Pero ¿qué pensais que habéis ganado?
Xavi Altamirano.- No saquéis pecho. Conviene empezar por ahí. A este gobierno le habría ganado las elecciones, en cualquier sitio, cualquiera de las agrupaciones políticas de Somalia o Sudán del Sur. El listón estaba tan bajo que hubiésemos votado a cualquiera que supiera leer y escribir. Bueno, a cualquiera salvo los inmovilistas y amancebados votantes fieles a esta chusma, a la que hasta Felipe González repudia.
Por eso sorprende tanto la euforia. Porque no ha habido hazaña. Solo desgaste del rival.
Santiago no tiene un partido. Lo conozco bien. Lo que existe es un cortijo. Allí, el que levanta la mano para disentir —aunque sea lo más mínimo— es decapitado políticamente sin procedimiento alguno, sin garantías y sin democracia interna. Eso sí, pasando por taquilla se llega lejos. Autonomía territorial, ninguna. No creen en este sistema: todo debe pasar por los cataplines de “Santi”. El que despunte, será aniquilado. Con esa lógica jamás se construyen equipos funcionales, solo obedientes.
Y al otro lado tampoco están para presumir.
Alberto Núñez Feijóo comanda el PP más disgregado ideológicamente de su historia reciente. Un partido que pretende bailar en todas las pistas a la vez: perseguir donaciones mientras coquetea con los desvaríos de “Santi”. Demasiado marco para tan poco pincel. Esa ambigüedad permanente no suma; desgasta. No lidera; confunde.
Que Dios nos coja confesados en manos de una derecha que da bandazos y, además, vive enfrentada consigo misma.
La solución no es épica, es trabajo. Trabajo desde las bases. Trabajo silencioso. Trabajo serio. Preparar estructuras sólidas para que la victoria no dure un suspiro.
Es sencillo: primarias valientes y sin miedo. Que compitan las dos almas del partido con claridad. Que se presente Isabel Díaz Ayuso y todo el que consiga avales. De ahí debe salir un liderazgo fuerte, reconocible y sin complejos. El Feijóo actual está desdibujado por las dudas, y un proyecto sin perfil es un proyecto condenado a la irrelevancia.
Eso sí, el PP conserva algo que Vox no tiene ni tendrá a corto plazo: equipos locales, estructura territorial y experiencia de gestión. Ese capital hay que protegerlo con un compromiso contundente contra la corrupción. Tolerancia cero. Cortar las manos a cualquier “chistorrero”, porque los habrá.
Y, por su parte, Santiago debería entender que la democratización interna no es un capricho: es una obligación legal y moral. Transparencia y participación de las bases en la etapa de deliberación, son imprescindeble. Sin eso, no hay partido moderno, solo caudillismo.
Tal y como están hoy, con ese enfrentamiento chabacano que solo desmoraliza al votante de derechas, lo único que pueden hacer es ganar por inercia al desastre del Sanchismo. Y eso no es un proyecto político: es sobrevivir al contrario.
Conviene no engañarse. Ganar estas elecciones ha sido como pegarle a los párvulos en el recreo. Y eso, desde luego, no es para sacar pecho.











