Vox: más culto al líder que proyecto político
Miguel Ángel Villaverde.- El liderazgo de Santiago Abascal atraviesa uno de sus momentos más cuestionados desde que irrumpió con fuerza en la política nacional. Lo que en sus primeros años se presentó como un proyecto de renovación patriótica se ha ido transformando, según denuncian antiguos dirigentes y cuadros internos, en una estructura cada vez más vertical, impermeable a la discrepancia y dependiente de un núcleo reducido de leales. La consecuencia más visible es la fuga constante de perfiles con experiencia institucional y peso político.
En Vox ya no sorprenden las salidas abruptas, los ceses fulminantes o los portazos mediáticos. Lo que sí preocupa a parte de su electorado es el patrón: quienes abandonan suelen compartir una crítica común al estilo de mando del presidente. Hablan de decisiones tomadas sin debate, de purgas internas disfrazadas de reorganizaciones y de una cultura política donde la fidelidad personal pesa más que la capacidad o la trayectoria.
Este tipo de liderazgo puede resultar eficaz en fases iniciales de crecimiento, cuando la disciplina férrea facilita la cohesión y el mensaje claro. Pero en partidos que aspiran a consolidarse como alternativa de gobierno, la ausencia de pluralismo interno suele convertirse en un lastre. La política institucional exige equipos complejos, negociación constante y talento diverso; si esos perfiles perciben que no hay espacio para la discrepancia, simplemente se marchan.
La paradoja es evidente: un proyecto que nació denunciando las élites políticas tradicionales corre el riesgo de reproducir algunos de sus peores vicios, sustituyendo el debate por la obediencia y el mérito por la cercanía al líder. A medio plazo, ese modelo no solo erosiona la calidad interna de la organización, sino también su credibilidad externa.
La pregunta que queda abierta es si Abascal optará por reforzar aún más el control —apostando por un partido homogéneo pero más pequeño— o si entenderá que la fortaleza política real no se construye desde el mando incuestionable, sino desde la capacidad de integrar talento, incluso cuando ese talento discrepa. Porque ningún liderazgo, por carismático que sea, puede sustituir indefinidamente a un equipo sólido. Y los equipos sólidos no florecen donde la crítica se interpreta como deslealtad.











