La sociedad civil al margen de la recuperación democrática en Venezuela mientras el chavismo sigue en una posición de fuerza
EN.- Cuarenta y cinco días después de la captura y extracción de Nicolás Maduro, que desató una alegría similar a la del 11 de abril más famoso de la historia de Venezuela, la ecuación política en desarrollo no luce como lo más conveniente para la recuperación democrática, ni tampoco para el progreso social y económico. Era impensable que el chavismo se entendiera con la Casa Blanca de Trump -no la de los demócratas- pero está ocurriendo frente a los ojos y la impotencia de los venezolanos para intentar cambiar el curso de los acontecimientos.
El plan anunciado por Washington -y celebrado en Miraflores- que coloca la democratización después de un par de etapas en la que se estabilizaría el país y se marcaría la senda de su recuperación (solo económica, en apariencia) no es el plan que favorece los intereses de los demócratas venezolanos. ¿Dónde y cómo se escucha la voz política que propugna el cambio en nuestro país? ¿Cómo imaginamos que tendrían que ocurrir las cosas para que ese cambio político se haga realidad en un tiempo prudencial?
Las cabezas del régimen -con las de los Rodríguez en plan estelar- han permitido cierta consulta popular sobre el proyecto de ley de amnistía sin que haya seguridad de que las observaciones y propuestas formuladas sean incorporadas al texto definitivo. Aparentan escuchar pero son irreductibles, que era un viejo grito de la izquierda más atrasada que nunca aceptó la derrota de la lucha armada, 50 años atrás, y la incorporación a la tan “despreciable” democracia puntofijista.
El chavismo aún discute en una posición de fuerza que se evidencia en esa idea que tratan de vender de que nos están ofreciendo una oportunidad para volver a la vida política bajo sus parámetros. La sociedad civil, la sociedad democrática y su liderazgo, cree en otra política y tiene que explicitarlo con firmeza, con claridad para que lo escuche el poder en Washington y la señora Laura Dogu en Caracas, encargada por Marco Rubio para levantar un “mapa” político del país.
El primer concepto que debe retumbar los oídos a un lado y otro es que sin un gobierno legitimado por el pueblo – que no era el de Maduro, ni es el de Delcy Rodríguez- la ruta de la estabilización, la recuperación y la postergada transición puede fracasar. Si de algo están seguros los venezolanos es que solo el cambio se convertirá en un factor anímico y político de tal envergadura que acelerará el regreso de los exiliados, impulsará la producción nacional y se convertirá en el centro del reencuentro y la solidaridad.
La señora Dogu, el señor Rubio, y el jefe de ambos, el presidente Donald Trump, deben saber lo que el pueblo venezolano logró, en desventaja extrema y hostilidad permanente, para legitimar su liderazgo político y luego apabullar en la elección presidencial del 28 de julio de 2024 a los responsables de la tragedia nacional. ¿Qué fuerza política en el mundo gana con una diferencia 70 a 30 en un proceso donde, incluso, se impidió votar a millones de venezolanos que hubieran con seguridad abultado aún más el resultado?
El nuevo liderazgo político proclamado por Trump está obligado a actuar aún con más ímpetu, con más audacia, con inteligencia, con la suma de más factores ciudadanos, políticos, gremiales y sindicales, para avivar el profundo reclamo de libertad y democracia, como ingredientes imprescindibles para la estabilización, el progreso, la convivencia y la reconciliación. Sin venganza, sin retaliaciones, con la máxima amplitud, sin cartas escondidas, con un plan certero y realista. “Manos a la obra”, dijo la señora Dogu. ¡Hagamos eso realidad!











