Una secta llamada PSOE
Tomás Gómez.- En el PSOE se han sustituido los principios ideológicos por el seguidismo al líder. Nos hemos acostumbrado a que todo es posible y hace demasiado tiempo que las palabras y las acciones de la dirección socialista han dejado de causar sorpresa.
Pero las declaraciones públicas de Óscar López, en las que responsabiliza de la derrota electoral en Aragón a Javier Lambán, han sobrepasado la última de las líneas rojas soportables en política. Son habituales las salidas de tono de López, pero es tan miserable atacar a quien no se puede defender y muestra tal carencia de talla ética que nadie esperaba que desde la Moncloa se apoyase la infamia.
El desprecio viene de lejos, cuando Lambán recibió el homenaje póstumo del parlamento autonómico, ante el que debatió durante gran parte de su carrera política, la bancada socialista había recibido instrucciones de no aplaudir y no levantarse, dejando patente que quien tenga opiniones diferentes a las de Pedro Sánchez y tenga la osadía de expresarlas, recibirá todo el odio y el rechazo de la organización. Fueron excluidos de los órganos de dirección y de las listas electorales todos los dirigentes alineados con las posiciones de Lambán y Pilar Alegría ha hecho la campaña electoral y ha articulado el discurso político en connivencia con Pedro Sánchez.
Pero Sánchez tenía que responsabilizar a alguien del desastre electoral. En Extremadura culpó a Gallardo, que dimitió 48 horas después de haberse celebrado las elecciones, en Aragón solo cabía hacer lo propio con Alegría o, en su caso, que Sánchez asumiese que los ciudadanos han votado contra él, que es un lastre electoral y que ha contaminado hasta al último candidato local socialista.
Ni lo uno ni lo otro. La opción elegida es señalar a quien falleció el pasado verano como culpable de la severa derrota del domingo. Tan grosera es la operación que ni siquiera ha cuidado al emisario del mensaje, de hecho, si lo hubiese pensado un minuto habría elegido otro portavoz, como Óscar Puente, dado el historial electoral de Óscar López. Claro que Puente tiene un problema mayor, haciendo filigranas para no ser imputado judicialmente por la tragedia de Adamuz, escondiendo su responsabilidad en Rodalies y cruzado de brazos mientras se deshacen las carreteras por media España.
Óscar López fue candidato en Castilla y León y perdió más del 25% de los votos socialistas y 4 escaños. Como secretario de Organización del PSOE, fue responsable de las elecciones europeas de 2014 y perdió 9 escaños, costándole a Alfredo Pérez Rubalcaba la dimisión como secretario general.
El ministro, actual secretario general de los socialistas madrileños, será el próximo candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid y las encuestas anticipan que terminará de hundir a la maltrecha federación socialista. Por donde pisa López, no vuelve a crecer la hierba.
Pero, además de fracasos electorales, hay varias indignidades en su trayectoria, como cuando en un significativo 8 de marzo salió adelante una moción de censura contra el alcalde del PP en Ponferrada y para la que López autorizó pactar con el exalcalde ponferradino, primer político español condenado por acoso sexual, el caso Nevenka.
Su falta de respeto se suma a su prolífico historial de errores y fracasos y asuntos sin aclarar, como su papel en la filtración por la que fue condenado el fiscal general del Estado. Pero lo que hace preocupante el último incidente es la intolerancia y el odio cainita contra todo el que cuestione la línea política del sanchismo, el listado de purgados empieza a tener tamaño enciclopédico.
El único requisito válido para ser categorizado como buen socialista es besar la mano, amén de otras partes, del líder. Del mismo modo, no rendir pleitesía ni adherirse ante cualquier barbaridad política por muy necesaria que sea para que independentistas, nacionalistas, exetarras o extremistas den su apoyo a que Sánchez permanezca en la Moncloa por unas horas más, es razón más que suficiente para ser expulsado o invitado a abandonar la organización.
Las prácticas amenazantes han llegado al extremo de que un rosario de ministros ha salido al paso de Felipe González, exigiéndole que abandone el PSOE. Mientras tanto, Otegi es elevado a la categoría de hombre de Estado, Bildu se convierte en socio preferente del Gobierno y Sánchez se arrastra por el suelo, solicitando el perdón de Puigdemont, que anda bastante agitado porque todavía no ha sido amnistiado de alguno de los delitos por los que es perseguido judicialmente. Para Sánchez, González no es un buen socialista, como tampoco lo es Alfonso Guerra, ni Nicolás Redondo, como no lo es Emiliano García Page, ni lo era Javier Lambán. El Partido Socialista empieza a parecerse a una secta en la que la idolatría al líder es su único ideario, pero no hay que olvidar que todas ellas terminan de la peor manera, arrastrando a todos sus miembros hacia el precipicio.











