No solo nos llaman gilipollas, sino que nos lo susurran en el cogote
Xavi Altamirano.- Para cualquier españolito de a pie, la política actual es una guerra desatada entre dos bandos: uno de izquierdas y otro de derechas, progresistas y conservadores, a los que hay que respetar según dicten las urnas.
Muy pocos nos atrevemos a cuestionar la necesidad de abrir los ojos y llamar a las cosas por su nombre.
La izquierda: utiliza la justicia social como parapeto para aumentar la burocracia y el control social.
La derecha: suele prometer bajadas de impuestos que nunca llegan a compensar el gasto público, manteniendo estructuras corporativistas que favorecen a grandes empresas cercanas al poder y así pueden seguir pagando la maquinaria que han creado.
En ambos casos ponen el cazo (últimamente lo hacen los puteros).
Estamos en un sistema dominado por la habilidad de los políticos — todos —, que se han montado un sistema magnífico donde la libertad de pensamiento se ha anulado, aniquilando las corrientes ideológicas de las entrañas de sus partidos y limitándose a criar y formar políticos calladitos y aplaudidores, que hoy ocupan los escaños de la “cla” en la que han convertido nuestro parlamento, que debería ser la sede de una democracia y hoy se ha transformado en un sitio diseñado para perpetuar una casta política a expensas de la soberanía individual.
El primer análisis de un antisistema como yo sobre la España actual se centra en la falsa dicotomía partidista. No importa quién ocupe el Palacio de la Moncloa: la estructura del Estado permanece intacta y en constante crecimiento. Tanto la autodenominada izquierda como la supuesta derecha liberal comparten una premisa fundamental: el Estado debe ser el eje vertebrador de la sociedad y no se puede modificar nada de este chollo rentable y bien agarrado.
Justo por lo explicado está ocurriendo el fenómeno VOX: otros que vienen al mismo lío. Su única intención es coger sitio en el sistema para hacer con nosotros exactamente igual que los otros dos. Cualquiera que escuchase o leyese las 100 medidas iniciales que VOX pregonaba habría caído en la trampa. Venían a anular las subvenciones a los partidos políticos y, en cuanto las trincaron, nunca más lo han repetido. El “Santi” se compró la casa de Conde Orgaz —ni siquiera disimuló haciendo un alquiler con opción a compra—. También se la iban a quitar a los sindicatos, pero crearon uno para no desperdiciar recursos.
Con eso os debe valer, pero también se han quitado de en medio a todos los que tenían capacidad de gestión, pero molestaban al caudillo Abascal. Espinosa os puede contar.
Así que todo sigue igual y va a seguir siéndolo.
Para mí, España no vive en una democracia real, sino en una “partitocracia”. El sistema electoral de listas cerradas y la dependencia de los partidos de la financiación pública convierten a los ciudadanos en meros paganinis que validan, cada cuatro años, a sus propios bandoleros de rentas. El sistema tributario español castiga el ahorro, la inversión y el esfuerzo individual para alimentar un aparato estatal elefantiásico. La deuda pública, que supera el 100 % del PIB, es vista como una hipoteca moral impuesta a nuestros nietos sin su consentimiento. Desde esta óptica, el Estado español está técnicamente quebrado y solo sobrevive gracias a la respiración asistida del Banco Central Europeo, lo que retrasa, pero agrava, el colapso inevitable. La ingeniería financiera que realizan estos “chupones” terminará por cantar la gallina.
Se nos cuenta que el dinero público es para sanidad y educación. Sin embargo, todos vemos cómo una parte desproporcionada del presupuesto se destina a mantener la propia maquinaria administrativa, subvenciones a chiringuitos ideológicos y un sistema de pensiones que funciona como una estafa piramidal de libro.
Tenemos que despabilar, porque este sistema no se puede arreglar desde dentro, porque el mismo “sistema” es el problema. La política española ahora es el arte de gestionar el declive de una nación que ha olvidado que la prosperidad solo nace de la libertad, nunca de la planificación que nos puedan diseñar estos mediocres ridículos.
No solo nos llaman gilipollas, sino que nos lo susurran en el cogote.











