El enigma del rey Alcaraz en la estrofa 129 del Libro de buen amor
Por Alberto González Fernández de Valderrama.- Nos enfrentaremos en este trabajo al misterio que encierra un episodio que relata la supuesta historia de un “rey de moros” cuyo nombre nos ha llegado en diversas variantes según los tres manuscritos que lo recogen: Alcarros, Alcaros o Alcaraz. Sin embargo, ningún rey moro tuvo un nombre o apodo parecido, por lo que su identificación ha dado lugar a diversas especulaciones entre los eruditos: ¿se lo inventó el Arcipreste al azar?.
No podemos negarlo categóricamente, pero nos gusta ser audaces porque sabemos que nuestro poeta no daba puntada sin hilo y que escribía ordinariamente dotando a sus historias aparentemente inocentes de significados ocultos solo accesibles a las mentes más perspicaces de su época: “Muchos leen el libro e tiénenlo en poder / que non saben qué leen nin lo pueden entender” (vss. 1390ab). Y con esa perspectiva aguzaremos el ingenio para tratar de descubrir el verdadero nombre que el Arcipreste escribió para este rey y lo que quería contarnos subrepticiamente a través de una historia -nada original, por cierto- en la que los astrólogos del rey y sus horóscopos aparentemente contradictorios parecen jugar el papel principal.
Comenzaremos diciendo que de los tres manuscritos que recogen principalmente la obra del Arcipreste (G, S y T) solo G (parcialmente) y S recogen este episodio.
Para G -el manuscrito más fidedigno- el rey se llama ‘Alcarros’, y para el S -una burda mixtificación tardía más interesada en modificar el texto original que en transcribirlo con tal de ofrecer una fácil lectura- su nombre es ‘Alcaraz’, nombre tomado directamente de un municipio de Albacete. No obstante, mencionaremos esta vez al llamado “Fragmento de Porto” (ms. 785 de la Biblioteca de Porto, en adelante, Ms. P), escrito en pergamino y del cual solo se conservan dos folios. Se trata de una traducción al portugués de fines del s. XIV de diversas estrofas del Libro de buen amor entre las que se encuentra la que estudiamos, aunque dentro de un episodio incompleto. Pero es significativo que en este manuscrito el nombre ficticio del rey, ‘Alcaros’ -que no tenía que ser traducido al portugués como el resto del texto- se parezca más al del ms. G que al del ms. S. Desecharemos, pues, la lectura de este último manuscrito y nos centraremos en encontrar algún significado oculto en alguno de los otros dos nombres en cuya última sílaba figura la vocal “o” en vez de la “a”, o en otro de parecida grafía del que estos dos procedan por un proceso de corrupción del original.
El episodio (estrofas 123-165) fue titulado por el copista del ms. S como “Aquí fabla de la constelaçión e de la planeta en que los omnes nasçen e del juicio que los cinco sabios naturales dieron en el nasçemiento del fijo del rey Alcarez [sic]”. Vemos, por tanto, que ni siquiera este descuidado amanuense mantuvo idéntico el nombre del rey en el título y en la propia estrofa.
Podemos proponer una lectura alternativa a cualquiera de las mencionadas. Pero ello requiere profundizar en el estudio de la historia que el Arcipreste nos quiere contar analizando sus fuentes y las diferencias sustanciales con ellas, pues en la particularidad añadida por nuestro poeta a su relato encontraremos tal vez la clave para desentrañar el misterio que encierra el nombre elegido para este rey desconocido.
El Arcipreste trata en este episodio de un tema muy debatido a lo largo de toda la Edad Media: la influencia de los astros en la naturaleza humana y consecuentemente en la formación de su voluntad. Nuestro poeta participaba de esa creencia tan generalizada: él nació bajo el signo de Venus y eso explica su carácter de hombre enamoradizo. Pero en aquella época admitir que la voluntad del hombre dependía del movimiento de las estrellas planteaba un grave problema teológico: ¿qué castigo podría recibir el hombre por sus pecados y, al contrario, qué recompensa merecería por sus buenas obras, si su conducta dependía de la conformación de los astros? Como señala Lecoy (Recherches…, 1931) la Iglesia salvaba ese obstáculo con la doctrina que expone Santo Tomás de Aquino en su Suma Teológica: aunque los cuerpos celestes pueden cooperar a las pasiones humanas, nada impide a un hombre resistirlas por su libre albedrío, y unos pocos sabios lo consiguen. El mismo Arcipreste, que a lo largo de todas su obra hace gala de su condición de donjuán empedernido, en este episodio introductorio hace memoria de lo que fue su vida amorosa y hace un llamado a la contención para todos aquellos que compartan su naturaleza por haber nacido bajo el mismo signo astrológico: «[…] dize una escriptura / que buen esfuerço vençe a la mala ventura / e a toda pera dura grand tiempo la madura» (vv.160bcd).
En otras palabras: ya sea haciendo un gran esfuerzo para frenar las pasiones o por el hastío que da la experiencia cuando se ha llegado a la madurez, es posible sobreponerse a esa tendencia pecaminosa a la que el planeta Venus somete a sus subordinados. Y para ilustrar el inmenso mas no absoluto poder de la astrología sobre el comportamiento humano nos cuenta la historia de un “rey de moros” que acababa de tener un hijo y que, siguiendo la costumbre de la época, llamó a cinco de sus más preciados astrólogos para que le revelaran su futuro consultando a las estrellas. Y todos le hablaron de la prematura muerte del niño, pero cada uno de ellos le contó una causa distinta que la provocaría: moriría apedreado, quemado, despeñado, colgado o ahogado. Al oír vaticinios tan dispares el rey se encoleriza con ellos considerándolos farsantes y los manda encerrar. Pero el infante, al llegar a la juventud – “a buena edat”- pide permiso a su padre para salir a cazar un venado y éste se lo concede. Saliendo al campo comienza a granizar (el infante es, por tanto, apedreado) y temiendo cumplirse el mal presagio huye a toda velocidad con su caballo; al cruzar un puente le cae un rayo encima (sufre quemaduras) y el puente se hunde, cayendo al río (es despeñado), con tan mala fortuna que sus ropas quedan enganchadas en un árbol de la orilla y queda colgado boca abajo, ahogándose. De este modo se habían cumplido de alguna manera todos los vaticinios en el momento fatal, aunque realmente solo el último fuera la causa directa de su muerte. Y el rey, viendo que todos los estrelleros habían acertado los soltó de su prisión recompensándolos debidamente y comprendiendo que no se debía dudar de la veracidad de la astrología.
La historia de la concurrencia de vaticinios astrológicos diferentes que luego resultan cumplirse simultanea o sucesivamente tiene viejas raíces tanto occidentales como orientales y ha sido suficientemente estudiada por los eruditos, por lo que no entraremos en su estudio; solo mencionaremos el espléndido trabajo de M.J. Lacarra «’El cuento del hijo del rey Alcaraz’…, 2012) que tras hacer un recorrido por todas las fuentes tradicionalmente conocidas del relato (como la Vita Merlini, de Geoffrey de Monmouth (h. 1150), y el Roman de Merlin, de Robert de Boron (Ss. XII-XIII), entre otras) menciona una fuente que había pasado desapercibida durante mucho tiempo hasta que fue traducida del hebreo al inglés en 2004 por R. Loewe: el “Meshal haqadmoni” (“Fábulas de los antepasados”), una obra escrita hacia 1281 por el poeta y cabalista judío Isaac Ibn Sahula, quien vivió en España y probablemente era español de origen, aunque muy poco se sabe de él. En este libro una cigüeña discute con una rana sobre la certeza de la astrología y le cuenta la historia de un rey oriental y sus cuatro astrólogos, a los que hace llamar para que le revelen el futuro de su hijo recién nacido. Y precisamente los destinos dispares que éstos le desvelan, que acabarán sucediendo a un tiempo cuando el niño llega a la juventud, son prácticamente los mismos que refiere el Arcipreste: quemadura, ahogamiento, apedreamiento y despeñamiento.
Igualmente, el rey, que había encarcelado a los adivinos en su momento por creerlos falsarios, los libera y recompensa generosamente. La historia, por lo tanto, no es nada original. Pero si bien en los precedentes comentados esa diferencia de pronósticos que acaban cumpliéndose formando un conjunto indisoluble nos parece que solo tenía la intención de elaborar una trama humorística o chiste con la excusa de probar la veracidad de la astrología, en la obra de nuestro poeta, tan plagada de segundas intenciones, nos sentimos compelidos a levantar el velo de su escritura para tratar de encontrar en su interior algún otro significado. Porque la mera apariencia es que el Arcipreste se sirvió de esta historia tan popular en su época para justificar su condición de seductor empedernido por predisposición de la estrella bajo la cual había nacido. Pero… ¿eso era todo?
Nuestro camino investigador debe continuar con el estudio de las estrofas posteriores a esta historia, en las que el Arcipreste, tras reafirmarse en la ineludibilidad del destino fijado por las estrellas establece una excepción a su cumplimiento: la voluntad divina. Dios, que crió “natura e açidente / puédelos demudar e fazer otramente” (vv 140bc). Y esta afirmación le da pie para establecer otra semejanza con la supremacía de la voluntad de los reyes sobre las leyes, pues pueden perdonar a quien merezca un castigo que le haya sido impuesto por los jueces en aplicación de aquellas. Nada nuevo que no se señale en las Siete Partidas, el monumental corpus jurídico impulsado por Alfonso X el Sabio. En la Ley III del Tít. XXXII de la Séptima Partida se explican los tres tipos de perdón real para los acusados de un delito o “yerro”: la misericordia (cuando el rey “se mueve con piedad de sí mismo”), la merced (cuando el acusado se lo merece por los grandes servicios prestados por él o por sus progenitores) y la gracia (para aquellos que pueden excusarse “con derecho” de lo que hicieron; es decir, cuando actuaron por una causa que conmueve al rey). En todos estos casos parece haber un denominador común en la facultad del rey de perdonar al acusado, y es la ausencia de rencor personal. El rey se apiada en unos casos por las circunstancias personales de los reos y en otros siente la necesidad de recompensar a quien le prestó un buen servicio remitiéndole sus culpas. Un cierto paralelismo de este esquema aplica el Arcipreste a lo que se refiere a los Papas y a las decretales en las que imponen penas para sus incumplidores, ya que pueden dispensar a sus súbditos de ellas y “por graçia o por serviçio toda la pena soltar” (v. 146d).
Pero en la estrofa 143 (recogida solo en el ms. S) menciona un caso especialmente agravado de “yerro” que puede merecer el perdón real y es el caso de la traición:
Acaesçe que alguno faze gran traición, (143)
ansí que por el fuero debe morir con raçón;
pero, por los privados, que en su ayuda son,
si piden merçed al rey, dale conplido perdón;
A la vista de esta estrofa nos planteamos: ¿no podría estar pensando el Arcipreste al reelaborar esta historia popular del rey y sus astrólogos en el rey Pedro I de Castilla, conocido como “el Cruel”, que ha pasado precisamente a la historia como un paradigma de rey traicionado? Y, en tal caso, ¿no podría tratarse de una apelación interesada a su misericordia demostrada en algunas pocas ocasiones contra los que le traicionaron a pesar de un carácter generalmente vengativo que había motivado que los nobles con los que se enfrentó le pusieran aquel apelativo?
Hagamos un repaso histórico del reinado de este rey según la biografía que publicó su cronista el canciller Pedro López de Ayala, quien al poco de entrar a su servicio se unió a la revuelta de los nobles contra él por causa del abandono de su esposa, la noble francesa Blanca de Borbón, por su amante María de Padilla, a los pocos días de su boda, contraviniendo con ello los intereses de un sector importante de la alta nobleza que había impulsado el enlace. Pero la rebelión fracasó y el rey le perdonó su traición volviendo a tomarlo a su servicio y otorgándole importantes cargos en la Corte.
Pedro I nació en Burgos en 1334, hijo de Alfonso XI de Castilla y de María de Portugal, hija del rey Alfonso IV de Portugal. Pero Alfonso XI tenía una amante con la que convivía, Leonor de Guzmán, con la que tuvo diez hijos, entre ellos Enrique, conde de Trastámara, que sería el mayor enemigo del monarca castellano, junto con sus hermanos Fadrique, Tello y Sancho (no en vano Pedro I había mandado o autorizado la ejecución de su madre en 1351) y con el que se disputó el trono de Castilla en un enfrentamiento que se considera por los historiadores como la primera guerra civil castellana. Lo cierto es que desde que en marzo de 1350 accedió al trono comenzaron las rebeliones protagonizadas por sus hermanastros dando el rey muestras de extrema crueldad con algunos de los nobles capturados en aquellas revueltas.
No obstante, mostró generosidad con Enrique, al que perdonó a petición de su abuelo materno Alfonso IV de Portugal, que se encontraba entonces en Ciudad Rodrigo y-debemos suponer- con el beneplácito de su privado Juan Alfonso de Alburquerque. De nada sirvió su compasión, pues Enrique, que se había refugiado en tierras lusitanas, regresó a Asturias y encabezó otra rebelión (1352) que le obligó a huir al poderla sofocar Pedro I con sus huestes. Este rey llamaba precisamente “traidor” a su hermano bastardo y consideraba como tales a cuantos se aliaron con él para derrocarlo, que fueron muchos, pues no en vano había adquirido legítimamente la corona, por tirano y sanguinario que fuera.
Otra gran traición fue la que sufrió por parte del privado al que antes nos referíamos, quien había sido su Ayo cuando era infante y después, tras acceder al trono, su Canciller Mayor. Poco tardó en caer en desgracia al no apoyar los referidos amores del rey con María de Padilla, ya que ello suponía poner en peligro la alianza de Castilla con Francia y con el Papado por la que tanto había luchado Juan Alfonso apoyado por una gran parte de la nobleza. Al perder el apoyo del rey y temiendo ser asesinado por éste se retira primero a sus fortalezas de Extremadura y luego se refugia en Portugal, aceptando aliarse con Enrique y su otro hermano Fadrique (que contaban con el apoyo francés) para formar un ejército que se sublevó contra Pedro I apropiándose de una buena parte de sus posesiones. Pero no tuvo tiempo para disfrutar de su éxito ni suerte para ser perdonado: según López de Ayala fue envenenado por su médico por orden del rey, falleciendo en 1354.
Mencionaremos también la traición de su primo don Fernando, Infante de Aragón, que había sido su Adelantado Mayor de la Frontera y Canciller Mayor, y que en 1357 se pasó al bando de Pedro IV de Aragón en la llamada “guerra de los dos Pedros” que sostuvieron ambos reyes entre 1356 y 1366, aportándole todas sus posesiones fronterizas entre ambos reinos. Pero la que más tuvo que dolerle es la protagonizada por su Almirante Mayor de la Mar, el genovés Egidio Bocanegra, quien tras haberle prestado servicios importantes en su lucha contra el rey aragonés se pasó al bando de Enrique de Trastámara y le robó en 1366 el tesoro real, ascendente a 36 quintales de oro y joyas, apresando la galera que lo transportaba por el río Guadalquivir.
Bocanegra no obtuvo misericordia: fue capturado al año siguiente durante la segunda batalla de Nájera por las tropas petristas (con la ayuda inestimable del ejército inglés a cargo del “Príncipe Negro”) y ejecutado.
Fueron muchas las traiciones que sufrió Pedro I según relata López de Ayala y no podemos mencionarlas todas; pero sí la última, que fue la que le costó la vida. Estando en batalla contra su hermano Enrique en el campo de Montiel y viéndose en inferioridad de condiciones, se refugió en su castillo quedando sin posibilidades de escapar de su asedio.
Entonces, el general y mercenario francés Bertrand du Guesclin, que luchaba a favor de Enrique se presentó ante aquél y le hizo creer que lo ayudaría a escapar del cerco a cambio de dinero y privilegios. El rey aceptó su ayuda y le siguió hasta su tienda de campaña, donde le esperaba su hermanastro, que lo mató con ayuda del propio du Guesclin, ascendiendo así definitivamente al trono en 1369 como Enrique II de Castilla, pues en el contexto de la guerra civil ya había sido proclamado rey tres años antes por sus partidarios.
Con estas breves notas creemos tener suficientes datos para asociar la palabra “traición” a la historia de este rey. Pero hay más conexiones que tienen que ver estrictamente con la persona de nuestro poeta. Ya han aportado los investigadores suficientes indicios, si no verdaderas pruebas, de que el Arcipreste de Hita, nacido en Alcalá de Benzayde (actual Alcalá la Real, Jaén) es conocido como Juan Ruiz y también como Juan Rodríguez de Cisneros en los documentos históricos. Y con éste último nombre aparece muy ligado a la corte de Pedro I de Castilla tras haberse asentado en territorio palentino como un potentado.
Pero aquí es necesario hacer un alto en el camino para recalar en un trabajo que supuso un hito filológico al revelar el misterio que se escondía tras el personaje que ilustra uno de los episodios más humorísticos y a la vez más mordaces del Libro de buen amor, en el que se cuenta la historia del pintor de Bretaña “Pitas Pajas” y su esposa, a la que había dejado sola para partir en viaje de negocios a Flandes durante una larga temporada y el cual, para garantizarse su fidelidad, había pintado un cordero en su vientre esperando encontrárselo intacto a su regreso; pero la esposa falta a su deber y la imagen se le borra, por lo que al enterarse de su inminente regreso le pide a su amante que le pinte otro en el mismo lugar; pero éste se equivoca y en vez de un cordero le pinta un carnero con sus correspondientes cuernos. El marido, al descubrir ese cambio y pedirle explicaciones a su esposa recibe una respuesta hilarante: al haber pasado tanto tiempo, aquel pequeño cordero había crecido convirtiéndose en un carnero.
Nos estamos refiriendo al artículo de Jesús Fernando Cáseda Teresa «Pedro I “el Cruel” y su amante María de Padilla (cuñada de Juan Ruiz de Cisneros) en el Libro de Buen Amor:…» (2021), en el que este investigador desveló – a mi juicio de un modo incontestable- que el personaje del pintor de Bretaña “Pitas Pajas” era un trasunto del Rey Pedro I. En cualquier caso, no compartimos todas sus suposiciones al tratar de encajar algunos detalles del relato con la vida de este rey.
Cierto es que este pintor abandona a su mujer al poco tiempo de su boda (antes del mes cumplido), como le sucedió a Pedro I con su esposa, la francesa Blanca de Borbón (a los dos días del enlace); y cierto es también que la mujer del pintor utiliza determinadas palabras francesas para dirigirse a su esposo, en clara alusión a Dª Blanca, si bien debemos añadir -como señala Corominas- que también utiliza otras palabras que son más términos catalanes u occitanos que franceses, lo que podía ser un recurso utilizado por nuestro poeta para inducir al despiste a sus lectores. Pero no creemos que el nombre “Pitas” tenga nada que ver con “gallinas” como afirma Cáseda, lo que solo tendría sentido si Pedro I hubiera tenido fama de cobarde, cosa que no sucedió; entendemos que “Pitas” es una corrupción ocasionada por un copista del original nombre inglés “Peter” o -castellanizado- “Piter”, equivalente del inglés “Pedro” . Y esto se debería a que la Bretaña francesa estaba entonces ocupada por los ingleses, contra los que Francia llevaba enfrentada desde 1337 en la llamada “Guerra de los Cien Años”. La alusión a un pintor con nombre inglés tenía que ser -a nuestro juicio- una referencia al apoyo que Pedro I tuvo de los ingleses para ganar su particular guerra contra su hermano Enrique, a quien, como ya hemos comentado, apoyaba el Rey de Francia. Y acaso la infidelidad de la esposa “francesa” del pintor -que no halla paralelismo en la vida de Blanca de Borbón- no sea otra cosa que una sátira hacia Pedro I por haber desdeñado a una mujer que tanto valía (aunque fuera en un sentido político por su relación con Francia), lo que se reforzaría con la mención de Flandes, que haría relación al comercio de lana y productos textiles entre Inglaterra y este Condado durante aquel periodo bélico, pues aunque Flandes era un feudo francés su industria textil dependía de la lana inglesa, lo que había llevado a sus ciudades a aliarse con Eduardo III de Inglaterra al comienzo de la guerra, enfrentándose así al Rey de Francia.
Aún hay más: otra semejanza vital para establecer esa relación entre el ficticio pintor y el Pedro I -como bien señala Cáseda- se encuentra en dos de las estrofas que a modo de moraleja, cierran el episodio. Y es la propia incorporación del nombre “Pedro” en la enseñanza que Juan Ruiz hace derivar de tal historia, como si se tratara de un nombre equivalente a ‘cualquier persona indeterminada’ (tal cual hoy decimos la expresión. “como Pedro por su casa”). En la estrofa 486 dice (actualizamos su lenguaje): «Pedro levanta la liebre y la mueve del cubil, / no la sigue ni la toma, hace como cazador vil; / otro Pedro que la sigue y la corre más sutil / tómala; esto acontece a cazadores mil». Y en la siguiente menciona al “primero” en alusión al primer cazador que no aprovecha esa pieza. Pero la clave fundamental para establecer esa plena concordancia entre el pintor y Pedro I es la que señala Cáseda en relación con el apellido del pintor: “Pajas”. Y es que se trata de un mote que se aplica perfectamente al rey, porque era rubio como la paja, tal como se puede advertir en la descripción que López de Ayala hace del mismo: «Fue el Rey Don Pedro asaz grande de cuerpo, e blanco e rubio, […]»
Y así llegamos a la cuestión fundamental que nos servirá para apoyar la tesis del presente trabajo: ¿podemos encontrar alguna relación entre este apelativo y el nombre del ficticio rey de moros del episodio principal que estamos analizando?
Antes de responder a esa pregunta es preciso que estudiemos las propuestas que hasta ahora se han hecho por los principales editores y eruditos para tratar de descubrir el origen de ese nombre elegido por el Arcipreste y cuya grafía exacta desconocemos por habernos llegado en varias versiones diferentes, aunque la forma usualmente aceptada ha sido la de “Alcaraz”, por lo que la hemos empleado en el título de este artículo.
Comenzaremos con la edición de T. Sánchez (1790), que, basado en la grafía algo confusa del ms. S transcribe el nombre del rey como “Alacarás”, lo que cambiará más tarde Janer (1864) -en una edición que sigue casi al pie de la letra la anterior- en “Alcarás”. La edición paleográfica de Ducamin (1901), basada en el ms S, transcribe “Alcaraσ”,
aceptando la lectura de Janer pero usando un alógrafo de la consonante “s” llamado ‘sigma’. Cejador (1913) moderniza es lectura con “Alcaraz” sin comentar nada al respecto, lo mismo que Chiarini (1964).
Corominas (1967) opta por “Alcároz” rechazando la lectura “Alcaraz” como «una identificación precipitada con un nombre de población bien conocido». Joset (1974) también recoge “Alcaraz”, e igualmente Blecua (1983 y 1998) que en sus notas a pie de página comenta: «Nada se sabe de este Alcarez, Alcarros o Alcaros -según las lecciones de los mss. Corominas sugiere la acentuación llana, pero el topónimo árabe Alcaraz en la Mancha es agudo»; y en sus notas finales amplía su comentario: « Añado que Alcarod es el nombre de una constelación, en castellano ‘el simio’[…]».
Por su parte, J. M. Bellido («Un rey de moros, Alcaraz», 2014), cree que este nombre deriva simplemente del nombre del rey Alcos de Judea, mencionado en el libro de antiguos apólogos orientales conocido como “Sindibād” o “Sendebar”, que fue traducido al castellano durante el reinado de Alfonso X el Sabio con el título de “Libro de los engaños e los asayamientos de las mujeres”.
Pero no creemos que ninguna de las lecturas y explicaciones anteriores sean las correctas. Sabemos de sobra que el Arcipreste hilaba muy fino y podemos atrevernos a ofrecer una nueva hipótesis sobre el origen del nombre de este supuesto “rey de moros”: Y es que la palabra “pajas” con la que se apoda supuestamente a Pedro I en el episodio antes mencionado, traducida al árabe ( القش ) se pronuncia “alcasso”. A nuestro poeta solo le quedaba disimular algo más su creación haciendo que sonara a castellanización de un nombre árabe -como Almanzor- y así escribiría ‘Alcassor’.
Los distintos alógrafos de la sibilante letra “s” que pudo haber utilizado el poeta en su estrofa pudieron ser el origen de esta cadena de errores y, por tanto, de este enigma filológico que esperamos haber descifrado. El proceso de deturpación de ese nombre original al ser transcrito por sucesivos copistas pudo ser el siguiente:
Alcassor / Alcaſſor > Alcarroz (ms. G) > Alcaros (ms. P) / Alcaraz (ms. S)
Reproducimos a continuación la estrofa 129 así reconstruida (con lenguaje actualizado para una mejor comprensión) y seguidamente la imagen de los tres manuscritos que recogen la estrofa que menciona el nombre de este rey, agradeciendo especialmente a la Biblioteca de Porto su gentileza al habernos proporcionado una imagen fotográfica de una página completa del citado fragmento que atesora, a pesar de la dificultad que le ha supuesto por las obras de reorganización de fondos que esta institución está llevando a cabo en la actualidad:
Era un rey de moros, Alcassor nombre había,
naciole un hijo bello, más de aquel no tenía;
envió por sus sabios, de ellos saber quería
el signo y la planeta del hijo que le nacía.













