Ir a elecciones sería la mayor trampa que Sánchez no puede permitirse: le devorarían
Por Raúl Heras.- Al presidente del Gobierno quieren arrojarle por la ventana de su despacho, desean verle estrellado sobre los adoquines de la Carrera de San Jerónimo y brindarían con champán políticos de todos los colores, empresarios de todos los colores y periodistas/comunicadores de todos los colores. Sería muy difícil que sumara los mismos escaños que consiguió en 2023 y no tendrá los mismos apoyos por su izquierda y, muy posiblemente, tampoco de los nacionalistas de derechas, ni desde Euskadi ni desde Cataluña.
La crisis de Ceuta va a estar en primera línea, con una larga serie de procesos judiciales para reconocer a los miles que están por los campamentos de la ciudad, y tendrá desde Vivas a Feijóo y Abascal dispuestos a golpear con esa piedra cualquier intento de soslayarla. Lo mismo va a suceder con la inmigración que ya está instalada en España y con la vivienda. No hay casas para todos y pasarán años antes de que estén construidas, incluso si se cambia la lenta maquinaria burocrática de crear suelo en las distintas ciudades.
No habrá financiación para tanto intento de compra y las normas de alquiler harán que los propietarios esperen a que pase la tormenta. Sí aumentarán las ocupaciones y los enfrentamientos, ya sea con el descubierto Sindicato de Inquilinas o con los tradicionales de UGT y Comisiones. Los barrios saturados se mantendrán en guerra y la convivencia retrocederá muchos años.
No lo tendrá nada fácil su sucesor, si es que se produce el proceso electoral y Feijóo y Abascal logran el poder total en España, salvo en Euskadi y Cataluña: Gobierno central, gobiernos autonómicos, la casi totalidad de los gobiernos de las capitales de provincia y los grandes ayuntamientos. Con un mínimo sentido de Estado, tanto el presidente del Gobierno como la oposición de dentro y fuera deberían pactar lo que se presenta como imposible.
Convocar un adelanto electoral sería una prueba de cobardía intolerable para cualquier líder político. Tras ocho años de gobiernos inestables y con una oposición empeñada en acelerar los tiempos que marca la ley electoral, Sánchez ha dejado muchos temas sociales sin atender o ha permitido que los aumentos sobre el IRPF se quedaran en nada por la aparición de nuevos impuestos sociales. Trampas sobre trampas y falta de visión preocupante por parte de la legión de asesores que pululan por el Palacio de La Moncloa.
Corre el peligro —lo corremos todos— de que sea Cataluña la gran beneficiada y pretenda arreglar el problema que arrastramos desde hace trescientos años convirtiendo la Generalitat en el auténtico fortín de la socialdemocracia a través de un Salvador Illa que no dudaría en sumarse a un pacto global con el resto de las fuerzas independentistas —que hoy dominan el Parlament por un abultado 109 escaños a 26—, en las que el nuevo partido de Sílvia Orriols le va a quitar muchos votos a todos los que están bajo el complejo de la mujer de Lot, mirando hacia un pasado que no va a volver.
Un pacto que organizaría un referéndum con todas las bendiciones legales y que se trasladaría, con gran contento por parte de algunos países y organizaciones, a las esferas internacionales como la ONU, el Parlamento Europeo y hasta el Tribunal de Derechos Humanos. No parece que España esté en condiciones de embarcarse en ese negro velero. La osadía demostrada por Pedro Sánchez desde hace diez años, y bien apoyada desde el exterior de nuestro país, tiene el escenario perfecto para ponerla en práctica y cumplir con lo que ha dicho tantas veces: las elecciones se harán cuando termine la legislatura.
El hombre que habita La Moncloa tiene el deber de respetar y ayudar a la monarquía, no por convencimiento, sino por utilidad, al ser casi el único órgano estructural que no está contaminado y puede y tiene la capacidad de mantener la unidad de España como base para los cambios que son necesarios. Cambios que ocupan ámbitos tan distintos como la vivienda, la educación, las pensiones, el control de la inmigración y una política exterior que sea consciente del dónde, del cómo y del cuándo debe actuar en el mundo global al que se enfrenta toda Europa.











