Carvajal, el pollo que está a punto de piar sobre ZP
Mayte Alcaraz.- Hugo Armando Carvajal Barrios (Venezuela, 65 años) fue el preso número 10555-506 en el centro penitenciario Brooklyn MDC, en Nueva York, precisamente adonde fueron llevados hace una semana Nicolás Maduro y su mujer. Se cierra así un círculo vicioso; gracias a la información facilitada para aminorar su pena por el que fue jefe de la contrainteligencia chavista, Washington ha conocido al milímetro el entramado criminal, liderado por Maduro, en el que Carvajal admite haber participado durante dos décadas. Un documento que obra en poder de Donald Trump y que constituye la confesión más directa de un jerarca venezolano. No es difícil concluir que, muy probablemente, habrá sido determinante para la «extracción» del dictador y el derrocamiento –a medias– de su régimen.
«El Pollo», así apodado por su instructor en la Escuela Militar Hugo Chávez, a causa de su escuálida figura, llegó a Brooklyn después de ser extraditado desde España, tras cuatro años de fugas y recursos. La justicia americana le esperaba para que rindiera cuentas por su relación con el narcotráfico y el blanqueamiento de capitales, cuando disfrutaba de un poder ilimitado como enigmático jefe de la contrainteligencia venezolana. Pero hay más aportaciones del exgeneral. Las que vendrán apuntan ahora a un viejo conocido de la afición bolivariana y española: José Luis Rodríguez Zapatero, que sumará una preocupación más tras conocerse que la Audiencia Nacional ha abierto diligencias contra él por su posible colaboración con ese sanguinario aparato represor. Del presidente «del talante», Carvajal conoce sus conexiones con la trama chavista; sin olvidar que también maneja datos de las relaciones del Palacio de Miraflores con Podemos.
Es decir, de las ganas de colaborar de este procesado pende una espada de Damocles sobre dos políticos españoles, Zapatero e Iglesias, responsables del envilecimiento en la última década de nuestra vida pública. El expresidente es muy buen amigo de los hermanos Rodríguez, Delcy y Jorge. No en vano, este último agradeció a ZP hace cuatro días sus gestiones en la liberación reciente de presos políticos. Una manera de blanquear la imagen del segundo presidente socialista, pero en el fondo un caramelo envenenado más que lo señala como una herramienta política al servicio de la dictadura. Trump habrá tomado nota de las palabras de Jorge Rodríguez.
Carvajal, un mediocre estudiante de la Academia Militar, participó del alzamiento armado de Chávez en 1992 contra el presidente Carlos Andrés Pérez. El mandatario fallecido, que siempre mostró con él gran complicidad, le agradeció su ayuda, nombrándole jefe de la entonces Dirección de Inteligencia Militar entre 2004 y 2011. A pesar de ser un todopoderoso líder de los espías, Estados Unidos le pisó desde el principio los talones y lo incluyó en su lista negra por delitos relacionados con la exportación de cocaína, relaciones con la guerrilla colombiana y posesión de armas. Hasta fue detenido en Aruba por efectivos norteamericanos, aunque el régimen pidió su liberación y consiguió imponer su inmunidad diplomática. Pero sus relaciones con el dictador fallecido se fueron enfriando. Ya con Nicolás Maduro de sucesor, Carvajal solo saboreó las mieles del poder hasta 2014. Tras obtener acta de diputado en las elecciones de 2015, perdió el favor del régimen. Llegó a culpar a Maduro de la muerte de decenas de jóvenes opositores en la calle, donde protestaban por la escasez de medicinas y alimentos. El vínculo se rompió.
Que sus relaciones con el hoy reo americano iban de mal en peor lo demuestra que, en 2019, el exjefe de la inteligencia bolivariana llegó a reconocer al Gobierno interino de Juan Guaidó. Inmediatamente, fue considerado un traidor. El siniestro Diosdado Cabello le juró odio eterno y denunció que El Pollo tenía una residencia carísima en Madrid. Así que, en marzo de 2019, el «traidor» huyó de Caracas y se dedicó desde sus redes sociales a delatar los movimientos del régimen y sus vínculos con el terrorismo de Hezbolá, con las mafias del narcotráfico y con los intereses espurios del petróleo. El 13 de abril de 2019, el antiguo jefe de la Inteligencia fue detenido en España, donde se camuflaba con el nombre prestado del exentrenador del Real Madrid, José Mourinho. Entre rejas trabó una relación con el comisario José Manuel Villarejo, perejil también de esta salsa. Otra vez el escapista se libró de ser extraditado a Norteamérica porque los tribunales españoles denegaron la petición por estar basada «en motivaciones políticas». Así alimentó su leyenda como «el Houdini del chavismo» o como un eterno escapista.
Pero las autoridades estadounidenses no cejaron en su intento de detener al exmilitar. El 17 de junio de 2021, la DEA facilitó una información definitiva a la policía española: el exchavista estaba oculto en un piso de la calle Torrelaguna, de Madrid, tras someterse a una operación de cirugía estética y camuflarse con pelucas, bigotes, barbas y disfraces. Además, nuestras Fuerzas de Seguridad también fueron alertadas de que Carvajal había llenado de plantas la terraza de su casa, para que nadie pudiera ver su rostro cuando se asomaba. Los agentes españoles tuvieron que derribar la puerta del zulo y llegar al procesado, que se había encerrado con un cuchillo en una habitación para defenderse. El capturado dijo que durante los dos años que llevaba escondido en España había cambiado en varias ocasiones de morada. Fue ingresado en la cárcel de Estremera, hasta que hace dos años la Audiencia Nacional cambió el criterio y aprobó su traslado a Washington por cargos de narcotráfico. La solicitud fue ratificada por un Consejo de Ministros presidido por Pedro Sánchez en marzo de 2020. Curiosamente, ese día se agrandó una de las peores amenazas que tiene sobre su cabeza José Luis Rodríguez Zapatero.
El veterano jerarca conoce, de primera mano, a cambio de qué ZP se ha convertido en mediador de la dictadura. También tiene información sobre Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero, tan adeptos a la tiranía hoy intervenida. Es solo cuestión de tiempo que «El Pollo» píe hasta quedarse ronco.












