Pedro Sánchez: narcisismo de Estado
Fernando Villena.- Dicen que el poder desgasta. Pero en el caso de Pedro Sánchez ocurre algo distinto: el poder no le desgasta, le reafirma. Como si cada crisis, cada escándalo y cada polémica no fueran señales de alarma, sino combustible para su propia narrativa.
Si el diccionario tuviera que ilustrar la palabra engreído, podría ahorrarse definiciones y poner una foto. Presumido, arrogante, altanero, jactancioso, fanfarrón… no son calificativos: son capas. Capas de un personaje político que ha convertido la autoconfianza en dogma y la realidad en algo secundario.
Porque lo verdaderamente fascinante no es que Sánchez gobierne en condiciones complicadas —eso entra dentro de lo esperable—, sino que lo haga como si nada de lo que ocurre a su alrededor tuviera la menor capacidad de erosionarle. Corrupción en el entorno político, decisiones discutidas, tensiones constantes… y, sin embargo, ahí sigue, imperturbable, como si todo formara parte de un decorado irrelevante.
No hay crisis, hay ruido. No hay desgaste, hay relato. No hay problema que no pueda reinterpretarse.
Y, por supuesto, no hay elecciones.
Convocar a los ciudadanos implicaría algo peligrosísimo: escuchar. Y escuchar implica aceptar que uno puede no gustar, puede haber fallado, puede —en el peor de los casos— perder. Pero ese escenario no encaja en la lógica del dirigente engreído. Porque el engreído no gestiona la posibilidad del error: la descarta.
Así que el guion se mantiene. Mayorías cogidas con alfileres, socios incómodos, equilibrios imposibles… todo vale mientras el foco siga donde debe: en él. En su capacidad de aguante. En su supuesta superioridad estratégica. En esa imagen de líder indestructible que, curiosamente, necesita reafirmarse cada día.
Hay algo casi admirable en esa resistencia. Y al mismo tiempo, profundamente inquietante. Porque cuando un dirigente confunde aguantar con tener razón, la política deja de ser un espacio compartido para convertirse en un monólogo.
Un monólogo largo, cada vez más largo.
Y en ese monólogo, España no es tanto un país que se gobierna como un escenario que se ocupa. Un lugar donde el poder no se ejerce con prudencia, sino con una mezcla de cálculo y vanidad que roza lo teatral.
Al final, el problema no es que Pedro Sánchez sea engreído. El problema es que ha demostrado que, si se administra bien, el engreimiento puede ser perfectamente compatible con mantenerse en el poder.
Aunque sea a costa de convertir la política en algo cada vez más parecido a un ejercicio de resistencia personal.
O, dicho de otra forma: no gobierna pese a su engreimiento.
Gobierna desde él.












Qué artículo más benigno, más suave, más tolerante para el personajillo más odioso y más tirano de toda la historia de España. No sólo la inmensa mayoría de los españoles le odian y le desprecian, es que hasta las piedras y pedruscos ya no le aguantan más.
Desde luego, pero es que, cual malvada araña, las telas de Sánchez llegan muy, muy lejos.