Los turistas Pedro y Begoña
Antonio Naranjo.- Hace apenas tres semanas, con el desparpajo habitual del personaje, Pedro Sánchez se hizo el ofendido cuando le preguntaron si tenía pensado cumplir con el mandato constitucional de llevar Presupuestos Generales del Estado al Parlamento y vino a decir, con ese tono displicente y ofendido, que no le molestaran con chiquillerías, que el mundo estaba en guerra y nadie debía perturbarle a él de la épica misión que la historia le había encomendado, desconocida para el resto de la humanidad.
Cinco minutos después de comportarse como la reencarnación de Adenauer y Gandhi, el mismo sujeto que trató a duras penas de justificar el incumplimiento de la primera obligación de un presidente y desveló así su disposición a dejar a España sin cuentas durante toda una legislatura, se marchó a los Pirineos con Begoña Gómez a disfrutar de la naturaleza y la pitanza.
No tardó mucho en enlazar esa romántica escapada con otra al Palacio de las Marismillas, en Doñana, cada vez mejor preparado para recibir su visita por las estupendas reformas que ha ido sufriendo a petición de la pareja. Y casi sin solución de continuidad, con un par de interrupciones para grabarse vídeos sugiriendo grupos musicales, visitando tabernas o jugando con el Lego para seducir a la chavalería, se ha marchado de nuevo con la otra parte de «Los amantes de Teruel» a China, dos días antes de que comenzara su agenda oficial, para disfrutar de las maravillas orientales con su pobrecita media naranja.
Hasta los más furibundos sanchistas estarán de acuerdo en que no parece muy compatible alegar la necesidad de concentrarse en un conflicto bélico mundial para esquivar un mandato constitucional inopinable y, nada más soltar la falacia, hacer el petate a disfrutar una y otra vez del tiempo libre, en compañía de una pentaimputada que no quiso entregar su pasaporte ni presentarse ante el juez, dos decisiones perfectamente legales pero incompatibles con la probidad que cabe esperar de quien también vive en La Moncloa y se pega la vida padre viajera a costa del erario.
Pero esto es lo que hay, con un trasfondo aún peor que el simplemente estético, ya de por sí pavoroso: mantenemos las juergas lúdicas de una parejita en la que uno desprecia al Parlamento y se cree con derecho a gobernar sin votos, sin presupuestos y sin mayorías, y la otra se hace la víctima, en lugar de dar explicaciones, y pasa la gorra a sus damnificados para que le paguen las noches de blanco satén que el resto de la humanidad se paga de su bolsillo.
Pero lo grave es que todo esto desemboca además en un peligroso volantazo sanchista hacia posiciones letales para el futuro geopolítico de España. Con la excusa infantil del «No a la guerra», Sánchez se ha dedicado contumazmente a situar a nuestro país, sin consultárselo a nadie, en el auténtico Eje del Mal global: reabre embajada en Irán en plenas negociaciones para contener a un régimen abyecto que asesina en masa a la población civil, repite sus insidias baratas contra Estados Unidos e Israel con ímpetu más propio de un tertuliano de bar que de un líder político sensato, convoca en Barcelona una reunión ostentosa de todas las glorias populistas de Puebla con el nefando Petro a la cabeza y viaja a China por cuarta vez en poco tiempo para consolidar la transformación de España en una especie de colonia del país que está detrás, de un modo u otro, de Irán y de Rusia.
Si ya es propio de zangolotinos cogerse a la imputada a darse homenajes perpetuos sin tener los deberes hechos en casa, aprovechar la coyuntura para cambiar la histórica posición española y empotrarla allá donde nacen todas las sombras o, vaya cualidad, ejerce de lobista Zapatero, exige una ofensiva del mundo civilizado nacional que no parece muy próxima: aquí la oposición parece más ocupada en hacerse perdonar, no sea que la llamen yanqui, imperialista, sionista o cualquier otra tontería del armario retórico de esta tropa.











