Discurso ante las Cortes: El Papa defiende la vida frente al aborto y la eutanasia y llama a los políticos a cuidar la convivencia social (Video)
El Papa pronunció este lunes un discurso ante las Cortes, reunidas en sesión conjunta, que quedará para los anales del parlamentarismo español por su hondura, reflexividad y poso. León XIV abogó por una «renovación moral», llamó a los legisladores a «ordenar jurídicamente la convivencia social» y les recordó que sus decisiones «tocan personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír». Además abordó todos los temas que están en el debate público. La polarización, la defensa de la vida, la ruptura de algunos consensos básicos, el multilateralismo, el valor del derecho internacional, la inmigración, las crisis climáticas, los peligros de la inteligencia artificial.
«El mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca. En este contexto, la paz se presenta como una aspiración política y, más aún, como una verdadera exigencia moral», señaló el Pontífice. Y continuó: «Reclama una palabra pública que respete a quien piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de sostener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio de la discrepancia».
León XIV advirtió sobre la «cultura del descarte» ante un Parlamento que aprobó la ley de la eutanasia en 2021 y que está tramitando una reforma imposible de la Constitución (por la oposición del PP) para introducir el aborto en la Carta Magna. «Si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?», se preguntó. «La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad» reflexionó.
El hemiciclo tenía el ambiente de las grandes ocasiones, con las tribunas de autoridades y prensa abarrotadas. Estuvieron, entre otros, el presidente del Tribunal Constitucional, Cándido Conde-Pumpido, la del Supremo y del CGPJ, Isabel Perelló, la del Consejo de Estado, Carmen Calvo, los expresidentes Mariano Rajoy y José María Aznar -faltaron José Luis Rodríguez Zapatero y Felipe González-, el alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida, y los presidentes de Cataluña y Asturias, Salvador Illa e Isabel Celáa.
El Papa recordó el legado de la Escuela de Salamanca de Fray Francisco de Vitoria, de cuya fundación se cumplen 500 años. «Contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. Ese anhelo sigue hablando también hoy: que la dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional», remachó.
Asimismo, destacó la situación de los migrantes y refugiados, que ocupan una parte nuclear de esta visita, con parada en Canarias. «Exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos. De ahí nace una doble exigencia de justicia social: ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, entre ellas las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática», aseguró.
En un mundo en guerra, León XIV hizo una firme apuesta por la paz: «Exige valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo y en la obligación de los Estados de resolver sus controversias por los caminos pacíficos que ofrece el derecho internacional. Toda guerra constituye, en última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar y también de aquella conciencia común de la humanidad que reconoce vínculos de justicia entre las naciones. Las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera», aseguró. Y añadió: «La comunidad internacional está llamada a redescubrir el valor indispensable del diálogo como camino paciente hacia acuerdos justos y duraderos, fundados en el respeto a los tratados, en la transparencia de la acción diplomática y en la voluntad sincera de anteponer la paz al recurso a la fuerza. De ahí nacen la confianza y la esperanza».
El Pontífice reivindicó «la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, derecho fundamental que tutela el ámbito más íntimo de las personas». «Los pueblos aprendieron que el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía», siguió.
«Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse. Les invito a alzar, pues, la mirada: no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír», insistió.
«España puede ofrecer mucho en este camino. Cuenta con una lengua que une continentes; una tradición cultural, jurídica y espiritual que ha sabido poner en diálogo fe y razón, derecho y conciencia, unidad y pluralidad. Esta experiencia histórica recuerda también el valor de la concordia y del esfuerzo paciente por construir una convivencia pacífica y justa», dijo en los compases finales. «Que esta noble nación jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro. Que España continúe siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza. Y que su vida pública sepa unir siempre la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio. Que Dios conceda paz a todas las naciones de la tierra, concordia a las familias y serenidad a las conciencias. Y que, sobre el Reino de España, marcado por la huella apostólica de Santiago y por la presencia maternal de la Virgen del Pilar, desciendan días de prosperidad, justicia y paz duradera», concluyó.
Tras las últimas palabras, el hemiciclo al completo se puso en pie y aplaudió al Santo Padre durante casi siete minutos. Se trata de una de las ovaciones más largas que se han vivido nunca en el Congreso de los Diputados y contó con la participación de todos los grupos políticos, tanto de un bando como de otro. Incluso el presidente del Gobierno aplaudió hasta el final pese a los duros mensajes que había dedicado el Santo Padre contra sus políticas.













¿Acaso busca León XIV la convivencia social? Parece que no porque él ha rechazado conservar el monumento católico a la paz y la reconciliación de los españoles que, por otra parte, es basílica vaticama (Valle de los Caídos)? Todo apunta a que es un Fariseo