Irán y las feministas españolas
Antonio Naranjo.- Las mujeres de Irán están dando una lección al mundo, con sus caras descubiertas y sus melenas al aire, enfrentadas a un régimen tiránico que no duda en reprimir y asesinar para salvarse a sí mismo, como el chavismo, con un componente integrista y bélico que lo hace aún más perverso.
El carácter femenino de la respuesta y el religioso del poder parecen dar la combinación perfecta para que particularmente en España se escuchara el respaldo a esas heroínas: es aquí, de toda Europa, donde existe un Gobierno con sus aledaños especialmente convencido de que encarna el feminismo, quien ha hecho de la ingeniería de género una de sus especialidades y quien señala a la Iglesia como rancio poder en la sombra al que hay que combatir, como si entre clérigos y machirulos, juntos en la defensa del heteropatriarcado, se hubiera puesto en peligro la propia democracia.
Pues bien, los alaridos aquí contra ese enemigo imaginario se transforman allí en silencios contra un adversario de verdad, instalado en el poder y convencido de que la libertad es un invento occidental a derribar, especialmente para las mujeres persas, musulmanas, pero no árabes, herederas de una civilización que ni los ayatolás han podido extinguir.
Se me puede haber escapado algo, pero no he sido capaz de encontrar un mensaje de apoyo a los iraníes perseguidos ni a sus mujeres valientes; como tampoco uno de condena a la feroz respuesta de esa dictadura con turbante que supone, en sí misma, una amenaza para la paz mundial, con su fuerza nuclear y su patrocinio financiero de todos los grupos terroristas que asolan Oriente y amenazan a Occidente.
Pedro Sánchez no ha tenido tiempo, sus ministras socialistas tampoco, y las autoproclamadas lideresas de la causa feminista en Podemos, Sumar, Bildu y demás marcas blancas de la extrema izquierda, menos. Es decir, los mismos que han sido capaces de convertir en ley la majadería de que el hombre, por serlo, es sospechoso de portar una especie de tendencia congénita al abuso, al maltrato, a la violación y al crimen; no encuentran razones para enviar apoyo anímico siquiera a esas mujeres enfrentadas a los más feroces dirigentes del mundo, armadas exclusivamente con su conciencia y hartazgo de décadas de opresión y pobreza.
Y los mismos que sostienen que el catolicismo es una amenaza para la democracia, acusan a la Conferencia Episcopal de liderar conspiraciones, persiguen las manifestaciones religiosas como si fueran actos de insurgencia y transforman los abusos sexuales de algunos sacerdotes en la vara de medir a toda la institución… no tienen nada que decir cuando todo eso, ahí sí de verdad, es lo que gobierna en Irán.
Cuando los valores y las causas dependen de quienes las sufren y de quienes las perpetran, y no de sus verdaderas circunstancias, se convierten en simples negocios, políticos y económicos, sin otro interés que extraer de ellos el máximo beneficio posible. Por eso miran para otro lado cuando, en sus propias organizaciones, se registran casos de abusos sexuales, tapados hasta que no queda más remedio. Y por eso se callan ahora con Irán, percibido por alguna razón como un socio ideológico por su condición antiamericana y antisemita: hay que ser mamarracho para boicotear la Vuelta a España, Eurovisión o la Euroliga de baloncesto si participa algo relacionado con Israel y ponerse ahora de perfil o directamente debajo de las túnicas.
Que peguen, martiricen, repriman o maten a esas mujeres da igual si los criminales son de los nuestros, vienen a decir con su actitud. Aunque cinco minutos después, sin ningún pudor, salten a las canchas para decir que en España hay un sistema estructural contra ellas, perpetrado por ese peligro público que es el hombre blanco, católico y, el muy sinvergüenza, generalmente heterosexual.











