El constante choque entre Vox y el Partido Popular sólo tiene un beneficiario claro: Pedro Sánchez
AD.- El constante choque entre Vox y el Partido Popular ha dejado de ser una simple competencia electoral para convertirse en un espectáculo de desgaste mutuo que, en la práctica, sólo tiene un beneficiario claro: Pedro Sánchez.
Mientras el bloque de la derecha fragmenta su discurso, se enzarza en reproches y compite por el electorado más ideologizado, el presidente del Gobierno observa cómo sus adversarios convierten la alternativa en una batalla interna. Cada ataque cruzado entre Vox y PP no erosiona tanto al rival como al conjunto del espacio político que aspira a desalojar al PSOE de La Moncloa.
El enfrentamiento permanente transmite una imagen de división, inmadurez estratégica y falta de proyecto común. El votante que echar a Sánchez no entiende que, ante desafíos económicos, institucionales y territoriales de primer orden, la prioridad sea marcar distancias internas en lugar de articular una alternativa sólida y coordinada.
Además, esta guerra fratricida tiene efectos prácticos: dificulta acuerdos parlamentarios, enturbia pactos autonómicos y municipales, y alimenta la narrativa socialista de que la única opción viable es el continuismo. En política, la fragmentación penaliza; la cohesión, en cambio, suma.
No se trata de diluir identidades ni de renunciar a matices ideológicos. Se trata de comprender que el adversario principal no está en el escaño contiguo, sino en el Gobierno. Cuando la estrategia se basa más en diferenciarse del aliado potencial que en confrontar al Ejecutivo, el resultado es previsible: dispersión del voto, desmovilización y ventaja para quien ya ocupa el poder.
Si Vox y el PP persisten en esta lógica de confrontación constante, el mayor logro que podrán exhibir no será un avance electoral, sino haber facilitado la continuidad de Sánchez. Y entonces, la responsabilidad no podrá atribuirse al rival, sino a la incapacidad propia para entender que, en política, dividir es perder.











