Gabriel Rufián hace honor a su apellido: del antisistema de Twitter al lacayo imprescindible de La Moncloa
Gabriel Rufián no es una decepción: es un fraude político con patas. Un personaje inflado a base de sarcasmo barato y chulería tuitera que, a la hora de la verdad, se arrodilla con una disciplina que ya querrían muchos ministros. El antisistema era pose. El inconformismo, atrezo. Lo real siempre fue el escaño.
Llegó al Congreso prometiendo dinamitar el “régimen del 78” y ha acabado siendo uno de sus porteros más ruidosos. No cambia una votación clave por dignidad, pero sí cambia de discurso sin despeinarse. Cuando Pedro Sánchez lo necesita, Rufián aparece puntual, solícito y dócil. Cuando toca teatro, grita. Cuando toca decidir, obedece.
Su apoyo a Sánchez no es estrategia política: es dependencia. Rufián vive de ser útil en Madrid y Sánchez lo exprime como se exprime a un tertuliano bronco: mucho ruido, cero riesgo. Mientras tanto, ERC se desangra electoralmente y Cataluña acumula promesas incumplidas envueltas en comunicados grandilocuentes. Pero Rufián sigue vendiendo humo como si fueran victorias históricas.
La amnistía, el diálogo, las mesas infinitas… todo sirve para justificar lo injustificable: que el diputado más bocón del Congreso es también uno de los más previsibles. Siempre del lado del poder cuando el poder tiembla. Siempre atacando a la oposición para no tener que explicar por qué sostiene a un presidente que gobierna a base de chantaje parlamentario y propaganda.
Lo obsceno no es que pacte. Lo obsceno es que siga fingiendo que resiste. Que se presente como radical mientras actúa como notario del sanchismo. Que hable de “fachas” y “privilegios” mientras protege a un Gobierno que usa el BOE como escudo personal y reparte concesiones sin proyecto ni rumbo.
Rufián no incomoda a nadie importante. No molesta a Sánchez, no presiona al PSOE, no consigue nada que no sea reversible mañana. Su función real es gritar para tapar el silencio de los hechos. Un vocero profesional, un agitador domesticado, un antisistema de saldo patrocinado por el sistema.
Al final, Gabriel Rufián no traicionó una causa: traicionó su propio personaje. Y eso es lo peor que le puede pasar a un político que solo tenía personaje. Sánchez seguirá usándolo mientras sirva. Y cuando deje de ser útil, lo tirará como se tira un tuit viejo: sin explicaciones y sin memoria.
Porque en política, como en el circo, los payasos creen que mandan… hasta que se apagan las luces.











