarda España en reaccionar y calcular cuándo se saturan los servicios de Ceuta. También para comprobar cuántos efectivos puede desplegar el Gobierno y al mismo tiempo observar la respuesta de la Unión Europea.
Lo de Ceuta puede haber sido una prueba para averiguar cuántas horas necesita Marruecos para reunir, transportar, detener o hacer regresar a decenas de miles de jóvenes. Y, sobre todo, una prueba para estudiar por qué la mayoría regresó.
La respuesta es sencilla: la mayoría regresó porque llegaó prácticamente sin equipaje, sin comida, sin dinero y sin posibilidad de viajar a la Península. Muchos durmieron en la calle, comprobaron que Ceuta estaba cerrada y entendieron que aquella entrada no conducía automáticamente a Madrid, Barcelona, París o Bruselas. Ahí está, precisamente, la corrección para una segunda operación.
En la Marcha Azul definitiva, los participantes portarán mochilas, mantas, alimentos, ropa, dinero y la instrucción de permanecer en Ceuta. No se trata de entrar, fotografiarse y regresar. Se trataría de ocupar físicamente el espacio, bloquear la ciudad y provocar una situación humanitaria imposible de gestionar.
100.000 o 150.000 personas instaladas en playas, calles, colegios, naves industriales, carreteras y edificios públicos. El puerto bloqueado, los comercios cerrados, los servicios sanitarios colapsados y las fuerzas de seguridad incapaces de controlar la ciudad sin provocar imágenes que darían la vuelta al mundo.
Marruecos no necesita disparar un solo tiro. Le bastaría con presentarse después como mediador de una crisis que él mismo ha permitido.
Rabat exigiría negociar la administración de Ceuta, la presencia de autoridades marroquíes, un estatuto especial, una gestión compartida de la frontera o cualquier fórmula presentada bajo el nombre tranquilizador de “cogobierno”.
Primero vendría la gestión conjunta, después, la soberanía compartida, y finalmente, como sucedió con el Sáhara, España sería apartada.
Y la cobertura internacional la proporciona Donald Trump y Benjamín Netanyahu.
Pedro Sánchez puede representar para Mohamed VI un interlocutor conocido, previsible y políticamente debilitado. Un futuro Gobierno de derechas podría endurecer la defensa de Ceuta, revisar determinadas concesiones diplomáticas y reforzar la presencia militar española en las ciudades autónomas. Por tanto, Rabat deberá invadir Ceuta antes de que cambie el Gobierno español.
Mohamed VI, además, necesita éxitos exteriores. Cuando un régimen tiene dificultades interiores, una reivindicación territorial puede convertirse en un magnífico instrumento de cohesión nacional. Recuperar Ceuta sería presentado como la culminación histórica del reinado de Mohamed VI, del mismo modo que la Marcha Verde quedó asociada para siempre a Hasán II.
La primera Marcha Verde terminó con España abandonando el Sáhara. La Marcha Azul tendrá un objetivo todavía más grave: conseguir que España abandone Ceuta sin que Marruecos tenga que declarar una guerra.
El problema para España es que cuando un país se niega incluso a contemplar esa posibilidad, comienza a perder su territorio mucho antes de que el adversario cruce la frontera.











