La Iglesia ante el cambio demográfico: silencio mortal
JC.- En pleno siglo XXI, cuando España se enfrenta a un cambio demográfico sin precedentes, la Iglesia mantiene un silencio preocupante. Mientras la inmigración masiva redefine la composición cultural de nuestro país, la jerarquía católica parece incapaz de asumir una posición clara y responsable.
La Iglesia ha decidido mirar hacia otro lado y ha optado por el mutismo cómplice. No hay advertencias sobre los riesgos del reemplazo demográfico, no hay llamadas a preservar nuestra identidad cultural y espiritual de siglos; solo un silencio que duele, que mata la relevancia de una institución que alguna vez tuvo voz y poder.
El cambio demográfico no es solo una cuestión estadística; es una cuestión de futuro social, económico y cultural. Sin embargo, la Iglesia, lejos de orientar y advertir sobre los riesgos de este deliberado reemplazo poblacional, ha optado por la comodidad del silencio.
Este silencio no es neutral. Al no abordar la cuestión, la Iglesia abandona su histórica función de guía ética y social, dejando que la sociedad navegue a ciegas frente a fenómenos que tendrán impactos irreversibles en educación, trabajo, cohesión social y seguridad nacional. Peor aún, en su lugar, algunos líderes religiosos han promovido discursos favorables a una inmigración sin freno. La postura de la jerarquía católica española con relación a los sucesos de Orihuela es el mejor ejemplo.
La inacción eclesiástica evidencia una desconexión entre la doctrina y la realidad contemporánea. La Iglesia, que en su historia supo moldear sociedades enteras, hoy opta por la indiferencia frente al cambio demográfico. Su falta de liderazgo en este tema no solo es un error estratégico, sino una traición a su propia misión de orientar a los fieles en asuntos que afectan a generaciones enteras.
Peor aún, su silencio fomenta el caos. Cada año que pasa sin una postura clara es un año más de declive poblacional, de iglesias vacías, de penetración de otras confesiones y de culturas que desaparecen. La Iglesia se ha transformado en un espectador moralmente cómodo, mientras el reloj demográfico avanza y deja atrás sus prédicas huecas.
Es hora de llamar las cosas por su nombre: la Iglesia está fallando. Está fallando a sus fieles, está fallando a la sociedad y está fallando al futuro cristiano de España. No basta con discursos ambiguos sobre la moral y la tradición; se requiere valentía para hablar del problema real y proponer soluciones que no sean cosméticas ni retóricas.
El silencio eclesiástico frente al cambio demográfico no es prudencia: es traición. Una traición que, si no se rectifica, podría borrar la influencia de la Iglesia de la historia, dejando tras de sí solo palabras vacías y campanas mudas en los pueblos y ciudades de España.











