Tercermundizar España para ganar esta vez la guerra del 36
Francisco Rosell.- Cuando el arrojado «capitán Alatriste» Pérez Reverte envaina su espada ropera de los Tercios de Flandes ante un perfecto idiota sanchista que cubre su falta de seso con la boina de aquel grupo de agropop de «La charanga del tío Honorio», según el perspicaz Ramón de España, y suspende unas jornadas de debate sobre la Guerra Civil en la antigua Chancillería de Justicia de Sevilla es que el retroceso de la libertad en España comienza a inquietar. Aunque alguien tan bragado incluso en el reporterismo bélico esgrima ante las hordas bárbaras que «unas batallas se ganan y otras se pierden; esta es una batalla aplazada» y anuncie su reposición en octubre, el gran Reverte se engaña a sí mismo.
Para no dar la impresión de que la libertad no tiene quien la defiende, como el protagonista de la novela sobre la guerra civil de Chaves Nogales, no se puede ni se debe claudicar ante un chiquilicuatre que, dentro de su promoción editorial y ante la imposibilidad de acudir al Festival de Eurovisión por el plante sanchista, se arroga llamar «fascistas» a Aznar o Espinosa de los Monteros. Como estos no había puesto peros a compartir cartel con este «antifascista», este oportunista pijocomunista debe engrosar esa grey que, según Borges, opina que ser anticomunista es ser fascista. Algo tan incomprensible –ironizó– como afirmar que no ser católico es ser mormón.
Ante quien revisa la historia a conveniencia en función de que, como traduce Andrés Trapiello, «mis víctimas son mejores que las de los otros», presentando como «realismo mágico» su visión zurupeta de la historia en sintonía con la Ley de Memoria Democrática manuscrita por ETA con la connivencia sanchista, cabe preguntarse: ¿Dónde quedó aquella máxima volteriana que inspiró la Transición y la Constitución: «Yo no estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero me pelearé para que usted pueda decirlo»? Como se lamenta Nicolás Redondo Terreros, en este 2026 se anda más distante que en 1978 de la admonición de Azaña de julio de 1938 en Barcelona en la que soñaba con que otras generaciones aprendieran la lección de los caídos «que dice a todos sus hijos: paz, piedad y perdón».
Pero, si un escritor izquierdista como Bergamín, émulo de Herri Batasuna con cuyo lábaro fue enterrado en 1983, deliraba ante un atónito Fernando Savater –«Desengáñate; lo que este país necesita es otra guerra civil, pero que esta vez ganen los buenos»–, aquella aparente «boutade» senil es hoy frase hecha entre algunos que deberían figurar en una versión española del «Manual del perfecto idiota latinoamericano» de Carlos Alberto Montaner, Álvaro Vargas Llosa y Plinio Apuleyo Mendoza. Editado para mitigar la insensatez política circundante, sus autores desdeñaron que ésta no tiene cura y se contagia transoceánicamente.
Baste como botón de muestra ese cómico de la subvención y de la subversión, de cuyo nombre también mejor no acordarse, que se ha quitado la máscara, según confiesa, para «a ver si volvemos al 36 me cago en Dios» y «ver qué pasa». Tras asegurar este «hípster» de barba y moño que no reside en Madrid para no cruzarse «con tantos fascistas», no se sabe bien quién deseará hacerlo con un energúmeno que parece anhelar trasplantar a España la dictadura venezolana cuando ésta da –habrá que tocar madera– sus últimas bocanadas.
En este paisaje y con tal paisanaje, adquiere caracteres de heroicidad que una huérfana «de los 45 del tren de la muerte de Adamuz» –ya desgraciadamente 46– hiciera el jueves en Huelva en el funeral religioso una profesión de fe, conteniendo su indignación, pero sin disimularla, en pro de la convivencia y la civilidad. Sí, de heroicidad hay que hablar cuando defender lo obvio requiere valentía y arrojo porque las palabras de Liliana Saénz hacen reconciliarse con el ser humano. Más ante la falta de corazón de quienes, presumiendo de «empatía», se ausentó de las exequias como «Noverdad» Sánchez sin que su legación ministerial se acercara a testimoniar el pésame como sí obraron los Reyes y el presidente andaluz. Fue un aldabonazo de esta hija del dolor ante una ciudadanía átona que ha sacado de quicio hasta a una comparsa de Cádiz que, en el concurso de agrupaciones del Teatro Falla, ha inquirido: «¿Qué está pasando para que mi Carnaval otra vez pase de largo y de puntillas ante tanta corrupción?».
¿Cómo es posible que con peculios europeos a tutiplén, una recaudación fiscal récord y una deuda pública disparada los servicios públicos parezcan pompas fúnebres?
Sí, porque el agiotaje que saquea al contribuyente y lo mata, como en Adamuz al tener que circular convoyes de alta velocidad por caminos de cabras, es indisoluble de la paulatina tercermundización de España con el Estado adueñándose de la iniciativa privada mientras desempeña calamitosamente sus labores. De esta guisa, penaliza a quienes siembran riqueza empujándolos a vivir de las ayudas gubernamentales para, en el caso de las empresas, poder empotrar como consejeros a militantes o amigos y, en el de los particulares, que estos dependan del favor oficial.
Bajo esa premisa, el dinero del erario no se distribuye partidistamente, confundiendo gasto clientelar con inversión pública. Y, en esas circunstancias, como alertó Jean-François Revel, un Estado metomentodo de estraperlistas «sólo puede elegir entre la autoritarismo y la anarquía.». Con esa tercermundización como la que Sánchez opera en España, se destruye el desarrollo y se auspicia un nuevo orden mediático –como el que perpetró Federico Mayor Zaragoza al frente de la Unesco, luego de ser el rector franquista más joven– para que la gente no sepa lo que ocurre al ser la información coto vedado del Gobierno y de sus terminales.
Si los fondos de cohesión comunitarios modernizaron la España del siglo pasado con González y con Aznar, con el Ave como mascarón de proa, aun con la derrama de las mordidas para los aprovechados del partido, la dilapidación a caño roto de los euros Next Generation para combatir los daños del covid están coadyuvando a su tercermundización, mientras los comisionistas acumulan caudales como el «plus ultra» Zapatero rescatando aerolíneas estratégicas de un solo avión. ¿Cómo es posible que con peculios europeos a tutiplén, una recaudación fiscal récord con criterios confiscatorios y una deuda pública disparada, los servicios públicos parezcan pompas fúnebres? ¿A qué albañal ha ido aquel maná europeo por el que Sánchez se hizo recibir por todo el Gobierno haciéndole el paseíllo?
Liberado de todo control merced al Real Decreto-ley 36/2020, de 30 de diciembre aprobado con la extraña abstención de Vox, los Next Generation han contribuido como el plan E de Zapatero a deambular de la modernización al tercermundismo descarrilando de paso aquel PSOE de González que, como les trasladó a su primer Consejo de Ministros, estuvo resuelto a transitar por los raíles del olvido de la Guerra Civil y de un país que funcionara. Ahora, en cambio, sus hijos tercermundizan España para, al cabo de 70 años, vencer la guerra del 36.
Para ello, se ejecuta un plan que emula a Luis Napoleón III que se valió del Estado Asistencial para su «bonapartismo». Mediante esta exitosa técnica luego imitada por tantos autócratas, se garantizó el dominio del Estado como poderoso instrumento para sobornar a la población y mantenerla genuflexa premiando la obsecuencia, la corrupción y la mentira. De igual manera, en la España sanchista, con los jóvenes mejor preparados camino de la emigración remplazados por mano de obra mal formada, cuya aspiración será beneficiarse de los servicios públicos y del Ingreso Mínimo Vital, se reemplaza el Estado de Bienestar por otro Asistencial sin medios de sostenimiento a medio plazo, dado que los subsidios habitúan a vivir estructuralmente de ellos y desalienta a quienes trabajando financian a quienes, con una renta garantizada, preferirán no trabajar. Al depauperarse la clase media y fragmentarse la sociedad entre ricos cada vez más opulentos y pobres cada vez más míseros, se contrae un alto riesgo al ser la mesocracia garantía de estabilidad democrática y antídoto ante totalitarismos como los que prohijó la Europa asolada por las guerras o que vuelven a asomar la oreja. Todo un campo abonado para quienes quieren hacer del ayer guerracivilista el porvenir que le espera a los españoles aprovechando extravíos como el del capitán Alatriste.











