No se humille ante Vox, señora Guardiola
Ana María Vera.- La presidenta de la Junta de Extremadura, María Guardiola, llegó al poder con un discurso claro: dignidad institucional, moderación y centralidad política. Ese mensaje conectó con muchos ciudadanos cansados de la crispación permanente. Precisamente por eso, cualquier gesto de subordinación política ante Vox no solo sería incoherente, sino profundamente decepcionante para quienes confiaron en ella.
Gobernar en minoría exige negociar, sí. Pero negociar no significa aceptar imposiciones que erosionen la propia autoridad. Cuando un socio parlamentario percibe debilidad, eleva el precio. Y cuando detecta necesidad, exige rendición. La historia reciente de la política española está llena de ejemplos: quien cede por miedo termina cediendo siempre más.
El problema no es pactar medidas concretas —eso forma parte del juego democrático—, sino permitir que la agenda, el lenguaje o las prioridades de otro partido definan el rumbo de un gobierno que pertenece al Partido Popular y, sobre todo, a los ciudadanos de Extremadura. La legitimidad electoral de Guardiola no proviene de Vox, sino de los extremeños.
Además, existe un riesgo estratégico evidente: la humillación política nunca satisface al que presiona. Al contrario, lo fortalece. Si Vox percibe que puede doblar la voluntad del Ejecutivo, volverá a hacerlo. Y cada cesión futura será más costosa que la anterior.
La fortaleza política no consiste en romper puentes, sino en marcar límites. Gobernar implica escuchar, pero también decir “no” cuando corresponde. La autoridad institucional se construye con coherencia y se destruye con concesiones innecesarias.
Señora Guardiola: usted no necesita arrodillarse ante nadie para gobernar. Tiene un mandato democrático propio. Ejérzalo. Porque cuando un líder se humilla, no solo pierde él: pierde la institución que representa y pierden los ciudadanos que confiaron en su palabra.











