El error de Azcón recurriendo a Vito Quiles
La política contemporánea no solo se juega en los parlamentos o en los despachos: se libra, cada vez más, en el terreno resbaladizo de la comunicación y las redes sociales. En ese contexto, la decisión de Jorge Azcón de dar protagonismo a Vito Quiles —ya sea invitándolo, legitimándolo o no marcando distancia clara— supone un error estratégico que dice más de los riesgos del momento político que de una anécdota puntual.
Vito Quiles no es un periodista al uso ni un analista político tradicional. Su figura se construye desde la confrontación constante, la provocación y la búsqueda deliberada del conflicto como forma de visibilidad. Su modelo no se basa en informar, sino en generar ruido, incomodidad y clips virales que alimentan una audiencia fiel a ese estilo. Cuando un dirigente institucional decide compartir espacio con ese perfil, el resultado suele ser previsible: el foco se desplaza y el mensaje se diluye.
El primer gran fallo de Azcón fue ceder el control del relato. En comunicación política, quien marca el marco del debate tiene medio partido ganado. Al permitir que Quiles entrara en escena, Azcón aceptó jugar en un terreno ajeno, uno diseñado para la polémica rápida y no para la explicación pausada de políticas públicas. El resultado fue que el contenido político quedó eclipsado por la forma, y el titular dejó de ser Aragón o la gestión para convertirse en el personaje invitado.
El segundo error fue de coherencia con el perfil que Azcón intenta proyectar. El presidente aragonés ha buscado, desde su llegada al cargo, una imagen institucional, de gestor serio y alejado del ruido extremo. Asociarse —aunque sea de manera indirecta— con figuras que viven de la crispación rompe ese equilibrio y genera desconfianza en sectores moderados de su propio electorado. No suma apoyos nuevos, pero sí introduce dudas innecesarias.
Además, existe un problema de asimetría evidente. Quiles domina el lenguaje de las redes, sabe provocar y moverse en el terreno del enfrentamiento constante. Un político institucional, por definición, siempre juega con desventaja en ese espacio. Cada gesto, cada silencio y cada respuesta se reinterpretan en clave viral. Pensar que se puede utilizar ese altavoz sin asumir sus reglas es una ingenuidad que la política reciente ha demostrado repetidamente.
Hay también un riesgo a medio plazo: normalizar estos estilos acaba volviéndose en contra de quien los legitima. Hoy el ruido puede parecer útil o inofensivo; mañana ese mismo ruido se dirige contra ti, amplificado y sin control. La experiencia de otros líderes que coquetearon con la polarización mediática debería servir de advertencia.
Conviene subrayarlo: no se trata de un debate moral ni de censura, sino de estrategia. Azcón no cometió un error por invitar a alguien “equivocado” ideológicamente, sino por no entender que ciertos actores mediáticos no aportan valor político a un proyecto de gobierno. No construyen relato, no amplían base social y no refuerzan la autoridad institucional.
En política, como en ajedrez, no basta con mover piezas: hay que saber qué piezas no conviene tocar. Dar espacio a Vito Quiles fue una jugada innecesaria que no reportó beneficios visibles y sí varios costes simbólicos. Un recordatorio más de que, en la era del ruido permanente, a veces la decisión más inteligente es no entrar al juego.











