Zapatero, entre la familia y la ‘famiglia’

Una de las hijas (d) del expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero a su salida de la sede de su empresa tras el registro efectuado por la UDEF
José Luis Rodríguez Zapatero (Valladolid, 1960) no se llegaba sin antes pasar por Gertru, su fiel secretaria. Hermana de la alcaldesa de Velilla de San Antonio, Antonia Alcázar – también en el punto de mira judicial-, Gertrudis era su parapeto. Los periodistas que pretendíamos tener acceso al segundo presidente socialista, la conocimos bien; en Moncloa mandaba ella y, desde 2011, cuando Zapatero dejó el Gobierno, ha sido la sombra de Peter Pan cosida a sus pies en todo. También en los negocios: la UDEF terminó cacheándola el día del registro.
Hoy, el juez José Luis Calama, la cita como una pieza importante en las estructuras societarias del expresidente y la liga con una sociedad opaca en Dubai de clientes chinos para eludir los controles de la justicia americana. Gertru no era de la familia Zapatero, pero era tratada como tal. Las que sí lo son responden al nombre de Laura y Alba Rodríguez Espinosa, las hijas del exmandatario, dos jóvenes treintañeras que pasaron gran parte de su adolescencia en las lujosas estancias de un Palacio, adonde llegó su padre tras un terrible atentado.

Saltaron a las portadas de los periódicos cuando, como indisimuladas fans de Obama y siguiendo la estela de su madre Sonsoles, acompañaron al padre, presidente del Gobierno, a un encuentro con el entonces inquilino del Despacho Oval. Después del encuentro, la Casa Blanca, todavía se desconoce si con ganas de agradar o de molestar, colgó inesperadamente la foto mostrando la imagen «gótica» de las dos menores que, injustamente, fueron objeto de memes crueles. Hay quien sostiene que en Washington hicieron pagar a ZP el que no se levantara ante la bandera americana durante el desfile del Día de la Hispanidad, cuando todavía era jefe de la oposición a Aznar. Después dio más motivos: su primera decisión al ser investido fue retirar, sin consultar con el resto de los aliados de la OTAN, las tropas de Irak.

Hoy, las chicas Zapatero, ya mayores de edad y con decisión sobre lo que firman y lo que ingresan, han leído su nombre en un auto de imputación demoledor. Un auto donde se investiga a su padre por blanqueo de capitales, falsedad documental, organización criminal y tráfico de influencias. Es evidente que si se demuestra que ambas formaban parte de la trama y se beneficiaron de los trapicheos, serán llamadas por el juez y, es probable, que en calidad de investigadas. La madre de las jóvenes, Sonsoles, silente y fuera de foco desde los tiempos en Moncloa, está muy preocupada y expectante ante la posibilidad de que su marido «cante» antes de que lo haga su «lacayo», según le denominaban los compinches, Julito Martínez, para aminorar su pena. Será el momento en que el exsecretario general de Ferraz tenga que decidir ante un dilema moral terrible: poner a salvo a sus hijas denunciando a los que se plegaron al tráfico de influencias u optar por callar para proteger a los que actuaron desde el Gobierno para cumplir sus deseos. Él influía, pero el Consejo de Ministros ejecutaba. Zapatero, entre la familia y la famiglia. La primera la construyó en 1990 con Sonsoles, soprano de profesión, a la que conoció cursando ambos la carrera de Derecho. Tres años después de la boda de la pareja, que hoy permanece felizmente unida, nacía Laura, y en 1995, la benjamina Alba.

Nada supimos de ellas desde que el clan abandonó en 2012 la Moncloa. Pero todo cambió cuando su fulgurante carrera profesional saltó a los medios. Ambas, con estudios en Comunicación Audiovisual, crearon en 2019 una sociedad, Whathefav, una suerte de agencia de publicidad que hoy sabemos -gracias al auto- que ingresó 561.440 euros de una empresa fantasma relacionada con los negocios de su padre y directamente ligada al rescate de Plus Ultra. El patrimonio de las muchachas subió como la espuma, simplemente por maquetar informes de consultoría que, en teoría, elaboraba su progenitor. Ese asombroso progreso laboral bajo la larga sombra de su padre en ámbitos públicos, tan lejos de la precariedad sufrida por los jóvenes de su edad, levantó suspicacias. Por eso, la ley de enjuiciamiento criminal española le calcula 18 años de cárcel al cabeza de familia y diez de inhabilitación por cada uno de los delitos, siempre que se pueda probar su culpabilidad.

Todo esto no sucede por su apostolado a favor de la alianza de civilizaciones, ni por su verbo envuelto en algodón de azúcar, ni por haber legitimado a los herederos de ETA, ni siquiera por haber hecho carrera gracias a la división cainita que inoculó en la sociedad tras el 11-M. Tampoco por negarse a dimitir cuando Obama y Merkel le llamaron para que recortara nuestro Estado del Bienestar. Medidas que desembocaron en el 15-M, después en Podemos -de los que, curiosamente, se hizo muy amigo- y finalmente en una fragmentación parlamentaria que ha sido letal para el sistema. Pero él se lavó las manos y dejó el muerto a Rubalcaba, que perdió ante una mayoría absoluta de Rajoy. Cuando el político gallego abrió los cajones del despacho noble de Moncloa se encontró, oculto tras una artimaña contable, un 9% de déficit y la amenaza de un rescate que él terminó conjurando. Era el legado del «hombre del talante», que aseguró antes de irse que el agujero económico era «tan solo» del 6%.
A José Luis la fortuna siempre le acompañó en su periplo político. De ser un gris diputado por León, sentado en el gallinero del Congreso, pasó a dirigir el PSOE, en el mítico 35 Congreso de 2000, tras ganar a José Bono por solo nueve votos. Rechazó la víspera del cónclave un pacto secreto con el manchego, al que luego nombró ministro y presidente del Congreso. Fue a por todas y el tiempo y su falta de escrúpulos le dieron la razón. Cuatro años después, y aprovechándose de la conmoción de un brutal atentado que dejó 193 inocentes asesinados en unos trenes -y de los réditos que logró Ferraz de los errores de comunicación del gobierno de Aznar-, terminó de presidente del Gobierno. A partir de ahí reabrió el guirigay independentista, claudicó ante Otegi y los asesinos de ETA, e inventó lo de poner cordones sanitarios a la oposición, es decir, aniquilar a la derecha para que nunca gobernara. Forjó las bases del sanchismo, luego tuneado con saunas, prostitución y torrentes de todo a cien.

En mayo de 2011 Francia se incautó de las actas redactadas por ETA en las negociaciones con el Gobierno de Zapatero. En ellas, los terroristas hablaban de la necesidad de poner intermediarios «para acceder a Gorburu» (hombre rojo), apelativo en clave por el que conocían a ZP, que con el tiempo se arrogaría el mérito de haber acabado con los asesinos, cuando realmente fue su mejor valedor, una frágil veleta dispuesta a rendir al Estado a cambio de convertir a los legatarios de la banda, con uno de sus principales matones a la cabeza, en un partido «blanco» con el que pactar las pensiones de los españoles. Un papelón digno de Hollywood que sus interlocutores, encabezados por Arnaldo Otegi, se encargaron de desenmascarar. Corría la primavera de 2005, un año después de las bombas de Atocha, cuando el líder de ETA era detenido por pertenencia a banda armada, y en la vistilla previa le preguntó al fiscal que pedía para él prisión incondicional, que si Cándido Conde-Pumpido conocía lo que estaba pasando. Daniel Portero, hijo del fiscal asesinado en 2000, Luis Portero, escuchó las bravuconadas de Otegi. El etarra preguntaba si un fiscalillo tenía permiso del jefe para empurarle a él, nada menos que al negociador de «Gorburu». Luego, el propio Pumpido lo justificó con aquello de que los jueces tenían que arrastrar las togas por el polvo del camino. Y de aquellos polvos estos lodos que hoy tienen a la suya para el tinte en el TC.


Pero el hombre de la «zeja», el faro de Almodóvar, Bardem y Víctor Manuel, tardaría en convertirse en el gurú del actual jefe del Ejecutivo. En las guerras intestinas entre Susana Díaz, la candidata del aparato de Ferraz, y Sánchez, Zapatero siempre fue con la andaluza. El vengativo actual jefe del PSOE tardó en perdonárselo. Pero ese momento llegó en 2021, cuando los escándalos de Ábalos se lo pusieron muy fácil para apartar al ministro y colocar de susurrador oficial a ZP, que venía empujando con sus ganas de hacer caja y de cabildear con dictadores. Conseguir que Sánchez le levantara el castigo le obligó a lavar toda su sucia colada -Puigdemont, Bildu, ley de amnistía- y a resucitar, a base de rebajarse ante Pedro, su ascendencia sobre la militancia podemita del PSOE, hasta desembocar en su santificación con el definitivo empuje que dio al sanchismo en las elecciones del 23 de julio de 2023, que la derecha tenía ganadas de largo en las encuestas.
Así que José Luis -como relata el auto- pudo, como recompensa por tantos servicios a Moncloa, «poner sus contactos personales y su capacidad de acceso a altos cargos de la Administración al servicio de terceros interesados en obtener decisiones favorables». Pero no solo eso. El FBI, el Tesoro americano y, lo más abracadabrante, el Departamento de Seguridad Nacional de Washington, el mismo que aconsejó la extracción de Nicolás Maduro por sus lazos con el narcotráfico, también le investigaban. Por esa vía, puede haber sorpresas muy desagradables para el faro moral de la izquierda; para el mal llamado «Bambi», un apodo infantil que la prensa atribuyó a Alfonso Guerra, pero que realmente le puso el fallecido Raúl del Pozo, un cervatillo que finalmente resultó ser un lobo de Walt Street.

La policía americana, en cooperación con los agentes judiciales españoles, seguía el rastro del dinero del rescate a Plus Ultra, en el que habría intermediado el hoy imputado para que su amigo Sánchez liberara, en una decisión colegiada del Consejo de Ministros -donde se sentaban los amigos de ZP: Pablo Iglesias e Irene Montero-, 53 millones de euros para una compañía aérea que no reunía ningún requisito para ser inyectada con nuestro erario: tenía más de 450.000 euros de deuda «aplazada» con la Seguridad Social, un solo avión, no era estratégica y sus propios auditores han revelado ahora que estaba en proceso de disolución. ¿Por qué hubo ese interés desaforado por que el sanchismo la reflotara durante pandemia? El Departamento de Seguridad Americana tiene la respuesta. Y quizá, pronto, nosotros también.
Hugo Armando «El Pollo» Carvajal, hombre de confianza de Hugo Chávez, también se sumó al clamor contra el antecesor de Pedro: denunció hace tres años en la Audiencia Nacional que este taimado cómplice de los bolivarianos apellidado Zapatero recibió pagos irregulares del régimen dictatorial venezolano e incluso apuntó a que tenía una mina de oro en ese país. Para muestra un botón: una de sus protegidas más sonadas es Delcy Rodríguez, vicepresidenta de Maduro y hoy encargada presidenta, la sujeta a quien, en la madrugada del 19 al 20 de enero de 2020, José Luis Ábalos recibió a escondidas en el aeropuerto de Barajas y de cuyo avión salieron maletas con secretos inconfesables. ¿Quién gestionó ese ilegal aterrizaje de Delcy? Zapatero, «mi príncipe» para Delcy, que era su «dama», en la jerga de los mangantes, según los registros de la policía.


Zapatero ha demostrado con creces que tiene especial pituitaria para maridarse con lugares donde la democracia brilla por su ausencia y donde el ambiente huele a dinero. Su objetivo estaba -hasta que la Audiencia Nacional le ha mandado parar- en Asia, junto al gigante tecnológico chino Huawei, cliente de una consultora del que fue su hombre de confianza, José Blanco. Zapatero, que tenía previsto salir de España en viaje «privado» el mismo día en que la UDEF registró su oficina pagada por el PSOE, estaba haciendo una buena hucha para mantener su nivel de vida: vive en una mansión en Valdemarín, Aravaca, que compró en 2019 por 800.000 euros, aunque en el mercado se vendía por más de dos millones de euros. Aunque en principio compraron un chalé en León para retirarse a tomar botillo, terminaron vendiéndolo para empadronarse en Madrid. Enseguida vio el expresidente el negocio que suponía trabajar de lobista en Caracas, en Marruecos (con su amigo Moratinos de enlace) y finalmente con los chinos. Su especialidad ha sido siempre, como se puede comprobar, el mundo libre y los dirigentes democráticos. E infantilizar a sus votantes, proclives a creerse sus pedanterías: «No matemos al vecino, invitémosle a tocino», escribió su admirada Gloria Fuertes, a la que cita en casi todas sus comparecencias. Por eso, Zapatero bajaba de las nubes a ratos para recortar el sueldo a los funcionarios y congelar las pensiones, para seguidamente defender narcoestados -Leguina dijo con acierto que si no recibía compensaciones de esas tiranías es que era «imbécil- y siempre para cavar trincheras para uso y disfrute posterior de Sánchez.

Estos días prepara Rodríguez Zapatero con su letrado Moreno Catena su comparecencia ante el instructor el próximo 2 de junio. Este especialista en hallar defectos de forma en los procedimientos judiciales no estuvo muy de acuerdo con la intervención que grabó Zapatero en la puerta de su proletaria mansión del oeste de Madrid el martes, poco después de conocer su imputación. Hasta dijo que iba a convocar una rueda de prensa, que le ha sido desaconsejada. Total, ya ha sembrado de mentiras todas sus comparecencias públicas, así que no hacía falta proclamar más embustes que, según su defensa, podría complicarle aún más las cosas. Otro José Luis (Ábalos) al que la trama zapateril le quitó el negoció en julio de 2021, está advirtiendo desde Soto del Real que, si cae el hombre de las buenas palabras y los malos hechos, cae todo. Y que después de Pedro no hay nada. Él sabrá de lo que habla. Mañana lunes conoceremos todo el sumario, menos la pieza internacional -atémonos los machos- que seguirá bajo secreto.
*Artículo de Mayte Alcaraz en El Debate











