La banda del Peugeot ya ha caído. Sólo falta Sánchez, el jefe, el peor de todos
La ética y la decencia están de fiesta. La limpieza y la honradez también porque la banda del Peugeot, uno de los grupos más peligrosos de la política mundial, ha caído y sólo falta por sufrir el castigo que merece el capo, Pedro Sánchez, el peor de todos ellos.
José Luis Ábalos, Koldo García, Santos Cerdán y, desde el 5 de noviembre de 2026, Cristian Corvillo —el último de los pasajeros del vehículo que recorrió España en las primarias de 2017— están en manos de la Justicia o han pasado por ella.
Solo queda libre el fundador del sanchismo, el inductor de un proyecto que comenzó con un fraude interno —la urna falsa en el Comité Ejecutivo del PSOE— y que se consolidó visitando agrupaciones en aquel Peugeot donde viajaba el núcleo duro.
La caída de ese grupo inicial es el símbolo de la ruina y el fracaso de un poder que nació en el fraude, creció en la corrupción y está agonizando en imputaciones, detenciones y condenas.
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La foto del Peugeot resulta demoledora: parece una imagen de Al Capone y sus secuaces circulando por las calles de Chicago, en los años treinta.
El sanchismo conquistó el poder con ese círculo reducido. Ábalos organizó la campaña, Koldo custodiaba los avales, Cerdán movía la estructura territorial y Corvillo conducía o acompañaba en los desplazamientos andaluces. Todos han acabado investigados o detenidos en tramas de corrupción vinculadas a contratos públicos, Adif y el entorno del Ministerio de Transportes.
Corvillo, detenido por la UCO en la última pieza del caso Koldo, aparece en informes como intermediario con anotaciones de hasta 100.000 euros. Sánchez, como es habitual, miente y afirma que “ninguna de esas personas tiene nada que ver conmigo”, a pesar de las fotos en las que aparece abrazado a Corvillo y de que este formaba parte del equipo que le devolvió la secretaría general.
El Gobierno niega que fuera chófer oficial, pero la evidencia de aquella campaña y las imágenes contradicen la versión. El capo se desmarca de sus secuaces cuando caen, como ha hecho con Koldo, con Leire Díez y con todos los que le resultaron útiles.
Ya solo queda libre Sánchez, el jefe de todos, el peor, el fundador del sanchismo y el inductor de decenas de corrupciones, abusos, suciedades, traiciones e injusticias.
La Justicia ha diezmado su entorno más próximo mientras él permanece aforado y protegido por el poder.
La banda del Peugeot no fue un grupo de colaboradores inocentes: fue el núcleo con el que se construyó un sistema de lealtades que luego se tradujo en nombramientos, contratos y opacidad. Su caída es el retrato del fracaso: quienes empezaron el camino están imputados o detenidos, y el que los lideró sigue libre. Esa asimetría no es justicia; es la prueba de que el poder ha servido de escudo al máximo responsable.
El 29 de noviembre, cuando se abran las urnas, los españoles podrán dar su merecido al único que, por ahora, ha logrado escapar de la Justicia.
La foto del Peugeot no es un recuerdo nostálgico de campaña: es el documento de un origen mafioso que ha terminado en detenciones. La banda ha caído. Queda el jefe. Y el 29 de noviembre los españoles tienen la oportunidad de cerrar el círculo que la Justicia, por ahora, no ha podido completar.











