Morir matando: Pedro Sánchez está dispuesto a destruir España antes de perder el poder
AD.- Cuando Pedro Sánchez comprendió tras las elecciones autonómicas en Extremadura que su tiempo en el poder se agotaba, algo se quebró definitivamente. Su lenguaje se volvió áspero, vengativo, como si el país le hubiera fallado personalmente. Gobernar dejó de ser una responsabilidad y pasó a ser un ajuste de cuentas.
Durante años, Sánchez ha confundido el Estado con su figura. Las instituciones no son más que extensiones de su voluntad, y la nación, un escenario donde él es el protagonista absoluto. Perder el poder y pasar a la historia como uno de los personajes más despreciables de la vida española, a la altura de Fernando VII o Manuel Godoy, no significa solo dejar un cargo: es, para él, una humillación insoportable. Y decidió que, si no podía quedarse con el país, al menos podía dejarlo irreconocible.
Las decisiones de último momento comienzan a acumularse. Nombramientos improvisados, leyes exprés, reales decretos-leyes a falta de presupuestos, cesiones a gran escala a los separatistas, corrupción sistémica, división de los españoles en bandos, regularización de 500.000 inmigrantes ilegales… No hay estrategia de largo plazo, solo urgencia. Cada decreto parece diseñado no para gobernar, sino para dificultar todo lo que vendría después. El mensaje es claro: “Sin mí, nada funciona”.
Sánchez habla de bulos, de enemigos internos, de traidores, de conspiraciones. Alimenta el miedo y el resentimiento porque sabe que el caos es una herencia pesada. Cuanto más frágil deje al país, más fácil será decir que su salida había sido un error. No busca bienestar, busca vindicación.
La sociedad observa con una mezcla de alarma y resignación. Pocos países habrían tenido la capacidad de resiliencia del español. Solo cuenta con el aplauso de su legión de activistas afiliados al presupuesto. Estos copan las instituciones públicas con verdadero fervor sanchista. El aún presidente no está defendiendo a la nación, está defendiéndose a sí mismo y a su familia de los escándalos de corrupción, aunque tenga para ello que hipotecar el futuro de millones de españoles. El último ejemplo es bastante aclaratorio. En cuestión de horas se ha sacado de la chistera la regularización de medio millón de personas (cifra que han soltado al albur, pues ni siquiera saben la real), con el claro objeto de levantar una cortina de humo que distraiga de sus catastróficas responsabilidades en los accidentes de Adamuz y Barcelona.
La historia está llena de líderes que no supieron irse. Pero pocos fueron tan lejos como para intentar destruir lo que juraron proteger. Porque no hay traición más profunda que la de quien, al perder el trono, decide incendiar el reino.
Al final, el país sobrevivirá —los países casi siempre lo hacen—, pero el daño marcará a las próximas generaciones. No solo en la economía o las instituciones, sino en la memoria colectiva. Porque hay presidentes que pasan sin pena ni gloria, y otros que se quedan como advertencia: el verdadero peligro no siempre está en llegar al poder, sino en no saber soltarlo.












Canalla malnacido, hijo de Satanás. Que sobre tí y el socialismo caigan una maldición.
Lo sabemos todos hace tiempo. Los que le votan, y los que no.