El silencio impuesto en Casarrubios del Monte
Rocío Pérez Vicioso.- En Casarrubios del Monte, donde todos se conocen, el miedo se ha convertido en una forma de vida. No es un miedo abstracto ni irracional: es un temor concreto, cotidiano, que se respira en la cotidianiedad de tantas personas que rehúsan opinar sobre política o sobre cualquier cuestión que vaya más allá de lo irrelevante.
Muchos habitantes ya no confían en quienes deberían protegerlos. La autoridad, en lugar de ser garante de derechos, se percibe como una presencia vigilante, casi amenazante. Denunciar, opinar o simplemente cuestionar puede suponer un riesgo. Y ese riesgo, aunque pocas veces se nombre abiertamente, todos lo entienden.
Se ha instalado una cultura de autocensura. Los vecinos prefieren callar antes que exponerse. Los problemas no desaparecen, pero se entierran bajo una capa de silencio que, lejos de traer paz, solo profundiza la desconfianza colectiva. El resultado es un pueblo aparentemente tranquilo, pero internamente fracturado.
Lo más alarmante no es solo la actuación de la autoridad, sino la normalización de este miedo. Cuando el temor se vuelve costumbre, se acepta, se justifica e incluso se transmite a las nuevas generaciones como una forma de “prudencia”, entonces la libertad se vuelve un recuerdo lejano y la dignidad comienza a desvanecerse en silencio.
Ninguna comunidad puede prosperar bajo la sombra del miedo. Sin libertad para expresarse, sin confianza en las instituciones, lo que queda es subsidiariedad y sometimiento. Y ese sometimiento, aunque silencioso, tiene un coste profundo: la pérdida de nuestra dignidad colectiva.
Romper este círculo no es fácil. Requiere valentía individual y, sobre todo, un despertar colectivo. Y ello porque el miedo, cuando se comparte, puede empezar a perder su poder. Y solo entonces será posible recuperar lo que nunca debió perderse: la voz de un pueblo libre.
*Portavoz municipal del PP en Casarrubios del Monte (Toledo)











