Ortega Smith: donde las dan, las toman
AR.- En política, como en la vida, el tono que uno siembra suele ser el que acaba cosechando. Ortega Smith, otrora todopoderoso secretario de Organización de Vox, el hombre que dirigía los territorios como virreinatos, con una estructura dependiente de su caprichosa voluntad, ha sido expulsado por el partido que le tuvo como a uno de sus mentores.
Ortega Smith tenía “el partido hecho un desastre” cuando fue relevado en 2022 de sus tareas al frente de la parcela organizativa, provocando una deserción masiva de militantes.
Era habitual que a Smith se le reprochara un estilo personal que “maltrataba a la gente”, generando conflictos internos y desgaste de cuadros.
Ese deterioro organizativo fue una de las razones por las que se decidió sustituirlo por Ignacio Garriga.
Estas críticas no son nuevas, pero han cobrado fuerza con la crisis actual porque explican —según sus detractores— por qué Vox tiene hoy problemas de implantación territorial y disciplina interna.
La situación que ha estallado ahora (suspensión de militancia) está directamente conectada con ese pasado organizativo:
Ortega Smith fue apartado progresivamente de cargos desde 2022 tras perder la secretaría general y peso en la dirección.
Ortega Smith fue el responsable directo de la debilidad de las estructuras territoriales, así como de la implantación desigual y dependencia de liderazgos personales.
Para muestra de los conflictos internos y fuga de cuadros, este botón: Vox Málaga pasó de tener 4000 militantes en 2019 a la pírrica cifra de 149 en la actualidad.
No es un fenómeno nuevo. La política española tiende a amplificar a quienes elevan el volumen. Pero hay una diferencia entre la firmeza ideológica y la arbitrariedad como estrategia. Ortega Smith ha cruzado esa línea en numerosas ocasiones, priorizando la adhesión personal a la meritocracia como fórmula de ascenso en los territorios. El problema es que la fórmula funciona como un bumerán: vuelve, y suele hacerlo con más fuerza.
La “honorabilidad herida” de Ortega Smith
Tiene gracia que hoy Ortega Smith apele a su honorabilidad herida cuando su prevaricadora conducta dejó tan maltrecha la de tantos militantes valiosos. Sirvan estos tres ejemplos:
El primer caso se inicia con una serie de denuncias sobre un comportamiento sexual inadecuado (envío de videos masturbatorios) cometido por un afiliado de VOX en Málaga que realizaba funciones relacionada con afiliación y con la responsabilidad de la sede, dónde entraban muchas chicas jóvenes.
Ante la falta de respuesta por parte de la Comisión gestora, el ex número 2 del partido, Antonio Pulido, elaboró una carta advirtiendo a los padres de las chicas jóvenes de tal circunstancia, que se publicó en un grupo de chat privado y que, posteriormente, fue filtrado a la prensa.
El coordinador de Andalucía de VOX y brazo ejecutor de Ortega Smith, Jacobo Vázquez, apodado “el chusquero”, un antiguo suboficial del Ejército de Tierra, lo denunció por dos motivos que se nos antojan totalmente inexactos. El primero de ellos es haber filtrado la carta a este medio de comunicación, cuando no se disponía de prueba alguna de que haya ocurrido así y el segundo, haber publicado en un chat privado su opinión sobre el hecho de que esta persona estuviera en contacto con las mujeres del partido y que no existiera reacción alguna a estas denuncias.
Ortega Smith y “el chusquero” olvidaron que la libertad de expresión es uno de los más preciados Derechos Fundamentales recogido en la Constitución Española.
Este caso provocó la marcha de cientos de militantes y la creación de una plataforma de críticos que elevó la tensión interna al máximo nivel.
Ortega Smith debería también responder a la cuestión de si la honorabilidad de los afiliados de Vox Granada son de inferior categoría.
Vox tuvo que pagar 70.000 euros a los afectados por sus primarias ilegales en Granada. Más de un año después de que el caso llegara a los juzgados, el sector crítico en la provincia granadina ganó finalmente el caso. Ante la imposibilidad de repetir el proceso interno, ya que el partido eliminó la figura de las primarias ante los constantes procesos judiciales abiertos en todo el país por su irregularidad, solo quedaba la indemnización económica y, claro, la razón por parte de la Justicia. Nada ilustra mejor el desatino organizativo de Ortega Smith que la condena al partido en el que tenía mando en plaza por cometer fraude… ¡contra los propios afiliados!
El tercer caso fue igual de chusco. Tras unas reñidísimas primarias en Málaga, el candidato crítico, Enrique de Vivero, ex coronel de La Legión, se impuso contra todo pronóstico al candidato oficial José Enrique Lara, hombre de la máxima confianza de Abascal y Smith.
Bambú (sede nacional de Vox) tomó entonces la decisión que alejó del partido a miles de militantes: forzó la dimisión del ex coronel y creó una gestora presidida por la diputada Patricia Rueda, quien solo dos años fue designada candidata al Congreso por decisión unilateral de Lara, sin tener siquiera el carnet de militante.
Quien convirtió el partido en un campo de batalla constante no puede sorprenderse cuando termina siendo objetivo prioritario. La indignación selectiva pierde credibilidad cuando se ha banalizado previamente la del adversario. En ese sentido, el momento actual no es tanto una injusticia personal como una consecuencia lógica de una trayectoria política basada en el lacayismo de los cuadros provinciales.
Por eso, lo que hoy ocurre no es más que la expresión de una regla básica: donde las dan, las toman. Y quizá sea una oportunidad —si se quiere aprovechar— para reflexionar sobre el tipo de política que se practica y sus consecuencias.











